- La educación transformadora responde a desafíos globales como el cambio climático, la desigualdad y los discursos de odio, conectando escuela y realidad social.
- Supone un cambio profundo en currículo y metodologías, poniendo el foco en bienestar, valores, ciudadanía global y participación activa del alumnado.
- UNESCO impulsa esta visión mediante programas de desarrollo sostenible, ciudadanía mundial y salud, y a través de foros y alianzas internacionales.
- Proyectos escolares, universitarios y de animación sociocultural muestran que es posible transformar personas y comunidades mediante prácticas educativas comprometidas.
La educación transformadora se ha convertido en una expresión cada vez más habitual en debates pedagógicos, políticas públicas y proyectos sociales. Lejos de ser una moda pasajera, refleja una necesidad muy real: lo que enseñamos hoy, y sobre todo cómo lo enseñamos, ya no basta para responder a los desafíos del siglo XXI. No se trata solo de actualizar contenidos, sino de replantear el sentido mismo de educar.
Durante décadas hemos confiado en que la educación, por sí sola, traería progreso, justicia e igualdad de oportunidades. Sin embargo, el panorama actual -crisis climática, desigualdades crecientes, discursos de odio, conflictos y problemas de salud mental- demuestra que el modelo tradicional se queda corto. De ahí surge la propuesta de una educación que no solo transmita información, sino que transforme a las personas para que estas puedan transformar sus comunidades y el mundo.
Por qué es urgente transformar la educación
Vivimos en un contexto marcado por retos globales sin precedentes: el cambio climático avanza, la biodiversidad se pierde a una velocidad alarmante, emergen nuevas pandemias, surgen conflictos armados y crece la difusión de ideologías violentas basadas en el odio y la desinformación. Todo esto configura un escenario en el que limitarse a memorizar datos ya no tiene sentido.
Los sistemas educativos, tal y como fueron concebidos en buena parte del siglo XX, siguen centrados en la transmisión unidireccional de conocimientos, muchas veces desconectados de la vida real de los estudiantes. Esta brecha entre lo que pasa en las aulas y lo que ocurre fuera de ellas genera frustración, apatía y la sensación de que estudiar no sirve para afrontar los problemas del día a día.
La educación transformadora plantea que es imprescindible reorientar el currículo, la metodología y la evaluación para que el alumnado adquiera conocimientos, habilidades, valores y actitudes que le permitan cuidar del planeta y de las personas, participando como ciudadanía activa en una comunidad global. No basta con formar buenos profesionales; es necesario formar personas responsables, críticas y comprometidas.
Organismos internacionales como la UNESCO insisten en que, si queremos un futuro más justo, pacífico y sostenible, la educación tiene que ir mucho más allá del rendimiento académico. Debe contribuir a construir sociedades inclusivas, reduciendo las desigualdades y combatiendo la discriminación, el acoso y la violencia en todas sus formas, también dentro de las escuelas.
En este escenario, la meta 4.7 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), integrada en el ODS 4 sobre educación de calidad, propone que los sistemas educativos incorporen de forma explícita la educación para el desarrollo sostenible, la ciudadanía mundial y una cultura de paz, derechos humanos, igualdad de género y valoración de la diversidad. Esta meta sirve como brújula para orientar la transformación educativa a escala mundial.
Qué entendemos por educación transformadora
Cuando hablamos de educación transformadora no nos referimos solamente a cambiar asignaturas o añadir proyectos aislados. Se trata de una forma distinta de entender la enseñanza y el aprendizaje, orientada a empoderar a las personas para que tomen decisiones informadas y actúen con criterio en su vida personal, profesional, comunitaria y global.
Una educación es realmente transformadora cuando ayuda a que el alumnado se sienta valorado, seguro, reconocido e incluido como parte activa de la comunidad de aprendizaje. Esto implica abordar de raíz problemas como el acoso escolar, la violencia de género, la discriminación por motivos de identidad, orientación sexual, estado de salud o cualquier otra condición que pueda generar exclusión.
Además, la educación transformadora conecta de manera coherente lo que ocurre en la escuela con el tipo de sociedad que queremos construir fuera de ella. El estudiante no solo estudia teoría: se implica en situaciones reales, analiza problemas complejos, trabaja en equipo, explora conflictos éticos y propone alternativas para mejorar su entorno inmediato.
En este enfoque, aprender a leer, escribir y dominar las matemáticas sigue siendo fundamental, pero se complementa con otras dimensiones igual de importantes: empatía, colaboración, pensamiento crítico, creatividad, cuidado de la salud física y mental, gestión de las emociones, construcción del carácter, sentido del propósito vital y relaciones interpersonales sanas.
