Neurodiversidad: qué es, debate actual y claves prácticas

Última actualización: 28 enero 2026
  • La neurodiversidad entiende autismo, TDAH, dislexia y otras variaciones como formas naturales de mente, no fallos que haya que corregir.
  • El énfasis pasa del modelo médico al social: menos «curar» al individuo y más eliminar barreras y ofrecer apoyos personalizados.
  • Lenguaje respetuoso, participación autista en la investigación y enfoques terapéuticos neuroafirmativos son piezas centrales del cambio.
  • Educar, trabajar y legislar desde la neurodiversidad beneficia a toda la sociedad al aprovechar mejor la diversidad cognitiva.

neurodiversidad

Hablar de neurodiversidad es hablar de cómo nuestra especie siempre ha estado formada por mentes muy distintas, con maneras variadas de percibir, sentir, aprender y relacionarse. Lejos de ser una moda pasajera o un eslogan políticamente correcto, se trata de un cambio de mirada profundo que cuestiona la idea de que solo existe una forma «correcta» de funcionar a nivel neurológico.

Este giro de enfoque está transformando la manera en que entendemos el autismo, el TDAH, la dislexia, la dispraxia y muchas otras formas de funcionamiento neurológico. Desde los movimientos de autodefensa de personas autistas hasta los debates filosóficos sobre qué es un trastorno mental, pasando por la investigación, la educación y el empleo, la neurodiversidad se ha convertido en un paradigma clave para repensar la discapacidad, los apoyos y los derechos.

Origen del concepto de neurodiversidad y del movimiento

El término «neurodiversidad» nació en los años 90 en foros y listas de correo de personas autistas que empezaron a organizarse online, cuando internet aún era un territorio bastante nuevo. Autores como Harvey Blume lo popularizaron en prensa a finales de esa década, y Judy Singer, socióloga autista, lo utilizó en su tesis como categoría política comparable a clase social, género o raza.

Singer explica que neurodiversidad no pretendía ser un concepto médico, sino una forma de nombrar un hecho obvio: no existen dos cerebros idénticos. Con el tiempo, ella misma amplió la idea y la conectó con la biodiversidad, defendiendo que proteger las distintas formas de mente es tan importante como conservar la diversidad de especies.

En paralelo, activistas como Jim Sinclair marcaron un antes y un después con textos como “Don’t Mourn For Us”, donde pedían a las familias que dejaran de ver el autismo como una tragedia personal y empezaran a considerarlo parte esencial de la identidad de sus hijos. Este tipo de discursos sentó las bases del movimiento por los derechos de las personas autistas.

Desde esos inicios, el término se ha ampliado y hoy suele incluir, además del autismo, TDAH, dislexia, dispraxia, trastornos del aprendizaje y otras condiciones neurológicas o del neurodesarrollo. El hilo común no es un diagnóstico concreto, sino el hecho de salirse de lo que se ha definido como funcionamiento «típico».

Del modelo médico al paradigma de la neurodiversidad

Tradicionalmente, la psiquiatría y parte de la neurología han trabajado con un modelo médico o de la patología: se parte de que hay un modo estándar de mente y conducta, y todo lo que se aparta de ahí se clasifica como trastorno que hay que corregir o curar. Manuales diagnósticos como el DSM-5 o la CIE-11 se apoyan en esta visión, ubicando el origen del problema dentro del individuo.

El paradigma de la neurodiversidad propone otra lectura: se inspira en el modelo social de la discapacidad, según el cual la discapacidad surge del choque entre una persona y un entorno lleno de barreras físicas, sociales, sensoriales y culturales. No niega que existan dificultades reales, ni que haya sufrimiento, pero cuestiona que la causa principal sea un «fallo» interno.

Desde esta perspectiva, rasgos como la forma autista de comunicarse, las variaciones de atención del TDAH o la manera disléxica de procesar el lenguaje escrito se entienden como variaciones humanas que pueden ser más o menos funcionales según el contexto. La discapacidad aparece cuando el entorno no se adapta y exige a todo el mundo un solo estilo de funcionamiento.

Proyectos satíricos como el «Institute for the Study of the Neurologically Typical» jugaron precisamente a invertir la mirada: patologizaban la neurotipicidad de la misma forma en que se patologiza el autismo, dejando en evidencia hasta qué punto nuestros diagnósticos están atravesados por normas culturales y relaciones de poder.

