Abraham Maslow: vida, obra y legado de un psicólogo humanista

Última actualización: 4 febrero 2026
  • Abraham Maslow impulsó la psicología humanista al centrar el estudio en la salud psicológica, el potencial humano y la autorrealización, frente al énfasis tradicional en la patología.
  • Su famosa jerarquía de necesidades explica cómo la motivación humana progresa desde las necesidades básicas de supervivencia hasta la búsqueda de sentido y desarrollo pleno.
  • El concepto de persona autorrealizada y las experiencias cumbre amplían la comprensión de la personalidad, incorporando creatividad, valores y dimensión trascendente.
  • Su legado se refleja hoy en la psicología positiva, la psicología transpersonal y en aplicaciones prácticas en educación, empresa, salud y desarrollo personal.

Abraham Maslow psicólogo humanista

Abraham Maslow es uno de esos nombres que se quedan grabados cuando estudias la psicología humanista, educación, empresa o desarrollo personal. No solo puso orden a la idea de por qué hacemos lo que hacemos con su famosa jerarquía de necesidades, también ayudó a cambiar el foco de la psicología: de centrarse casi solo en la enfermedad y el trastorno, a mirar con lupa el potencial humano, la creatividad y la capacidad de vivir una vida con sentido.

Este psicólogo estadounidense es considerado el gran referente de la psicología humanista, la llamada “tercera fuerza” que se situó a medio camino entre el psicoanálisis y el conductismo. Su biografía, marcada por la discriminación, una familia dura y una inteligencia excepcional, se entrelaza por completo con sus teorías sobre la motivación, la autorrealización y la importancia de contar con un entorno que permita florecer a las personas.

Breve biografía de Abraham Maslow: de infancia difícil a referente humanista

Abraham Harold Maslow nació el 1 de abril de 1908 en Brooklyn, Nueva York, en el seno de una familia judía de origen ruso-ucraniano que había emigrado a Estados Unidos en busca de una vida mejor. Era el mayor de siete hermanos y creció en un ambiente económico ajustado, con un padre centrado en salir adelante y una madre rígida, supersticiosa y muy poco afectuosa.

Su niñez fue solitaria, marcada por el antisemitismo del barrio y la falta de cariño en casa. Él mismo llegó a decir que se sentía como “el niño judío en un vecindario no judío”, y que su auténtico refugio fueron las bibliotecas: pasaba horas leyendo y estudiando, lejos de las burlas y de la dureza familiar. Esa combinación de soledad, discriminación y ansias de entender al ser humano acabó empujándole de lleno hacia la psicología.

Los padres de Maslow querían que estudiase Derecho, así que empezó en el City College de Nueva York y luego pasó brevemente por la Universidad de Cornell. Sin embargo, la carrera legal le aburría y algunas asignaturas de introducción a la psicología que recibió allí le decepcionaron por su frialdad y falta de conexión con la vida real. El giro decisivo llegó cuando se trasladó a la Universidad de Wisconsin.

En Wisconsin Maslow encontró su camino académico y también consolidó su vida personal. Se casó en 1928 con su prima Bertha Goodman —en contra de la opinión familiar—, se instaló con ella y comenzó a estudiar psicología en serio. Allí se formó en investigación experimental y trabajó con Harry Harlow, famoso por sus estudios con crías de mono y el apego. Obtuvo su BA en 1930, el máster en 1931 y el doctorado en 1934, todos en psicología por la Universidad de Wisconsin.

Su primera etapa investigadora estuvo centrada en la conducta de los primates: analizó la dominancia, la sexualidad y las relaciones de poder en monos, antes de volcarse en la psicología humana. Esa base “dura” y experimental le dio un bagaje metodológico sólido que luego combinaría con una visión mucho más amplia, humanista y hasta filosófica del comportamiento humano.

Etapa en Nueva York y nacimiento de una mirada distinta sobre la persona

Pirámide de necesidades de Abraham Maslow

Tras doctorarse, Maslow regresó a Nueva York y entró en contacto con figuras clave de la psicología del momento. Trabajó en la Universidad de Columbia junto a Edward Thorndike, uno de los grandes nombres del conductismo, y se aproximó también al círculo psicoanalítico de Alfred Adler. Esta mezcla de influencias —conductismo por un lado, psicoanálisis por otro— le permitió ver de cerca las fortalezas y limitaciones de ambos enfoques.