La educación transformadora entiende que el aprendizaje no es neutro. Siempre tiene impacto en cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo nos relacionamos con los demás y cómo entendemos el mundo. Por eso propone un proceso educativo que ayude a las personas a revisar sus creencias, valores y hábitos, y a alinearlos con principios de justicia social, respeto a los derechos humanos y sostenibilidad ecológica.
Rol del profesorado y cambio en las metodologías
Para que la educación sea transformadora, el papel del profesorado se vuelve clave. Deja de ser únicamente un transmisor de contenidos para convertirse en facilitador, guía y acompañante del proceso de aprendizaje. Esto exige revisar prácticas arraigadas y atreverse a experimentar con metodologías más participativas.
Los enfoques tradicionales, basados en la memorización y en la absorción pasiva de información, están siendo cuestionados desde hace años. La evidencia pedagógica actual demuestra que el alumnado aprende mejor cuando puede investigar, debatir, equivocarse, crear y aplicar lo aprendido a problemas concretos. De ahí que tomen fuerza propuestas como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje-servicio, los debates estructurados o las simulaciones.
La educación transformadora propone que los planes de estudio, la didáctica, los materiales y el contexto de aprendizaje se diseñen teniendo en cuenta el entorno natural, político, económico y cultural en el que vive el alumnado. No tiene sentido hablar de sostenibilidad sin analizar la realidad ambiental del barrio, o de ciudadanía mundial sin explorar los conflictos y desafíos democráticos que se viven en el país.
Al mismo tiempo, este enfoque exige un compromiso claro con la prevención de violencias y discriminaciones en los centros educativos. Docentes y equipos directivos deben actuar frente al acoso escolar, las agresiones por motivos de género o identidad, y cualquier práctica que vulnere la dignidad de estudiantes o de otros profesionales de la educación. Sin un clima seguro, no hay transformación posible.
Para el profesorado, este cambio no es menor: implica formación continua, espacios para la reflexión colectiva, apoyo institucional y tiempo para innovar, evaluar y reajustar las propuestas pedagógicas. La educación transformadora no se construye en soledad, sino mediante comunidades profesionales que comparten experiencias y se sostienen mutuamente.
Dimensiones clave de la educación transformadora
La educación transformadora se nutre de distintas tradiciones pedagógicas y campos de investigación, y abarca múltiples dimensiones socioeducativas. No se limita a una sola asignatura ni a un proyecto puntual, sino que atraviesa el conjunto de la experiencia escolar y comunitaria, incorporando bienestar, salud, carácter y ciudadanía.
En primer lugar, presta atención a la felicidad y el bienestar integral del alumnado. Esto supone considerar tanto la salud física como la mental, promover hábitos de vida saludables, generar espacios de escucha y acompañamiento emocional, y reducir los factores de estrés y ansiedad asociados a la presión académica o a dinámicas de exclusión.
Otra dimensión central es el sentido y el propósito vital. La educación transformadora no se conforma con que el estudiante apruebe exámenes; busca ayudarle a preguntarse quién quiere ser, qué tipo de aporte desea hacer a la sociedad y cómo puede alinear sus talentos con necesidades reales de su comunidad. Esta reflexión ética y existencial es clave para un aprendizaje con impacto.
También ocupa un lugar relevante la construcción del carácter y las virtudes: responsabilidad, honestidad, resiliencia, solidaridad, respeto, valentía para defender los derechos propios y ajenos, y capacidad de diálogo incluso en contextos de desacuerdo. Estas cualidades se desarrollan a través de experiencias concretas, no solo mediante discursos.
Finalmente, la educación transformadora cuida de manera especial las relaciones interpersonales. Entiende que el aula es un espacio donde se aprenden maneras de convivir, resolver conflictos, expresar el desacuerdo sin violencia y construir acuerdos colectivos. Las competencias socioemocionales y comunicativas son tan necesarias como las competencias académicas.
Educación, desigualdad y discursos de odio
En las últimas décadas, distintos contextos han visto cómo movimientos de extrema derecha y discursos de odio ganan visibilidad y presencia en la esfera pública. Estas narrativas atacan a mujeres, personas migrantes, colectivos LGTBIQ+ y otros grupos vulnerables, alimentando la polarización y la violencia simbólica y física.
Frente a esta realidad, la educación transformadora se sitúa de forma clara del lado de los derechos humanos, la igualdad y la inclusión. Diversas experiencias de animación sociocultural y trabajo comunitario reivindican la necesidad de una intervención educativa “posicionada”, es decir, que no se declare neutral ante la injusticia y la opresión, sino que actúe de forma consciente para desmontar prejuicios y estereotipos.
Libros y proyectos colectivos sobre animación sociocultural comprometida señalan la importancia de que las y los profesionales del ámbito socioeducativo se formen para detectar y confrontar los discursos de odio, creando espacios de diálogo crítico, apoyo mutuo y organización ciudadana. La educación transformadora, en este sentido, no es solo escolar: también se despliega en bibliotecas, centros comunitarios, asociaciones juveniles y movimientos sociales.