Neurodiversidad, neurodivergente y otros términos clave

Uno de los esfuerzos más importantes del movimiento ha sido afinar el lenguaje. Autoras como Nick Walker han elaborado glosarios básicos muy influyentes donde se proponen definiciones claras para evitar confusiones.

En este marco, se entiende por neurodiversidad a la variedad de mentes humanas en su conjunto, no a una persona concreta. Del mismo modo que la biodiversidad se refiere a la diversidad de especies en un ecosistema, la neurodiversidad es una propiedad de la población, no de un individuo.

Cuando hablamos de individuos, entran en juego otros conceptos. Una persona neurodivergente es aquella cuyo desarrollo o funcionamiento neurológico se aleja de lo que se ha definido socialmente como «normal» o «típico». Autismo, TDAH, dislexia, dispraxia, epilepsia o ciertas condiciones de salud mental pueden formar parte de este paraguas si la comunidad así lo reclama.

Por contraste, se usa neurotípico para referirse a quienes encajan en esa norma estadística y cultural. Algunas autoras prefieren hablar de «neuromayoría» y «neurominorías» para subrayar que lo típico no es sinónimo de mejor, sino simplemente lo más frecuente. En el contexto del autismo, también aparece el término «alístico» para designar a quienes no son autistas.

¿Qué neurodivergencias entran (y cuáles se discuten)?

Una cuestión espinosa es dónde trazar la línea entre variación aceptada y trastorno. Activistas como Kassiane Asasumasu, que acuñó el término «neurodivergente», insistieron desde el principio en que la categoría debía ser inclusiva: no solo autismo, TDAH o dislexia, sino también epilepsia, parálisis cerebral y otras condiciones neurológicas.

Sin embargo, hay debate sobre si todas estas variaciones deben considerarse neutrales o si algunas conllevan un componente claramente dañino. Por ejemplo, hay quien sostiene que experiencias como el trastorno por estrés postraumático o la anorexia requieren seguir siendo abordadas como trastornos por el sufrimiento intenso que causan.

Otros autores proponen huir de la obsesión por las etiquetas diagnósticas y evaluar rasgo a rasgo: ¿esta característica es intrínsecamente dañina o solo se vuelve un problema porque el entorno no la tolera ni la acomoda? Esta mirada permite, por ejemplo, distinguir entre la identidad autista (que se quiere preservar) y ciertas condiciones concurrentes que sí se aspira a aliviar.

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El debate se cruza con discusiones filosóficas más amplias sobre qué entendemos por «trastorno mental», hasta qué punto las normas sociales influyen en las clasificaciones y cómo evitar repetir errores históricos de la medicina, que ya ha patologizado en el pasado la homosexualidad, la zurdera, identidades de género no normativas y hasta características raciales.

Autismo, doble empatía y teorías desarrolladas por autistas

Dentro del autismo, el paradigma de la neurodiversidad ha impulsado teorías nuevas creadas por personas autistas que cuestionan supuestos clásicos. Una de las más influyentes es el «doble problema de la empatía», formulado por Damian Milton.

Esta idea plantea que las dificultades de comprensión entre autistas y no autistas no son un déficit unilateral en las personas autistas, sino un choque bidireccional entre estilos de comunicación, percepciones sensoriales y formas de procesar la información. Cada grupo entiende mejor a quienes comparten su manera de estar en el mundo.

La investigación reciente refuerza esta hipótesis: los estudios muestran que las personas autistas se comunican entre sí con mucha eficacia, a menudo mejor que cuando interactúan con personas no autistas. Al mismo tiempo, las personas neurotípicas tienden a juzgar negativamente a los autistas basándose en detalles como el contacto ocular o la prosodia, lo que alimenta estereotipos de frialdad o falta de interés.

Para mejorar la comunicación, se recomiendan estrategias sencillas pero poco practicadas: usar lenguaje claro y literal, dar tiempo de respuesta sin apresurar, aceptar que la expresión emocional puede ser distinta y ofrecer canales escritos cuando la comunicación oral resulta más costosa.

Monotropismo, intereses intensos y experiencias sensoriales

Otra teoría relevante, también originada en la comunidad autista, es el monotropismo. Plantea que muchas personas autistas tienden a concentrar su atención en pocos focos a la vez, lo que puede traducirse en estados de flujo muy profundos respecto a sus intereses, pero también en desconexión aparente de lo que queda fuera de ese foco.

