- Las diferencias entre LMS, LXP y TXP condicionan cómo se diseña la experiencia de aprendizaje y el nivel de autonomía del usuario.
- La inclusión exige plataformas accesibles, móviles, sencillas y con contenidos breves, personalizables y socialmente compartidos.
- La combinación de IA pragmática y acompañamiento humano es clave para que estas plataformas cierren la brecha de talento digital.
En plena era de la digitalización, la formación online se ha convertido en el eje de la actualización profesional, pero la gran pregunta sigue siendo incómoda: ¿quién se está quedando fuera de este nuevo modelo? Mientras las empresas hablan de transformación digital y las instituciones educativas multiplican su oferta e-learning, muchas personas siguen sin poder acceder a una experiencia de aprendizaje digna por motivos tan básicos como la conectividad, el dispositivo o la falta de habilidades digitales iniciales.
La brecha de talento digital no es un concepto teórico, es una realidad que ya está afectando al mercado laboral global. Organismos como el World Economic Forum alertan de millones de puestos sin cubrir por falta de competencias digitales, no por falta de vacantes. En este contexto, las plataformas de aprendizaje -LMS, LXP e incluso TXP- tienen un papel determinante: o se diseñan para un uso inclusivo, centrado en la diversidad de contextos, o se convierten en una barrera más que profundiza las desigualdades.
La brecha de talento digital y el papel de LMS y LXP en la inclusión
La llamada brecha de talento digital describe el desajuste entre las competencias tecnológicas y la alfabetización digital que requiere el mercado y las habilidades efectivas de la población activa. No se trata solo de programadores o especialistas en datos; puestos administrativos, técnicos, comerciales o de atención al cliente ya exigen familiaridad con herramientas digitales, automatización ligera y entornos colaborativos online.
Informes recientes del World Economic Forum apuntan a que millones de trabajos quedarán sin candidatos cualificados si no se acelera el reskilling y el upskilling de la fuerza laboral. Esta urgencia coloca a las plataformas de formación digital en el centro de la estrategia: no basta con subir cursos, es imprescindible que la tecnología llegue también a quienes tienen menos recursos, peor conectividad o escasa experiencia digital previa.
En demasiadas ocasiones, las plataformas LMS y LXP tradicionales se han concebido para el «usuario ideal»: persona con buen equipo, conexión estable, cierto dominio tecnológico y tiempo flexible para aprender. Esa visión deja fuera a trabajadores en turnos rotativos, personas en zonas rurales, alumnado con discapacidad o profesionales que solo pueden formarse desde el móvil en pequeños ratos libres.
El reto para los próximos años es que las plataformas no solo faciliten contenidos avanzados, sino que sean herramientas de educación continua realmente accesible, con itinerarios de reskilling y upskilling adaptados a una población muy heterogénea. La inclusión ya no puede ser un extra: debe estar integrada en la arquitectura del sistema, en la interfaz, en el modelo de contenidos y en la forma de acompañar al usuario.
Si miramos la evolución del mercado, se aprecia un cambio claro: las decisiones sobre qué plataforma adoptar empiezan a verse como decisiones éticas, no solo como compras tecnológicas. Escoger una solución u otra implica, en la práctica, decidir qué colectivos van a poder aprender y quién corre el riesgo de quedarse a un lado de la economía digital.
De LMS a LXP y TXP: cómo cambia la forma de aprender
Durante años, el estándar en e-learning corporativo y académico han sido los LMS (Learning Management Systems). Su foco ha estado en gestionar cursos, matrículas, cumplimiento y reporting, algo fundamental para formaciones obligatorias, normativas y procesos de onboarding muy estructurados.
En un LMS clásico, el contenido suele estar decidido por la organización: la empresa asigna cursos a perfiles concretos según su puesto, riesgos, normativa o itinerario de carrera. Ese enfoque es muy válido para asegurar que todo el mundo reciba cierta formación mínima, pero deja menos espacio para la autonomía del usuario, el aprendizaje informal o el descubrimiento espontáneo de nuevos temas.
Las LXP (Learning Experience Platforms) dan la vuelta a este enfoque y ponen el acento en la experiencia y el proceso del aprendizaje. En lugar de ser un sistema donde simplemente te asignan cursos, la LXP se parece más a una plataforma de contenidos tipo streaming, donde puedes explorar, buscar, guardar, recomendar y contribuir.
Estas plataformas suelen trabajar con contenidos breves: vídeos cortos, podcasts, animaciones y píldoras muy concretas, que se consumen fácilmente desde el móvil y encajan en el flujo de trabajo diario. Además, facilitan el aprendizaje social: los propios usuarios pueden recomendar recursos, comentar, crear listas o incluso generar contenido que complemente los cursos oficiales.