En Columbia comenzó a interesarse por la sexualidad humana, realizando investigaciones que por entonces resultaban muy controvertidas, especialmente en torno a la sexualidad femenina y la relación entre dominancia, atracción y autoestima. A la vez empezó a consolidar su carrera docente: en 1937 se incorporó al Brooklyn College (City University of New York), donde trabajó como profesor hasta 1951.

La etapa neoyorquina fue decisiva porque allí conoció a muchos intelectuales europeos exiliados que huían del auge del fascismo y el nazismo: Alfred Adler, Erich Fromm, Karen Horney, psicólogos de la Gestalt y diversos psicoanalistas. Entre todos ellos, dos figuras marcaron profundamente su pensamiento: la antropóloga Ruth Benedict y el psicólogo de la Gestalt Max Wertheimer.

Maslow quedó fascinado por la calidad humana y profesional de Benedict y Wertheimer. Eran, a sus ojos, personas brillantes, creativas, éticas y profundamente sanas psicológicamente. Empezó a tomar notas sobre su forma de ser y de relacionarse, sobre cómo afrontaban los problemas o tomaban decisiones. De ese ejercicio nació su interés por estudiar no solo la patología, sino a individuos ejemplarmente sanos, lo que más tarde cristalizaría en su concepto de personas autorrealizadas.

En paralelo, Maslow vivía el impacto de la Segunda Guerra Mundial y el auge del odio y los prejuicios. Al no poder alistarse por edad, volcó su malestar en preguntas sobre la naturaleza humana: ¿cómo es posible que el mismo ser humano capaz de amar y crear obras sublimes pueda también odiar y destruir? Esa tensión entre lo mejor y lo peor de nuestra especie está en el fondo de su proyecto de una “psicología para la paz” y de su defensa de una visión más optimista, pero no ingenua, del ser humano.

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Brandeis, psicología humanista y la “tercera fuerza”

En 1951 Maslow se trasladó a Boston para hacerse cargo del departamento de psicología de la Universidad de Brandeis, donde permaneció alrededor de una década. En Brandeis profundizó en sus ideas sobre la motivación, la salud mental y el potencial humano, y conoció al neurólogo Kurt Goldstein, que utilizaba el término “autorrealización” para referirse a la tendencia de los organismos a desarrollar sus posibilidades.

Maslow hizo suyo el concepto de autorrealización y lo situó en el centro de su teoría de la personalidad. Para él, las personas no son simplemente máquinas biológicas ni seres pasivos moldeados por el ambiente; son organismos activos que buscan desplegar sus capacidades, encontrar un sentido a su vida y llegar a ser “lo que pueden llegar a ser”. Esta visión chocaba frontalmente con el determinismo pesimista del psicoanálisis clásico y con el reduccionismo del conductismo.

Junto con otros autores como Carl Rogers y Rollo May, Maslow impulsó la llamada psicología humanista, que empezó a presentarse como la “tercera fuerza” de la psicología, alternativa a las dos corrientes dominantes. Esta nueva perspectiva ponía el foco en la experiencia subjetiva, la libertad, la responsabilidad, los valores, las emociones, la creatividad y la búsqueda de significado.

En 1961 cofundó el Journal of Humanistic Psychology con Tony Sutich, una revista que todavía hoy sigue siendo referencia del enfoque humanista. En 1963 participó en la reunión fundacional de la Asociación para la Psicología Humanista, aunque rechazó ser nombrado presidente porque creía que el movimiento debía crecer sin una figura de líder único, para evitar personalismos y dogmatismos.

Su prestigio fue creciendo hasta el punto de ser elegido presidente de la American Psychological Association en 1966 y nombrado “Humanista del Año” por la American Humanist Association en 1967. Aun así, siempre mantuvo una posición bastante crítica con la psicología académica de su tiempo, a la que reprochaba centrarse demasiado en la enfermedad y en variables fáciles de medir, descuidando dimensiones esenciales como el valor, la ética o la espiritualidad.

La teoría de la personalidad desde la mirada humanista

Para Maslow, entender la personalidad exige considerar dos grandes bloques: necesidades y experiencias. Por un lado, todos compartimos un conjunto de necesidades básicas de raíz biológica que nos empujan a buscar seguridad, pertenencia, reconocimiento y desarrollo. Por otro, la forma concreta en que cada quien va satisfaciendo (o no) esas necesidades a lo largo de su historia, en interacción con su contexto, va moldeando rasgos, actitudes y estilos de vida.