En el marco médico clásico, los llamados «intereses restringidos» se han descrito como un problema para la participación social, porque la persona parece centrada casi exclusivamente en ellos. El enfoque neurodiverso, en cambio, subraya que esos intereses suelen ser fuente enorme de placer, conocimiento y motivación, y pueden hacer de la persona una verdadera experta en su área.

A ello se suman las diferencias sensoriales: hiper o hiposensibilidad a luces, sonidos, texturas, olores o sabores, que forman parte de la identidad autista. Estas particularidades pueden conllevar fortalezas (percepción de detalles, detección de patrones, creatividad artística, rapidez ante peligros) pero también sobrecargas intensas si el entorno es hostil desde el punto de vista sensorial.

Movimientos como el «stimming» (mecer el cuerpo, agitar las manos, chasquear objetos) cumplen una función autorreguladora fundamental: ayudan a modular la ansiedad, ordenar la experiencia sensorial o generar sensación de seguridad. Desde el paradigma neurodiverso, se pide no reprimir estas conductas mientras no causen daño, diferenciándolas de compulsiones propias del TOC que se viven como intrusivas e indeseadas.

Necesidades de apoyo, perfiles complejos y burnout autista

Una de las consignas más repetidas por quienes defienden la neurodiversidad es que no hay una sola forma de ser autista. Las necesidades de apoyo pueden variar mucho entre personas, pero también dentro de una misma persona según el momento vital, el nivel de estrés, el contexto o la presencia de otras condiciones.

Se habla de perfiles en «picos y valles» para describir a quienes combinan altas capacidades en algunas áreas y grandes dificultades en otras. Una persona puede necesitar ayuda intensa para la vida diaria y, a la vez, tener una comprensión conceptual muy sofisticada; otra puede manejarse bien en lo cotidiano pero colapsar en entornos sensorialmente adversos.

El concepto de burnout autista se ha popularizado para nombrar estados de agotamiento extremo, pérdida de habilidades que se habían adquirido, aumento de la sensibilidad sensorial y dificultades de funcionamiento ejecutivo. Suele estar relacionado con años de esfuerzo por camuflar rasgos autistas y adaptarse a contextos que no permiten ser uno mismo.

También se ha descrito la llamada «inercia autista», esa sensación de quedarse atascado a la hora de iniciar o terminar acciones, aunque haya motivación real para hacerlo. No tiene nada que ver con vaguería y puede ser devastadora si el entorno responde con reproches o castigos en lugar de ofrecer comprensión y apoyos prácticos.

Meltdowns, shutdowns y regulación emocional

Cuando la sobrecarga sensorial, social o emocional supera cierto umbral, algunas personas autistas experimentan lo que se conoce como meltdown (crisis hacia afuera) o shutdown (bloqueo hacia dentro). No son rabietas ni actos voluntarios, sino desbordes involuntarios del sistema nervioso.

Un meltdown puede manifestarse con gritos, llanto, movimientos bruscos o intentos desesperados de huir de la situación. El shutdown, por el contrario, se parece a un apagón: la persona puede dejar de hablar, quedarse rígida o retirarse mentalmente, sin poder reaccionar. En ambos casos, exigir autocontrol o añadir presión suele empeorar las cosas.

Su prevención pasa por identificar señales tempranas de saturación (inquietud, repetición de preguntas, sudor, temblores) y reducir los estímulos o la demanda antes de que se produzca la crisis. Durante y después, lo más útil suele ser minimizar las exigencias, transmitir seguridad, permitir que la persona se retire a un lugar tranquilo y favorecer una recuperación sin prisas.

TDAH, dislexia y otras formas de neurodivergencia

El marco de la neurodiversidad no se limita al autismo. El TDAH se reinterpreta como un patrón de atención y actividad diferente, caracterizado por variaciones en el foco, la impulsividad y el nivel de energía. Junto a retos evidentes en entornos rígidos, muchas personas con TDAH destacan por su creatividad, rapidez mental, sentido del humor, capacidad de improvisación y tendencia al hiperfoco en temas que les apasionan.

Algunas hipótesis sugieren que ciertos rasgos asociados al TDAH pudieron ser ventajosos a nivel evolutivo en contextos donde explorar, arriesgar y reaccionar con rapidez resultaba clave para el grupo, lo que ayuda a entender por qué estos perfiles se mantienen en la población.