En este modelo, el empleado o estudiante asume mayor responsabilidad sobre su ruta de aprendizaje. La LXP ofrece potentes motores de búsqueda, personalización y recomendaciones basadas en IA, conectando contenidos internos con fuentes externas (MOOC, artículos, vídeos abiertos, podcasts especializados…). El resultado es un ecosistema donde la formación formal convive con el aprendizaje informal y contextual.
En un plano más avanzado aparecen las TXP (Talent Experience Platforms). Estas soluciones integran aprendizaje, desarrollo profesional, datos de rendimiento y experiencia de empleado en un entorno unificado, con una interfaz que recuerda a redes como LinkedIn y que se incrusta en las herramientas que la gente ya utiliza a diario, como Slack o Microsoft Teams.
Las TXP combinan vídeos, mensajes cortos, recordatorios, chats, micro-retos o nudges para que el aprendizaje fluya de manera natural. Gracias a la inteligencia artificial, estas plataformas se vuelven cada vez más predictivas, recomendando actividades, contenidos o conexiones relevantes según el rol, los objetivos y el histórico del usuario, sin pedirle que se vuelva experto en navegar sistemas complejos.
Características clave de un LMS inclusivo
Cuando se habla de inclusividad, suele pensarse antes en las LXP, pero un LMS también puede y debe incorporar criterios de accesibilidad y equidad. La diferencia está en cómo se diseña y se configura, más que en el concepto en sí.
En un LMS bien planteado, el objetivo sigue siendo organizar y administrar la formación obligatoria y los itinerarios internos de la empresa, pero sin perder de vista la diversidad de usuarios. Esto implica simplificar la navegación, ofrecer interfaces claras, reducir pasos innecesarios y evitar que el sistema se convierta en un laberinto que solo entienden los administradores.
La base de un LMS inclusivo pasa por asegurar que los cursos y procesos se puedan seguir desde distintos dispositivos, especialmente móviles, y con diferentes niveles de conectividad. Opciones como descargar contenidos, acceder en modo offline parcial o reducir el peso de los recursos multimedia son clave para trabajadores en planta, en movilidad o en zonas con infraestructuras limitadas.
Además, la accesibilidad no puede quedarse en lo técnico: es imprescindible contemplar subtítulos, compatibilidad con lectores de pantalla, contraste adecuado, navegación por teclado y soportes alternativos para personas con discapacidad. Muchos LMS modernos incorporan estas funciones, pero dependen del cuidado con el que se configuren y del tipo de contenido que se suba.
El reporting y el seguimiento, que tradicionalmente han sido la gran fortaleza del LMS, pueden orientarse también a la inclusión. Analizar quién se está quedando atrás, qué colectivos no completan los cursos o qué segmentos apenas se conectan permite tomar decisiones informadas: adaptar metodologías, revisar calendarios, ofrecer acompañamiento adicional o incluso replantear el formato, atendiendo también a la curva de aprendizaje.
Qué hace inclusiva a una LXP: personalización, contexto y autonomía
Las plataformas LXP nacen con una ventaja clara para la inclusión: su foco en la experiencia del usuario, la personalización y el aprendizaje social. No se limitan a reproducir la lógica de un campus virtual clásico; buscan que cada persona encuentre contenidos que le resulten relevantes, cortos y aplicables a su día a día.
Para conseguirlo, estas plataformas utilizan IA pragmática para recomendar recursos según el rol del usuario, sus intereses declarados, su histórico de consumo y las competencias que la organización considera prioritarias. Este tipo de personalización reduce la sobrecarga de información y ayuda a quienes no saben por dónde empezar a encontrar un primer camino claro.
Otra dimensión clave es la apertura a contenidos externos. Las LXP suelen funcionar como agregadores que conectan bases de datos internas con repositorios abiertos y proveedores de terceros. El empleado no solo ve lo que la empresa ha diseñado, sino también cursos MOOC, artículos especializados, podcasts del sector o vídeos de referencia, todo filtrado y organizado por categorías, niveles y temas.
Esta arquitectura abierta favorece la equidad porque democratiza el acceso a conocimiento que antes quedaba repartido en múltiples plataformas aisladas. Un usuario con poca experiencia digital puede navegar por una única interfaz y, desde ahí, aterrizar en recursos muy diversos sin tener que recordar mil contraseñas o localizar por su cuenta fuentes fiables.