Un ejemplo significativo lo encontramos en las iniciativas que visibilizan las realidades de personas trans y otros colectivos discriminados, como exposiciones o actividades organizadas por observatorios contra la LGTBIfobia. Estas propuestas utilizan el arte, la cultura y la educación no formal para dar voz a experiencias silenciadas y generar empatía en la población general.
Así, la educación transformadora se entiende como un proceso amplio, que incluye la escuela pero también todo un conjunto de prácticas educativas orientadas a combatir la desigualdad, la opresión y la exclusión social, y a fortalecer el tejido comunitario frente a tendencias autoritarias y excluyentes.
La aportación de la UNESCO y el nuevo contrato social para la educación
A lo largo de sus 75 años de historia, la UNESCO ha defendido la educación como motor de un mundo más justo, inclusivo, sostenible y saludable. Sin embargo, la propia organización reconoce que lo aprendido hasta ahora no ha sido suficiente para prepararnos ante los desafíos actuales.
A partir de este diagnóstico, la Comisión Internacional sobre los Futuros de la Educación, impulsada por la UNESCO, ha propuesto la creación de un nuevo contrato social para la educación. Este contrato debe implicar a gobiernos, comunidades educativas y ciudadanía en un esfuerzo colectivo para repensar qué, cómo, dónde y para quién educamos.
La idea central es que la educación proporcione los conocimientos, competencias e innovaciones necesarios para construir futuros sostenibles y pacíficos, basados en la justicia social, económica y medioambiental. En esta visión, el papel del profesorado es fundamental, y se subraya la necesidad de reconocerlo, apoyarlo y situarlo en el centro de las transformaciones educativas.
La UNESCO impulsa programas de educación para el desarrollo sostenible (EDS), educación para la ciudadanía mundial (ECM) y educación para la salud y el bienestar, que son pilares de la educación transformadora. Estos programas buscan que los sistemas educativos, de todos los países y para todas las edades, ayuden al alumnado a cuidar de sí, de las demás personas y del planeta.
El objetivo es que, en conjunto, estas iniciativas contribuyan a reconfigurar los sistemas educativos para que sean más equitativos, pertinentes y efectivos a la hora de formar ciudadanos y ciudadanas capaces de afrontar los retos globales y locales con criterio y solidaridad.
El Quinto Foro de la UNESCO sobre Educación Transformadora
En este contexto de cambio, la UNESCO organiza foros internacionales para compartir avances, retos y buenas prácticas. Uno de los hitos recientes ha sido el Quinto Foro sobre la educación transformadora para el desarrollo sostenible, la ciudadanía mundial, la salud y el bienestar, celebrado de forma virtual en Seúl (República de Corea) entre el 29 de noviembre y el 1 de diciembre de 2021.
Este encuentro reunió a personas expertas, responsables políticos y profesionales de la educación de todo el mundo para debatir sobre cómo hacer realidad la meta 4.7 del ODS 4. Se abordaron temas como la monitorización del avance, la normalización de estándares y la implementación de prácticas pedagógicas que conviertan la educación en un auténtico motor de transformación social.
El foro fue accesible a través del canal de YouTube de la UNESCO, donde se transmitieron en directo tanto la inauguración como la clausura y las sesiones plenarias. Además, se habilitó un sistema de inscripción previa para quienes quisieran recibir información detallada y participar activamente en las distintas sesiones.
Durante el evento, se animó a la ciudadanía global a unirse a la conversación en redes sociales utilizando la etiqueta #TransformativeEducation. De este modo, el debate no se limitó a los muros institucionales, sino que se extendió a comunidades educativas, organizaciones sociales y personas interesadas en cambiar la forma de educar.
Este tipo de foros no solo sirven para compartir experiencias, sino también para generar alianzas y compromisos concretos entre gobiernos, universidades, centros educativos y organizaciones de la sociedad civil, reforzando así la dimensión global de la educación transformadora.
Investigación académica y experiencias en distintos contextos
El interés por la educación transformadora no se queda en el plano teórico o institucional. En los últimos años, se ha desarrollado un volumen considerable de investigaciones que analizan sus fundamentos filosóficos, sus implicaciones prácticas y sus resultados en diversos contextos educativos.
Existen obras colectivas en las que especialistas de varias universidades plantean marcos teóricos y propuestas concretas para aprovechar el potencial transformador de la educación en distintas etapas y entornos: desde la educación infantil hasta la universidad, pasando por la formación profesional y la educación no formal.
En estos trabajos se insiste en que la educación transformadora debe abordar de manera integrada cuestiones como la felicidad, la salud física y mental, el carácter, las virtudes y las relaciones interpersonales. No se trata de sumar temas de moda, sino de articular una visión coherente que conecte el desarrollo personal con la responsabilidad social.