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La dislexia, por su parte, implica una manera distinta de procesar el lenguaje escrito y la relación entre sonidos y letras. Aunque genera dificultades muy concretas en lectura y escritura si el sistema educativo no se adapta, también se asocia en muchos casos a puntos fuertes en pensamiento visual, creatividad, razonamiento espacial o capacidad para ver el conjunto más que los detalles sueltos.

El paraguas neurodiverso también se ha extendido a otras realidades como la dispraxia (coordinación motora atípica), el síndrome de Tourette, ciertos trastornos del aprendizaje no verbal, variaciones del procesamiento sensorial e incluso altas capacidades intelectuales cuando se combinan con sensibilidades intensas y formas de pensamiento poco convencionales.

Lenguaje respetuoso: por qué las palabras importan

Uno de los cambios más visibles impulsados por el paradigma de la neurodiversidad es el cuestionamiento del lenguaje patologizante. Numerosos estudios muestran que la forma de hablar de una condición influye en la percepción social y en la autoestima de quienes la viven.

Se proponen alternativas sencillas pero potentes: hablar de características o rasgos en lugar de «síntomas», de «apoyos» y «servicios» en vez de «tratamiento» o «cura», y evitar expresiones cargadas como «carga», «prevención del autismo» o «riesgo de tener un hijo autista».

También se desaconseja el uso de etiquetas como «alto o bajo funcionamiento», que simplifican en exceso y suelen invisibilizar tanto las dificultades de los considerados «altos» como las capacidades de los vistos como «bajos». Es más útil describir necesidades de apoyo específicas en cada área.

En cuanto a la forma de referirse a las personas, muchas comunidades autistas de habla inglesa han expresado una clara preferencia por el lenguaje de identidad («persona autista») en lugar del formato «persona con autismo». El razonamiento es que el autismo no es un añadido externo, sino parte inseparable de quién es la persona.

Estigma, masking e identidad autista positiva

Las personas neurodivergentes se topan con frecuencia con estigma, infantilización y deshumanización en distintos ámbitos: familia, escuela, trabajo, medios de comunicación o incluso sistemas sanitarios. Esto lleva a muchas a desarrollar estrategias de camuflaje («masking») para parecer lo más neurotípicas posible.

El masking puede implicar forzarse a mantener contacto visual aunque resulte doloroso, copiar gestos y expresiones ajenas, inhibir movimientos autorreguladores, reprimir intereses intensos o ensayar conversaciones enteras antes de tenerlas. Todo esto consume una cantidad brutal de energía emocional y cognitiva.

Los estudios vinculan estas estrategias de camuflaje sostenido con problemas de salud mental como ansiedad, depresión, baja autoestima e incluso un mayor riesgo de ideación suicida. Además, pueden retrasar o impedir diagnósticos porque el profesional solo ve una parte del cuadro.

Frente a esto, tomar conciencia de la propia neurodivergencia desde un enfoque neuroafirmativo —es decir, entendiendo que no hay nada malo en el propio neurotipo— puede ser profundamente liberador. El acceso a comunidad, referentes autistas y psicoeducación respetuosa se asocia con mejor bienestar y mayor orgullo identitario.

Interseccionalidad, género, raza y neuroqueer

La neurodiversidad no existe en el vacío: se entrecruza con género, raza, clase social, orientación sexual e identidad de género. Las investigaciones muestran, por ejemplo, que las chicas y mujeres autistas, así como las personas no binarias o trans, siguen infradiagnosticadas o maldiagnosticadas porque los criterios clásicos se basan en el estereotipo del niño varón cis blanco.

Personas autistas racializadas denuncian un «privilegio blanco» dentro del propio movimiento, donde a menudo se escucha más a quienes tienen más recursos económicos y capital académico. Las experiencias de quienes sufren al mismo tiempo racismo y capacitismo tienden a quedar en segundo plano si no se hace un esfuerzo consciente por incorporarlas.

La teoría neuroqueer intenta precisamente tejer estas dimensiones, cuestionando binomios rígidos como típico/atípico, hombre/mujer o sano/enfermo. Plantea que muchas de estas categorías son construcciones sociales que sirven para mantener relaciones de poder y que romperlas abre espacio para experiencias más fluidas, creativas y auténticas.

Autoras neuroqueer animan tanto a personas neurodivergentes como neurotípicas a experimentar con nuevas formas de mover el cuerpo, comunicarse o gestionar la atención, explorando así otras maneras posibles de habitar la mente y el propio cuerpo.