La dimensión social también pesa mucho. Las funciones de comentarios, recomendaciones entre compañeros, listas compartidas, grupos temáticos o debates convierten la LXP en una comunidad de práctica, no solo en un catálogo. Esa interacción ayuda a quienes dudan o se sienten rezagados, porque ven qué está haciendo la gente de su entorno, qué recursos recomiendan otros con su mismo perfil o en qué temas se están enfocando quienes ocupan puestos a los que aspiran.
Por último, un aspecto a menudo olvidado es el diseño para el uso «de arriba abajo y de abajo arriba». La LXP admite que la organización marque ciertas rutas estratégicas, pero permite a la vez que el usuario explore, altere y complemente su itinerario. Esa combinación de dirección y autonomía es especialmente potente para colectivos que necesitan guía, pero también margen para adaptar la formación a su realidad diaria.
Comparativa práctica: LMS, LXP y TXP al detalle
Aunque en la práctica muchas organizaciones combinan varias soluciones, es útil entender qué aporta cada tipo de plataforma para poder diseñar ecosistemas de aprendizaje coherentes e inclusivos en lugar de colecciones dispersas de herramientas.
En el caso de los LMS, la prioridad está en distribuir formación formal, gestionar inscripciones, controlar el cumplimiento y generar informes. Suelen ser sistemas gestionados por el área de formación o RRHH, muy centrados en procesos internos y en garantizar que nadie se salte un curso crítico de seguridad, compliance o producto.
Las LXP, por su parte, se orientan a contenidos breves, autoelegidos, componibles y fácilmente compartibles. Los usuarios pueden contribuir con sus propios recursos, etiquetarlos, valorarlos y construir rutas personalizadas. Esto fomenta el aprendizaje autodirigido y crea un entorno donde el conocimiento fluye de forma más orgánica.
Las TXP dan un salto adicional integrando perfil de talento, desarrollo profesional, comunicación interna y aprendizaje en el flujo de trabajo. No se diseñan solo como «plataformas de cursos», sino como espacios vivos donde se proponen retos, se miden avances, se sugieren oportunidades de movilidad interna y se conectan personas con proyectos concretos.
En términos de experiencia, un LMS se percibe como un sistema corporativo al que «hay que entrar» para completar algo, mientras que una LXP se acerca más a un espacio que «apetece explorar». La TXP, en cambio, pretende estar tan integrada en las herramientas diarias que el aprendizaje ocurre casi sin que el usuario tenga que cambiar de contexto, a golpe de notificación o sugerencia contextualizada.
Desde una óptica de inclusión, la combinación inteligente suele pasar por mantener el LMS para la formación estructurada y obligatoria, sumar una LXP para el aprendizaje continuo y contextual, y valorar una TXP cuando se busca alinear talento, desempeño y desarrollo en un mismo entorno digital sencillo e intuitivo.
Plataformas que están empujando los límites de la accesibilidad
El mercado está repleto de soluciones, pero algunas propuestas destacan por cómo abordan la accesibilidad y la inclusión desde ángulos distintos. No se trata solo de quién tiene más funciones, sino de quién reduce mejor las barreras de entrada al aprendizaje.
Docebo, por ejemplo, ha evolucionado hacia un ecosistema con fuerte componente de inteligencia artificial, analítica sofisticada y personalización de rutas de aprendizaje. Resulta especialmente atractivo para organizaciones grandes, con infraestructuras tecnológicas consolidadas y grandes volúmenes de usuarios, donde optimizar a escala es crucial. Su principal reto está en llevar esa experiencia avanzada a entornos con conectividad irregular o menor madurez digital.
Cornerstone se posiciona como una plataforma muy sólida para contextos donde la gobernanza, el cumplimiento normativo y la trazabilidad exhaustiva son imprescindibles, como universidades, administraciones públicas o grandes grupos empresariales. Su fortaleza está en la estandarización y la gestión compleja, aunque le cuesta más adaptarse con ligereza a escenarios de brecha digital marcada.
TalentLMS apuesta por la sencillez y la rapidez de despliegue, con un enfoque mobile-first que reduce fricciones técnicas y facilita que se inicie la formación casi desde el primer día. Es una opción atractiva para organizaciones que valoran la usabilidad por encima de la sofisticación analítica; su punto menos fuerte está en la profundidad de personalización con IA o en la analítica inclusiva más avanzada.
Absorb LMS ha ganado terreno en formación técnica y profesional, gracias a su experiencia móvil consistente y sus capacidades de reporting bien estructuradas. El diseño centrado en el usuario final favorece la adopción, especialmente en programas de educación continua y en formaciones muy orientadas a la práctica.
Un caso especialmente interesante es Zalvadora, que aborda la accesibilidad como un problema estructural, no solo de interfaz o de funcionalidades. Su propuesta combina microlearning, comunidades digitales y aprendizaje distribuido a través de canales cotidianos, lo que la hace pertinente en entornos donde las plataformas tradicionales chocan con limitaciones de acceso, cultura o recursos.