Su enfoque es radicalmente contextual y dinámico: la personalidad no es una especie de etiqueta fija que se pueda capturar con un par de tests y ya está. Depende del entorno en el que vive la persona, de las oportunidades y obstáculos que encuentra, de las relaciones que establece y de cómo se responden, o se frustan, sus necesidades más importantes.

Frente a los modelos psicométricos clásicos centrados en puntuar rasgos, Maslow insiste en mirar objetivos, valores, proyectos vitales y el grado en que la persona puede avanzar hacia ellos. Aquí conecta con otros autores críticos con la visión estrecha de la inteligencia o la personalidad, como Howard Gardner o Robert Sternberg, que también reivindican una perspectiva más amplia, cualitativa y vinculada al contexto.

En esta teoría, la autorrealización ocupa un lugar privilegiado. Maslow sostiene que los seres humanos tenemos una tendencia innata a desarrollarnos, a explorar nuestras capacidades, a crear y a contribuir. Pero esa tendencia solo puede desplegarse si antes se han cubierto unas condiciones previas mínimas: necesidades fisiológicas, seguridad, vínculos afectivos sólidos y un cierto nivel de estima y reconocimiento.

Personas autorrealizadas: características de una personalidad plena

Maslow estaba convencido de que la autorrealización es posible para cualquier persona, al menos en teoría, pero también observó que, en la práctica, muy pocas llegan a ese nivel. Estimaba que menos del 1 % de la población podría considerarse genuinamente autorrealizada, apoyándose en sus estudios de figuras como Albert Einstein, Ruth Benedict, Max Wertheimer o incluso referentes espirituales como Lao-Tsé.

Las personas autorrealizadas comparten una serie de rasgos llamativos, que Maslow fue sistematizando a partir de la observación y el análisis de biografías y escritos:

  • Alta aceptación de sí mismas: se reconocen con sus luces y sombras sin caer en la autodestrucción ni en la idealización ingenua.
  • Percepción clara y objetiva de la realidad: distinguen bien lo auténtico de lo falso, lo importante de lo superficial.
  • Espontaneidad y naturalidad: no viven esclavas de las apariencias ni de las convenciones sociales.
  • Orientación a los problemas más que a la queja: tienden a enfocar los retos como algo que requiere soluciones creativas, no como excusas para lamentarse.
  • Capacidad de estar a gusto en soledad: disfrutan de momentos consigo mismas y no dependen de la aprobación constante de los demás.
  • Relaciones profundas pero no masivas: suelen tener pocos amigos íntimos y vínculos muy significativos, más que una red enorme de contactos superficiales.
  • Mentalidad curiosa y creativa: exploran, se hacen preguntas, generan ideas originales y se permiten “salirse del guion”.
  • Sentido del humor especial: suelen manejar un humor más sutil, a veces incluso autocrítico, sin crueldad hacia los demás.
  • Fuerte sentido ético: se guían por valores como la justicia, la honestidad o la autenticidad, aunque eso les lleve a ir contracorriente.
  • Tolerancia y apertura: son poco prejuiciosas, respetan la diversidad y disfrutan de la presencia de otras personas sin necesidad de dominar.
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Estas personas también experimentan con mayor frecuencia las llamadas “experiencias cumbre”, momentos intensos de plenitud, conexión profunda, paz, amor o éxtasis estético o espiritual. Durante estos instantes se sienten más vivas que nunca, más en armonía consigo mismas y con el mundo, con una percepción más nítida de valores como la verdad, la belleza, la justicia o la bondad.

Maslow llegó a considerar que ciertas sustancias psicodélicas, como el LSD o la psilocibina, podían facilitar experiencias de este tipo en personas adecuadas y en contextos controlados. Sin embargo, insistía en que el núcleo de la autorrealización tenía que ver con el crecimiento personal sostenido y con una vida coherente con los propios valores, no con estados excepcionales puntuales.

Para explicar la motivación de las personas autorrealizadas acuñó el término “metamotivación”, aludiendo a impulsos que van más allá de cubrir carencias. Quien ha satisfecho sus necesidades básicas puede empezar a moverse por valores como la verdad, la belleza, la justicia, la unidad o el juego creativo. Surge entonces una búsqueda de sentido y plenitud que no encaja en la lógica de “rellenar huecos” sino en la de realizar el propio potencial.

La pirámide de Maslow: jerarquía de necesidades humanas

Aunque Maslow nunca dibujó literalmente una pirámide, su teoría de la motivación se ha popularizado con esa forma. La idea básica es sencilla: las necesidades humanas se organizan jerárquicamente y las más básicas tienden a reclamar prioridad. Cuando un nivel está razonablemente cubierto, emergen con más fuerza necesidades de niveles superiores.

