- La digitalización energética es esencial para integrar masivamente renovables, mejorar la eficiencia hasta un 30% y sostener los objetivos climáticos europeos.
- Tecnologías como IoT, IA, Big Data, blockchain y smart grids permiten monitorizar, automatizar y optimizar toda la cadena de valor de la energía.
- La UE impulsa un plan de acción con marcos de datos, gemelos digitales e inversión coordinada para crear un sistema energético inteligente y descentralizado.
- Consultoría energética especializada, talento cualificado y regulación adecuada son claves para que empresas e industria conviertan la transición digital en ventaja competitiva.
La digitalización energética se ha convertido en el auténtico motor silencioso de la transición ecológica. Mientras hablamos de renovables, coche eléctrico o hidrógeno verde, en segundo plano una oleada de sensores, datos, algoritmos y redes inteligentes está transformando por completo cómo producimos, movemos y consumimos la energía. Sin esa capa digital, el nuevo sistema energético sencillamente no funciona.
Al mismo tiempo, la presión regulatoria, la volatilidad de precios y la urgencia por descarbonizar están poniendo contra las cuerdas a empresas, administraciones y hogares. La buena noticia es que las mismas tecnologías que complican el escenario (IoT, IA, blockchain, gemelos digitales…) son también las que permiten optimizar cada kilovatio, reducir costes, ganar resiliencia y abrir la puerta a modelos de negocio que hace pocos años parecían ciencia ficción.
La digitalización como palanca clave de la transición energética
La transición hacia un sistema bajo en carbono no va solo de instalar paneles solares o aerogeneradores: implica rediseñar de arriba abajo la forma en que se gestiona la energía, desde grandes plantas hasta pequeños consumos domésticos. Organismos como la Agencia Internacional de la Energía estiman que la digitalización puede elevar la eficiencia de los sistemas energéticos alrededor de un 30%, recortando costes y emisiones en paralelo.
Consultoras como McKinsey muestran que la gobernanza de la innovación permite a las compañías que integran de manera real tecnologías digitales en sus operaciones energéticas lograr incrementos de rentabilidad cercanos al 20%, principalmente por reducción de pérdidas en redes, menor tiempo de inactividad y decisiones basadas en datos en lugar de intuiciones.
En Europa, esta visión se traduce en objetivos muy concretos: reducir un 55% las emisiones de gases de efecto invernadero y alcanzar un 45% de energías renovables para 2030. Todo ello en un contexto en el que el consumo eléctrico crecerá alrededor de un 60% y la potencia solar y eólica deberá dispararse desde unos 400 GW en 2022 hasta, como mínimo, 1.000 GW a final de década.
Para sostener este salto, las redes eléctricas tienen que dejar de ser un “tubo” pasivo y convertirse en un sistema dinámico, interactivo y masivamente descentralizado, capaz de integrar millones de instalaciones fotovoltaicas en cubiertas, comunidades energéticas, puntos de recarga de vehículos eléctricos y nuevas cargas como centros de datos o procesos industriales electrificados.
En este escenario, la digitalización ya no es un extra opcional: es el tejido que permite que todo lo anterior se coordine, se supervise en tiempo real y mantenga la estabilidad del suministro sin disparar los costes ni comprometer la seguridad.
¿Qué entendemos por digitalización energética?
Cuando hablamos de digitalización energética nos referimos a la aplicación sistemática de tecnologías como Internet de las Cosas (IoT), inteligencia artificial, Big Data, blockchain o gemelos digitales a toda la cadena de valor de la energía: generación, transporte, distribución, almacenamiento y consumo final.
Esto incluye desde contadores y sensores inteligentes repartidos por las redes eléctricas, hasta plataformas en la nube que analizan millones de datos por segundo, pasando por software de gestión energética en edificios, algoritmos que ajustan la producción renovable a la demanda o sistemas que certifican el origen verde de la electricidad mediante blockchain.
En la práctica, la digitalización convierte el sistema energético en un ecosistema conectado, donde cada activo (panel, batería, cargador de vehículo, bomba de calor, proceso industrial…) se puede monitorizar, controlar y optimizar casi en tiempo real, tanto por parte de las compañías eléctricas como de agregadores, administraciones e incluso los propios consumidores.