También encontramos estudios que analizan cómo determinadas disciplinas, como las matemáticas, pueden enseñarse desde un enfoque más vinculado a la realidad profesional y social. Por ejemplo, en el ámbito universitario, se han desarrollado propuestas para la enseñanza de la matemática con enfoque profesional en carreras como Administración de Empresas, donde se busca que el alumnado adquiera no solo competencias técnicas, sino también capacidades analíticas y críticas para la toma de decisiones.
Aunque muchas de estas investigaciones se sitúan en contextos concretos -como el caso de estudios centrados en la realidad ecuatoriana-, sus conclusiones y propuestas resultan extrapolables a otros países. La idea de fondo es que la educación debe ser sensible al contexto, pero al mismo tiempo conectarse con desafíos globales compartidos.
Animación sociocultural y ciudadanía activa
Junto a la escuela y la universidad, la animación sociocultural es otro ámbito clave para el desarrollo de una educación transformadora. Desde este enfoque, se conciben proyectos y actividades que promueven la participación, la creatividad y la organización colectiva en barrios, asociaciones, centros comunitarios y espacios juveniles.
Diversas obras recientes defienden la necesidad de una animación sociocultural “posicionada”, es decir, que tome partido ante las desigualdades, la opresión y los discursos de odio. Esta perspectiva entiende que la neutralidad, en contextos de injusticia, suele favorecer el statu quo y perpetuar la exclusión.
Los y las profesionales de la animación sociocultural trabajan para crear entornos de aprendizaje no formal donde las personas puedan reconocerse como sujetos de derechos, compartir experiencias, reforzar su autoestima y desarrollar proyectos colectivos orientados a cambiar su realidad. Talleres, exposiciones, encuentros artísticos y actividades comunitarias son algunas de las herramientas habituales.
Un ejemplo lo constituyen las iniciativas que, coincidiendo con fechas simbólicas -como el Día Internacional de la Visibilidad Trans-, organizan exposiciones y actividades de sensibilización para visibilizar historias de vida, denunciar violencias y reivindicar la diversidad como un valor social. Estas experiencias contribuyen a desmontar prejuicios y a construir una cultura de respeto.
De este modo, la educación transformadora se expande más allá de las aulas, articulándose con movimientos antifascistas, colectivos feministas, plataformas de defensa de los derechos LGTBIQ+ y organizaciones vecinales, que comparten el objetivo de fortalecer una ciudadanía crítica y comprometida con la justicia social.
Ejemplos de transformación educativa en la práctica
La educación transformadora no es un ideal abstracto; ya existen multitud de iniciativas que muestran su impacto en la vida de las personas. Distintos proyectos destacados por la UNESCO relatan historias de estudiantes y comunidades que han cambiado gracias a propuestas educativas bien diseñadas.
En algunos de estos relatos se presentan experiencias de niños, niñas y jóvenes que, a través de programas de educación para el desarrollo sostenible o ciudadanía mundial, han conseguido mejorar sus condiciones de vida, reforzar su resiliencia ante situaciones de vulnerabilidad y participar activamente en la mejora de sus comunidades.
Se reconocen también proyectos de países como Ghana, Palestina o Perú, premiados por la UNESCO y Japón por su contribución a la educación para el desarrollo sostenible. Estos programas integran la sostenibilidad ambiental, la equidad social y la participación comunitaria, demostrando que la escuela puede ser un agente de cambio real cuando se conecta con las necesidades de su entorno.
Además, plataformas como UNESCO Green Citizens recopilan iniciativas pedagógicas innovadoras de todo el mundo, que sirven como inspiración para docentes y centros educativos. Son experiencias que muestran cómo el alumnado puede implicarse en proyectos medioambientales, acciones solidarias o iniciativas de mejora urbana, aprendiendo mientras transforma su realidad.
Este tipo de ejemplos concretos ayuda a romper la idea de que la educación transformadora es algo inalcanzable o reservado a contextos privilegiados. Al contrario, demuestra que, con creatividad, apoyo institucional y participación comunitaria, es posible implementar cambios significativos incluso en entornos con recursos limitados.
En definitiva, la educación transformadora propone repensar a fondo qué significa educar en el mundo actual: formar personas capaces de cuidarse, cuidar a los demás y cuidar del planeta, dotarlas de herramientas para comprender problemas complejos y de la motivación necesaria para implicarse en su solución. No es un añadido opcional al currículo, sino una manera distinta de concebir la escuela, la universidad y todas las formas de educación a lo largo de la vida, en alianza con instituciones, comunidades y movimientos sociales que comparten la aspiración de construir sociedades más justas, pacíficas e inclusivas.