Autoidentificación, diagnóstico y acceso a apoyos

No todas las personas que se reconocen como autistas u otra forma de neurodivergencia tienen un diagnóstico formal. La autoidentificación ha ganado peso, sobre todo ante listas de espera interminables, costes elevados de las evaluaciones privadas o malas experiencias previas con profesionales.

Algunas corrientes psiquiátricas son muy escépticas con el autodiagnóstico, preocupadas por posibles errores o por la influencia de información simplificada en redes sociales. Sin embargo, otros investigadores recuerdan que los diagnósticos profesionales también fallan, especialmente con perfiles que se salen del estereotipo o que han desarrollado un masking intenso.

Desde el paradigma de la neurodiversidad se defiende que las personas adultas deben poder nombrar su propia experiencia aunque nunca pasen por una consulta, y que ese acto de autoidentificación no debería quedar en manos exclusivas de instituciones biomédicas.

El problema práctico es que hoy por hoy el acceso a muchos apoyos —adaptaciones educativas, prestaciones sociales, ciertos tratamientos— sigue dependiendo de un informe diagnóstico. De ahí que se reclame transitar hacia sistemas centrados en necesidades concretas en lugar de etiquetas, algo coherente con la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, pero que choca con inercias administrativas muy arraigadas.

Investigación, injusticia epistémica y participación autista

Durante décadas, gran parte de la investigación sobre autismo y otros TND se ha orientado a buscar causas biológicas y posibles vías de «corrección». La comunidad autista critica que este sesgo biomédico haya absorbido enormes recursos mientras se descuidaban cuestiones urgentes como apoyo en la vida diaria, salud mental, empleo o vivienda. En este ámbito la psiquiatría de infancia y adolescencia tiene un papel relevante.

Además, numerosos trabajos científicos han descrito a las personas autistas como menos empáticas, menos humanas o más cercanas a máquinas que a personas, reforzando una narrativa despersonalizadora. Autores como Monique Botha analizan cómo estos enfoques no son neutrales, sino que reflejan prejuicios y valores de quienes investigan.

Se habla de injusticia epistémica cuando la experiencia y el conocimiento de un grupo se descartan sistemáticamente por considerarse demasiado subjetivos o poco fiables. En autismo, esto se ve claro cuando se ningunean las voces autistas con el argumento de que no pueden ser objetivas al hablar de sí mismas, mientras que se asume neutralidad en investigadores neurotípicos.

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En respuesta, han ido ganando terreno los proyectos de investigación participativa en los que personas autistas coproducen el conocimiento: ayudan a definir preguntas, métodos, interpretación de resultados y difusión. Para que esto no se quede en mero tokenismo se insiste en compartir poder real, empezar la colaboración desde el diseño del estudio y reconocer a las personas autistas como coautoras o coinvestigadoras.

Eugenesia, genética y controversias recientes

Uno de los mayores temores de la comunidad autista es que los avances en genética y biomarcadores se utilicen para desarrollar pruebas prenatales o preimplantacionales orientadas a reducir el número de nacimientos de personas autistas o con otras neurodivergencias.

Proyectos centrados en recopilar grandes bases de datos genéticos de personas autistas han recibido fuertes críticas por falta de transparencia, poca participación de la comunidad y por las posibles implicaciones eugenésicas. Algunos han sido suspendidos o cancelados tras intensos debates públicos.

Quienes se oponen a este tipo de investigación recuerdan que la medicina ya ha sido usada históricamente para justificar la eliminación o marginación de grupos enteros, y advierten que medir el valor de una vida por su ajuste a la norma o por su productividad económica es una pendiente peligrosa.

También se señala que eliminar variantes genéticas asociadas al autismo podría tener efectos colaterales sobre rasgos vinculados a la innovación, la creatividad o la investigación científica, dada la superposición entre genes implicados en neurodivergencia y aquellos relacionados con talentos muy valorados socialmente.

Educación inclusiva, escuela y neurodiversidad

El sistema educativo es uno de los campos donde la neurodiversidad se juega mucho. Los modelos inclusivos apuestan por que los alumnos autistas o con otras neurodivergencias aprendan junto a sus compañeros, con los apoyos necesarios, en lugar de ser segregados sistemáticamente en aulas o centros especiales.

Herramientas como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) proponen diseñar de entrada actividades, materiales y evaluaciones que puedan ser accesibles para una amplia variedad de estudiantes, en vez de crear un estándar rígido y después parchearlo con adaptaciones excepcionales.