En la UE, más de la mitad de hogares y pymes ya disponen de contadores eléctricos inteligentes, y se espera que el número de dispositivos IoT conectados en el mundo supere los 25.400 millones para 2030. Todo este “hardware” genera datos que, bien tratados, son oro puro para mejorar la eficiencia, pero que también plantean desafíos de interoperabilidad, privacidad o ciberseguridad que no se pueden dejar al libre albedrío del mercado.
Por eso, las políticas digitales y energéticas europeas avanzan de forma muy coordinada, abordando desde el acceso a datos granulares de red hasta la protección del consumidor, pasando por normas para compartir información de forma segura entre agentes y países.
Tecnologías que están cambiando el juego energético
La revolución digital en la energía se apoya en un puñado de tecnologías que, combinadas, permiten pasar de un modelo rígido y centralizado a otro flexible, distribuido y orientado al dato. Las más relevantes son la inteligencia artificial y el Big Data, el blockchain, el Internet de las Cosas y las redes inteligentes.
En la Semana Europea de la Energía Sostenible 2024, la Comisión Europea presentó una idea que resume muy bien este enfoque: una “columna vertebral” digital para el sistema energético europeo, impulsada por un núcleo de inteligencia que aprovecha IA generativa para integrar activos descentralizados conectados vía IoT y crear un mercado dinámico en el que productores y consumidores interactúan casi en tiempo real.
Ese cerebro utiliza capacidades de generación de escenarios, previsión de series temporales y modelos de decisión para optimización de red, con el objetivo de mejorar la flexibilidad del sistema, hacer un mejor uso del almacenamiento, reforzar la seguridad de suministro, reducir la huella de carbono y empoderar tanto a la industria como a los usuarios finales.
El trasfondo estratégico es claro: bajar el precio de la energía, reforzar la autonomía energética europea y consolidar su liderazgo tecnológico, evitando dependencias críticas en un contexto geopolítico cada vez más complejo.
Inteligencia artificial y Big Data aplicados a la energía
La IA y el análisis de grandes volúmenes de datos se han convertido en las herramientas estrella para entender y anticipar el comportamiento de un sistema eléctrico cada vez más volátil. Gracias a modelos de machine learning, hoy es posible prever la demanda con mucha más precisión, ajustar la producción renovable, optimizar el uso de baterías y reducir al mínimo las interrupciones.
Informes como los de Capgemini señalan que incorporar IA en la operación de redes puede recortar las incidencias de suministro y mejorar en torno a un 30% la eficiencia de los sistemas de distribución, al detectar anomalías antes de que se conviertan en fallos y al permitir una gestión mucho más granular de la red.
En el ámbito industrial y terciario, la combinación de plataformas de gestión energética y algoritmos avanzados facilita identificar consumos “fantasma”, optimizar la climatización, ajustar la iluminación, programar la producción según precios horarios y, en definitiva, esculpir la curva de demanda para pagar menos y emitir menos.
Un caso paradigmático es el de los centros de datos. Google, a través de DeepMind, empleó IA para optimizar el sistema de refrigeración de sus servidores, logrando recortes de alrededor del 30% en la energía destinada al enfriamiento. Ese mismo enfoque se puede trasladar a plantas renovables, instalaciones industriales o grandes edificios de oficinas.
Todo esto encaja con datos como los de KPMG y el Panel de Hogares de la CNMC, que apuntan a que el 81% de las empresas españolas opera con instalaciones de eficiencia media o baja y que el simple consumo “en standby” puede representar hasta un 11% de la factura. Con la tecnología disponible y una buena consultoría, muchas organizaciones podrían recortar un 30% su consumo y alcanzar ahorros económicos superiores al 40%.
Blockchain y mercados energéticos descentralizados
El blockchain aporta al sector energético algo que hasta ahora era complicado: transacciones seguras, transparentes y sin intermediarios innecesarios entre productores y consumidores. Esto abre la puerta a que cada hogar con fotovoltaica o cada comunidad energética pueda vender sus excedentes de manera automatizada y con garantías.
Iniciativas como Power Ledger en Australia han construido plataformas que permiten a los usuarios intercambiar energía solar directamente entre sí, utilizando contratos inteligentes para fijar condiciones, liquidar pagos y registrar la procedencia renovable de la electricidad sin posibilidad de manipulación.