Este enfoque híbrido permite extender la formación a colectivos que históricamente han quedado fuera del circuito de educación digital formal, porque prioriza la realidad del estudiante (herramientas que usa, horarios, contexto vital) por encima de la lógica del sistema. Aquí la inclusión se entiende como diseñar desde la periferia hacia el centro, no al revés.
Transformación del e-learning y nuevas dinámicas corporativas
La formación corporativa ha vivido en pocos años un giro radical. Lo que antes se limitaba a campus internos con cursos largos y sesiones presenciales puntuales se está reconvirtiendo en ecosistemas digitales dinámicos, con microcontenidos, analítica continua y experiencias híbridas que cruzan la frontera entre trabajo y aprendizaje.
Reportajes especializados apuntan a que, de aquí en adelante, las plataformas de e-learning se verán tanto como herramientas para el negocio como espacios de desarrollo profesional autónomo. Esto implica que deben satisfacer simultáneamente las necesidades de la empresa (competencias estratégicas, cumplimiento, productividad) y los intereses del empleado (empleabilidad, crecimiento personal, exploración).
En este escenario, la discusión sobre «LMS vs LXP» se matiza: no se trata tanto de sustituir un modelo por otro como de entender qué aporta cada uno y cómo pueden complementarse. Los LMS siguen siendo muy eficaces para mantener orden, estructura y control; las LXP aportan flexibilidad, descubrimiento y relevancia contextual.
Al mismo tiempo, se abre un debate interesante sobre el rol del profesional de formación y desarrollo. Con la llegada de las LXP y TXP, el papel pasa de ser casi exclusivamente gestor de contenidos y catálogos a convertirse en curador, facilitador y diseñador de experiencias. Se trata menos de cargar cursos y más de orquestar comunidades, medir impacto y acompañar trayectorias diversas.
En paralelo, muchas organizaciones están experimentando con actividades corporativas centradas en comparar enfoques, compartir casos de implantación de LMS y LXP, y revisar el impacto real sobre la forma en que la gente aprende. Preguntas como qué solución funciona mejor para el negocio, cuál favorece más al empleado o qué combinación aporta más valor a largo plazo están muy presentes en estas sesiones.
IA pragmática y toque humano: el futuro cercano del aprendizaje
Organizaciones como The Learning Guild subrayan que la clave de los próximos años estará en equilibrar la IA pragmática con el toque humano. No se trata de reemplazar a mentores, formadores o responsables de personas, sino de utilizar la inteligencia artificial para quitar fricción, hacer recomendaciones inteligentes y liberar tiempo para las interacciones de mayor valor.
En la práctica, esto significa que la IA puede encargarse de personalizar contenidos, ajustar ritmos, proponer rutas alternativas cuando detecta bloqueos y sugerir recursos complementarios según el comportamiento del usuario. Todo ello reduce la sensación de «perderse» dentro de la plataforma y ayuda especialmente a quienes llegan con menos antecedentes digitales.
Sin embargo, la experiencia de aprendizaje sigue necesitando acompañamiento humano: tutores que resuelven dudas, managers que apoyan el plan de desarrollo, comunidades que comparten buenas prácticas y espacios donde se pueda preguntar sin miedo. Ese componente emocional, de pertenencia y de confianza, es insustituible y, además, marcadamente inclusivo.
La tecnología también puede apoyar la inclusión al ofrecer traducción automática de contenidos, subtitulado, adaptación dinámica de la complejidad del lenguaje o recordatorios personalizados que respeten ritmos distintos. Utilizada con criterio, la IA abre oportunidades para adaptar el aprendizaje a realidades muy diversas sin multiplicar exponencialmente el trabajo manual.
Queda por delante el reto de evitar que la automatización deshumanice la formación. Si las organizaciones se limitan a usar la IA para vigilar, medir y presionar por resultados, el efecto será el contrario: más ansiedad, más abandono y menos equidad. La apuesta ganadora pasa por emplearla como soporte invisible que facilita la vida al usuario y da mejores datos a quienes diseñan experiencias.
Al final, todo apunta a que las plataformas LMS, LXP y TXP que logren consolidarse serán las que consigan combinar sencillez de uso, accesibilidad técnica, personalización inteligente y presencia humana significativa. En un mundo donde la brecha de talento digital marca el acceso a oportunidades laborales, la elección de la plataforma ya no es un tema menor de software: es una palanca crítica para decidir cuántas personas pueden subirse al tren de la economía digital y cuántas se quedan mirándolo pasar.