Aun así, muchas niñas y niños autistas se encuentran con entornos sensorialmente abrumadores, acoso escolar, incomprensión de sus necesidades y respuestas punitivas ante conductas que en realidad son signos de saturación o ansiedad. Esto puede desembocar en rechazo escolar, traumas y apagones prolongados.

Los ajustes razonables pueden incluir espacios tranquilos a los que retirarse, flexibilizar la asistencia cuando hay sobrecarga, apoyos para la función ejecutiva (organización, planificación, inicio de tareas), sistemas de comunicación alternativa para quienes no usan el habla y formación del profesorado desde un enfoque neuroafirmativo.

Trabajo, empleo y diversidad cognitiva

En la vida adulta, las personas neurodivergentes se enfrentan a tasas elevadas de desempleo y subempleo, incluso cuando tienen titulaciones altas o competencias claramente útiles. Muchas barreras no tienen que ver con la capacidad para hacer el trabajo, sino con entrevistas basadas en impresiones sociales, entornos de oficina ruidosos y poco predecibles, o culturas corporativas que castigan la comunicación directa y la literalidad.

Numerosos estudios en gestión empresarial respaldan la idea de que la diversidad cognitiva mejora la innovación, la resolución de problemas y la creatividad en los equipos. Personas autistas, con TDAH o dislexia pueden aportar formas de pensar «fuera de la caja», atención al detalle, honestidad radical o perseverancia excepcionales.

Algunas empresas se han especializado en seleccionar y acompañar a trabajadores neurodivergentes, pero existe el riesgo de caer en una versión «light» de la neurodiversidad centrada solo en perfiles muy productivos, sobre todo en el sector tecnológico, dejando fuera a quienes necesitan más apoyo o no encajan en el estereotipo del genio informático.

Las adaptaciones razonables en el ámbito laboral pueden ser tan sencillas como ofrecer horarios o espacios flexibles, permitir el uso de cascos con cancelación de ruido, aclarar por escrito las expectativas y tareas, ofrecer mentores sensibilizados o facilitar el teletrabajo para quienes lo prefieran.

Intervenciones, terapias y enfoque neuroafirmativo

El paradigma de la neurodiversidad no está en contra de toda intervención, pero sí cuestiona con fuerza aquellas cuyo objetivo central es hacer que la persona parezca lo más neurotípica posible, sin tener en cuenta su bienestar interno. Un ejemplo muy polémico es el Análisis Conductual Aplicado (ABA) clásico.

Buena parte de quienes han pasado por programas intensivos de ABA relatan experiencias de obediencia forzada, supresión de conductas autistas significativas (como el stimming), ignorar señales de malestar y condicionamiento a base de refuerzos sin respeto por la autonomía. Estos testimonios, junto con críticas metodológicas a la investigación que defiende ABA, han encendido un debate fuerte sobre su ética y eficacia a largo plazo.

Las propuestas neuroafirmativas, en cambio, parten de aceptar el neurotipo como parte legítima de la identidad. Se centran en reducir el sufrimiento, mejorar el acceso a recursos, trabajar sobre condiciones concurrentes (ansiedad, depresión, epilepsia, etc.) y enseñar habilidades útiles para la vida diaria sin imponer una forma de ser ajena.

Eso no implica dejar de acompañar conductas perjudiciales como autolesiones o agresiones. Se recomiendan enfoques de baja excitación, que buscan comprender qué desencadenantes del entorno generan ese nivel de angustia y modificarlos, en lugar de limitarse a castigar o extinguir la conducta problemática.

También se ven como apropiadas las intervenciones dirigidas a ampliar las opciones de comunicación (por ejemplo, sistemas pictográficos, tablets, dispositivos generadores de voz) y a apoyar el autocuidado y la autonomía, siempre que se respeten los ritmos y preferencias de la persona.

La neurodiversidad nos coloca frente al reto de revisar qué entendemos por normalidad, discapacidad, salud y éxito, y nos recuerda que muchas de las dificultades que viven las personas neurodivergentes no nacen de sus cerebros, sino de entornos inflexibles, expectativas homogéneas y prejuicios arraigados; asumir esta mirada implica tomarse en serio sus voces, adaptar las estructuras y apostar por una sociedad donde quepan sin maquillajes todas las formas de mente humana.

psiquiatría de infancia y adolescencia
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