Además del intercambio P2P, el blockchain se está usando para certificar el origen verde de la energía, algo cada vez más valorado por empresas y consumidores que quieren asegurarse de que realmente consumen electricidad renovable y cumplir objetivos ESG y de descarbonización.
A medida que las redes se llenan de pequeños generadores, las microrredes basadas en blockchain y plataformas de agregación pueden aportar resiliencia frente a fallos a gran escala y facilitar que barrios, polígonos o comunidades locales se conviertan en actores activos del sistema, no solo en receptores pasivos.
IoT y smart grids: la columna vertebral física
Sin sensores conectados, la digitalización energética sería puro humo. El Internet de las Cosas (IoT) aporta los ojos y oídos del sistema: contadores inteligentes, dispositivos en subestaciones, sensores en transformadores, equipos en edificios y fábricas, cargadores de vehículo eléctrico, bombas de calor, etc.
Toda esta red de dispositivos se integra en las llamadas redes eléctricas inteligentes o smart grids, capaces de monitorizar el flujo de electricidad en tiempo real, detectar sobrecargas, reconfigurar automáticamente rutas de energía, integrar renovables variables y coordinar recursos distribuidos como almacenamiento o cargas gestionables.
España es un buen ejemplo. Algunas eléctricas han desplegado millones de contadores inteligentes en hogares y negocios, lo que permite ofrecer datos avanzados de consumo, facturación horaria, detección remota de incidencias y, sobre todo, una base sólida para desarrollar servicios energéticos innovadores.
En el futuro inmediato, la expansión de conectividad 5G y, más adelante, 6G, junto con el uso de tecnologías de computación en la nube y en el borde (edge), permitirá manejar volúmenes ingentes de datos de la red en cuestión de milisegundos, algo clave cuando hablamos de mantener la estabilidad del sistema con tanta generación renovable distribuida.
La Comisión Europea apuesta además por gemelos digitales del sistema eléctrico: modelos virtuales muy detallados que replican el comportamiento de la red y permiten probar inversiones, planificar refuerzos o anticipar problemas sin tener que experimentar sobre la infraestructura real.
Beneficios tangibles de la digitalización energética
Más allá de la teoría, la digitalización de la energía trae ventajas muy concretas para empresas, administraciones y ciudadanos. No hablamos solo de eficiencia operativa, sino también de competitividad industrial, reducción de emisiones, seguridad de suministro y calidad del servicio.
Uno de los impactos más claros está en la reducción del desperdicio energético. Aplicar IA, analítica avanzada e IoT en sectores como la industria, el transporte o el residencial puede recortar en torno a un 15% la energía desaprovechada, según estimaciones de organismos internacionales, al identificar patrones de consumo ineficientes y ajustar automáticamente equipos y procesos.
Empresas como Schneider Electric han demostrado que plataformas de gestión energética y automatización avanzada permiten recortar hasta un 30% el consumo de electricidad en determinadas instalaciones, combinando sensorización, control inteligente y una integración más fina de renovables on-site.
En paralelo, las smart grids aportan mayor seguridad y resiliencia al sistema eléctrico. El monitoreo continuo de la red ayuda a prevenir sobrecargas, la automatización permite aislar rápidamente fallos y reconectar líneas alternativas, y la integración inteligente de renovables y almacenamiento reduce la vulnerabilidad frente a interrupciones externas.
Para empresas y consumidores, todo lo anterior se traduce en menos cortes, más calidad de suministro y facturas más predecibles. Modelos como las tarifas dinámicas, que ajustan precios en función de la demanda y la disponibilidad renovable, incentivan un uso más inteligente de la energía y recompensan a quienes flexibilizan sus consumos.
Desde el punto de vista ambiental, digitalizar es también una de las formas más rápidas de recortar emisiones, porque no requiere construir tanta nueva capacidad como aprovechar mejor la existente. Cada punto de eficiencia logrado supone menos combustibles fósiles quemados, menos importaciones energéticas y menor exposición a shocks de precios internacionales.