En su formulación clásica, la jerarquía consta de cinco niveles principales:

  1. Necesidades fisiológicas o básicas: son el fundamento biológico. Incluyen respirar, alimentarse, beber agua, dormir y descansar, mantener la temperatura corporal, eliminar desechos (orinar, defecar, sudar…) y, en general, todo lo relacionado con la supervivencia orgánica. Sin este piso cubierto, el resto pasa a un segundo plano.
  2. Necesidades de seguridad y protección: abarcan la estabilidad física y emocional, la ausencia de peligros extremos, un cierto orden y predictibilidad, vivienda, ingresos mínimos, salud y protección frente a amenazas. Aquí se busca dejar de vivir en modo “supervivencia” constante.
  3. Necesidades sociales o de amor y pertenencia: son el deseo de vincularnos con otros, formar parte de una familia, grupo de amigos, pareja, comunidad o colectivo. Incluyen sentir cariño, recibir y dar afecto, experimentar cercanía y apoyo.
  4. Necesidades de estima o reconocimiento: se refieren a la necesidad de valorarse a uno mismo (autoestima) y de sentirse valorado por los demás (heteroestima). Abarcan el logro, el respeto, el estatus, la reputación, la competencia percibida y la confianza en las propias capacidades.
  5. Necesidades de autorrealización: ocupan la cúspide. Tienen que ver con el desarrollo del potencial interno, la búsqueda de un proyecto vital significativo, el crecimiento moral y espiritual, la creatividad y la sensación de vivir de acuerdo con lo que uno siente que “debe ser”.

Maslow agrupó los cuatro primeros escalones como “necesidades de déficit”, porque su ausencia genera carencias, ansiedad y malestar que empujan a satisfacerlas. En cambio, la autorrealización la consideraba una “necesidad de ser”: no aparece por estar “vacío” de algo, sino por la propia tendencia a desplegar lo que uno es en potencia.

La jerarquía no es un esquema rígido ni matemático. Maslow reconocía que las personas pueden sacrificar comodidades físicas por amor, o poner en riesgo su seguridad por un ideal, y que influyen la cultura, la historia personal y las circunstancias. Sin embargo, como guía general, observaba que es muy difícil preocuparse seriamente por la autorrealización si se pasa hambre, se vive en la guerra o se carece de cualquier red de apoyo afectivo.

Esta teoría ha sido aplicada en multitud de campos: desde la psicología clínica y educativa hasta los recursos humanos, el marketing y la gestión empresarial. En el entorno laboral se ha utilizado para diseñar políticas de motivación que no se centren solo en el salario, sino también en la seguridad laboral, el clima social, el reconocimiento y las oportunidades de desarrollo profesional y personal.

También ha recibido críticas importantes: se le reprocha su simplicidad, la falta de evidencia empírica sólida que confirme la jerarquía tal cual y el supuesto carácter universal del modelo, que podría no encajar con todas las culturas. Aun así, sigue siendo una herramienta muy útil para pensar, de manera ordenada, qué falta y qué está cubierto en la vida de una persona o de un colectivo.

Experiencias cumbre, metamotivación y dimensión trascendente

Más allá de la cobertura de necesidades, Maslow prestó mucha atención a las experiencias extraordinarias que viven algunas personas: momentos de intenso amor, comprensión profunda, éxtasis estético, unidad con la naturaleza, sensación de armonía total o lucidez súbita.

A estos episodios los llamó “experiencias cumbre” (peak experiences). En ellas, la persona siente que se funde con la realidad, que todo encaja, que el tiempo se suspende y que su yo se hace más amplio y menos defensivo. No son necesariamente místicas en el sentido religioso clásico, pero sí tienen un fuerte componente de trascendencia y de conexión con valores “altos” como la verdad, la belleza o la justicia.

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En la vida cotidiana, las personas autorrealizadas tienden a vivir más experiencias cumbre que la media: pueden tener varias en un mismo día, aunque sean de intensidad moderada, mientras que otras personas quizá solo las experimentan muy de vez en cuando. Maslow veía en estas vivencias una pista de hacia dónde apunta realmente el desarrollo humano cuando las condiciones básicas están más o menos resueltas.