Plan de acción europeo para la digitalización del sistema energético
Consciente de que el mercado por sí solo no va a ordenar este puzzle, la Comisión Europea trabaja en un Plan de Acción específico para digitalizar el sistema energético, combinando legislación, inversión pública y coordinación estrecha con los Estados miembros.
A medio plazo, la idea es facilitar que se establezcan interacciones fluidas entre productores, redes y consumidores, de forma que estos últimos puedan participar activamente en comunidades energéticas, autoconsumo colectivo o servicios de flexibilidad, en lugar de limitarse a pagar una factura a final de mes.
Un ejemplo claro son los modelos en los que la energía generada por paneles solares comunitarios se reparte entre los participantes, abaratando la electricidad frente a la que se compra directamente de la red. O la carga bidireccional de vehículos eléctricos, que permite usar los coches como pequeñas baterías distribuidas para apoyar la red en momentos punta.
A largo plazo, la digitalización es imprescindible para integrar de forma segura grandes volúmenes de renovables distribuidas y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados. Esto implica una gestión de red mucho más sofisticada, más flexibilidad a nivel local y una activación real de los prosumidores (usuarios que producen y consumen energía).
Un pilar clave de este plan es garantizar un acceso sencillo pero seguro a datos detallados de la red y de los activos de los prosumidores. Sin información de calidad, ni las empresas de servicios energéticos ni los propios usuarios podrán ofrecer o contratar soluciones avanzadas. De ahí que la UE promueva un espacio paneuropeo de datos energéticos y un marco común para compartirlos.
En este contexto, se ha trabajado en un Marco Común Europeo de Referencia (MCER) para aplicaciones de ahorro energético. En 2023 se entregó un primer proyecto en el marco del programa InterConnect (Horizonte 2020), y se están preparando ya fases posteriores bajo el Programa DIGITAL para escalar estas soluciones y llevarlas al mercado.
Impacto industrial, competencia global y necesidad de regulación inteligente
La transición energética y la digitalización no suceden en el vacío. Ocurren en un contexto de competencia feroz, tensiones geopolíticas y cambios regulatorios profundos. España y Europa, que cuentan con un potente tejido industrial eléctrico, se enfrentan al reto de no perder esa capacidad frente al empuje de productos más baratos procedentes de Asia.
En los últimos años se ha visto un aumento acelerado de importaciones de equipos desde países como China o Turquía, al tiempo que la fabricación nacional se resiente. Esto plantea un riesgo de dependencia externa en una infraestructura crítica: la red eléctrica. Perder capacidad productiva local no es solo un problema de empleo, también lo es de seguridad de suministro y calidad del servicio.
Además, muchos productos importados llegan sin cumplir del todo los exigentes estándares técnicos y documentales que sí se piden a los fabricantes europeos, lo que genera competencia desleal y puede comprometer la seguridad de las instalaciones. El apagón sufrido en ciertas zonas recientemente puso de manifiesto lo que hay en juego y el valor de contar con equipos fiables y una industria sólida detrás.
A esto se suma la complejidad de mecanismos como el CBAM (Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera), que grava la importación de materias primas intensivas en carbono pero, en ocasiones, deja fuera productos terminados con otros códigos arancelarios. Esto puede penalizar a fabricantes europeos que pagan por la huella de su acero, mientras que productos equivalentes fabricados fuera de la UE entran sin ese sobrecoste.
En paralelo, la innovación corre a toda velocidad. La entrada en vigor de nuevas normas, como el Reglamento europeo de Gases Fluorados, está acelerando la investigación en equipos eléctricos sin SF6 y otras tecnologías más limpias, lo que implica grandes inversiones en I+D. Todo ello en un contexto de escasez de talento técnico y dificultades para atraer y retener perfiles especializados.
Si a este cóctel sumamos que para cumplir con los objetivos del PNIEC habría que triplicar las inversiones actuales en infraestructura eléctrica, pero los límites legales de inversión y los marcos retributivos van por detrás de la realidad, no sorprende que el sector reclame una regulación más flexible, predecible y alineada con la magnitud del reto.
Consultoría energética y servicios avanzados: imprescindible para no perderse
Con tanta tecnología, normativa y cambio estructural, muchas empresas se sienten abrumadas. No es raro encontrar organizaciones con equipos punteros de IoT instalados, pero sin una estrategia clara, con datos que se acumulan sin convertirse en decisiones útiles y con plantillas que no han recibido la formación necesaria para sacar partido de las nuevas herramientas.
Ahí es donde entran en juego las consultorías energéticas especializadas. Tradicionalmente, estos servicios se centraban en analizar consumos, proponer medidas de eficiencia y apoyar en la contratación de suministros. Hoy su papel va mucho más allá: actúan como traductores entre tecnología, datos y negocio.
En la era de la “twin transition” (digital y verde), un buen consultor energético conecta sensores, máquinas y personas en un mismo ecosistema, define hojas de ruta de digitalización, prioriza inversiones, supervisa la integración de renovables, garantiza el cumplimiento normativo y ayuda a convertir montañas de datos en planes de acción claros.
Su trabajo abarca desde el diagnóstico inicial de la infraestructura energética (identificando puntos de mejora y oportunidades de digitalización), hasta el diseño de estrategias, la implantación técnica de sistemas de gestión, la formación de equipos y la planificación de un mantenimiento preventivo apoyado en datos.
Los resultados se ven en cosas muy concretas: reducciones significativas del consumo y de la factura, menor número de incidencias, más disponibilidad de las instalaciones, automatización de procesos que libera recursos humanos, mejora de la sostenibilidad corporativa y una mayor seguridad para los trabajadores al operar con equipos más modernos y monitorizados.
Casos reales demuestran que, cuando se hace bien, la digitalización energética se convierte en un pilar de competitividad. Empresas que han apostado por combinar fotovoltaica, sistemas de gestión inteligentes y asesoramiento continuo llegan a reducir más de un 30% sus gastos energéticos respecto a la situación de partida, manteniendo esa mejora en el tiempo gracias a la monitorización y el ajuste continuo.
Industria, pymes y territorio: la digitalización como oportunidad
En regiones industriales como Catalunya, la cuestión no es solo ambiental, sino estratégica. La industria catalana representa en torno a un tercio del consumo energético final, lo que significa que cualquier avance en eficiencia o integración renovable tiene un impacto directo en su competitividad y en su contribución a la reindustrialización.
En foros recientes, representantes de clústeres sectoriales y patronales han destacado que la electrificación y la digitalización son las dos caras de la misma moneda si se quiere una industria más resiliente, capaz de producir con menor coste energético y menor huella de carbono.
Se ha insistido también en que la digitalización debe abarcar toda la cadena de valor del sector energético: desde la generación hasta la distribución y el consumo, pasando por el almacenamiento y los servicios asociados. Y que aplicar IA a procesos energéticos solo tiene sentido cuando los datos están bien estructurados y la organización ha alcanzado cierta madurez digital.
Los retos son conocidos: falta de personal cualificado, dificultades de acceso a financiación y complejidad regulatoria. Por eso se reclama un papel más activo de la administración pública, tanto en incentivos económicos como en simplificación de trámites y en apoyo a la formación en competencias digitales y energéticas.
Al mismo tiempo, se abren oportunidades en campos como el almacenamiento de energía, los semiconductores o los materiales avanzados, donde Europa y territorios como Catalunya pueden posicionarse en la vanguardia, captando inversiones y generando empleo de alto valor añadido si se mueven rápido.
En todo este entramado, la digitalización y la transición energética no son dos agendas separadas, sino un mismo proceso de cambio estructural que, bien gestionado, puede convertirse en palanca de reindustrialización y liderazgo tecnológico.
Mirando a 2030, informes como el World Energy Outlook apuntan a que más del 70% de las redes eléctricas estarán digitalizadas, que la IA podría reducir las pérdidas de transmisión en torno a un 25% y que el blockchain servirá de base para mercados energéticos descentralizados en numerosos países. En ese futuro, las organizaciones que hayan apostado por datos, talento y estrategias de digitalización bien pensadas serán las que marquen el paso, mientras que las demás simplemente intentarán no quedarse atrás.
Todo este escenario deja clara una idea: la revolución energética ya no es solo cuestión de megavatios, sino de megabytes. Quien sepa combinar ambos de forma inteligente tendrá más opciones de disfrutar de energía más barata, limpia y segura, y de convertir la transición energética en una ventaja competitiva real, y no en una obligación incómoda.