La idea de “metamotivación” que desarrolló está directamente ligada a estas experiencias. Cuando alguien actúa impulsado por metanecesidades (valores del ser) no se mueve por miedo, carencia o ansiedad, sino por la atracción que ejercen la verdad, la excelencia, la unidad, el juego creativo, el servicio o la justicia. Esa motivación de “más allá” configura una ética distinta a la meramente utilitarista.

En sus últimos años, ya semirretirado de la docencia, Maslow se propuso un proyecto ambicioso: elaborar una filosofía y una ética coherentes con la psicología humanista. Quería traducir sus hallazgos psicológicos en propuestas sobre cómo debería organizarse una “buena sociedad” que facilitase el desarrollo del potencial de sus miembros. Acuñó incluso el término “eupsiquia” para referirse a ese tipo de sociedad ideal orientada al crecimiento humano.

Lamentablemente, un infarto de miocardio truncó ese proyecto. El 8 de junio de 1970, mientras paseaba por California, Maslow murió a los 62 años. Dejó muchos manuscritos y notas sin terminar, que más tarde serían editados y completados por colaboradores como Sostrom.

Obras principales y legado teórico

Maslow fue un autor prolífico que escribió tanto obras teóricas como textos más aplicados. Entre sus libros más influyentes destacan:

  • “A Theory of Human Motivation” (1943), el artículo donde presentó por primera vez su jerarquía de necesidades.
  • “Motivación y personalidad” (1954), donde desarrolla en profundidad su teoría motivacional y de la personalidad.
  • “El hombre autorrealizado: Hacia una psicología del ser” (1962), en el que describe las características de las personas autorrealizadas y los valores del ser.
  • “Religions, Values, and Peak Experiences” (1964), centrado en las experiencias cumbre y su dimensión espiritual.
  • “Maslow on Management” / “El management según Maslow” (1965), donde aplica sus ideas al mundo de la empresa y la dirección de personas.
  • “The Psychology of Science: A Reconnaissance” (1966), un análisis crítico de la ciencia y de la propia psicología.
  • “New Knowledge in Human Values” (1959), reflexión sobre valores humanos y ciencia.
  • “La amplitud potencial de la naturaleza humana” (1971), texto póstumo en el que profundiza en la idea de plenitud y en conceptos como el “complejo de Jonás” y la sacralización de la vida.
  • “La personalidad creadora” y otras obras posteriores, donde explora la creatividad como expresión de la autorrealización.

Además de estos títulos, su influencia se dejó sentir en el nacimiento de la psicología positiva, corriente impulsada décadas después por autores como Martin Seligman, que retomaron la idea maslowiana de estudiar la felicidad, las fortalezas y las experiencias positivas en lugar de centrarse exclusivamente en el malestar y la psicopatología.

También fue una pieza clave en el desarrollo de la psicología transpersonal, al abrir la puerta a investigar seriamente las experiencias místicas, las vivencias de unidad y la dimensión espiritual de la persona. Su apertura a las tradiciones orientales, al taoísmo y a prácticas contemplativas sirvió de puente entre la psicología occidental y otros enfoques del crecimiento humano.

Sus aportaciones han sido muy valiosas, pero no exentas de críticas. Muchos investigadores señalan la falta de estudios empíricos rigurosos que respalden algunas de sus afirmaciones, y el tono a veces más filosófico que científico de sus últimos escritos. Sin embargo, incluso sus críticos reconocen que abrió preguntas fundamentales sobre el sentido, los valores y el desarrollo humano que la psicología académica había tendido a ignorar.

Mirado con perspectiva, el legado de Abraham Maslow consiste en haber recordado a la psicología que las personas no son solo un conjunto de síntomas o conductas observables. Somos proyectos en marcha, llenos de contradicciones, necesidades y potencialidades. Su insistencia en estudiar lo mejor del ser humano —y no solo lo que va mal— ha inspirado a generaciones de profesionales de la salud mental, educadores, líderes y personas interesadas en comprenderse y vivir de una forma más plena.

Al final, la obra de Maslow nos deja una mezcla poderosa de realismo y esperanza: reconoce el peso de la carencia, del miedo, de la neurosis y del contexto adverso, pero también afirma con claridad que existe en cada persona una tendencia a crecer, a buscar la verdad, a crear belleza y a conectar de forma auténtica con los demás. Aunque sus modelos no sean perfectos ni definitivos, siguen ofreciendo un mapa útil para orientarnos en el laberinto de la motivación humana y para diseñar entornos —familiares, educativos, laborales y sociales— en los que sea un poco más fácil desplegar lo mejor de nosotros mismos.

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