- Una proporción significativa de menores en España presenta problemas emocionales o se encuentra en riesgo, con especial presencia de ansiedad, depresión y malestar relacionado con la imagen corporal.
- El uso intensivo y emocional de redes sociales y videojuegos actúa como factor de riesgo, mientras que el acoso escolar, las autolesiones y la conducta suicida requieren una detección temprana prioritaria.
- La escuela, la comunidad y el sistema sanitario son ámbitos clave para la prevención, la detección precoz y la intervención coordinada en salud mental infanto-juvenil.
- Reducir el estigma, supervisar el entorno digital, fortalecer la comunicación familiar y promover el ocio saludable son pilares básicos para proteger la salud mental de niños, niñas y adolescentes.
En los últimos años, la conversación sobre la salud mental de niños, niñas y adolescentes en España ha pasado de ser un tema casi tabú a situarse en el centro del debate social. Familias, profesorado y profesionales sanitarios llevan tiempo advirtiendo de que los problemas emocionales aparecen cada vez a edades más tempranas y con formas muy variadas: ansiedad, tristeza intensa, dificultades con la alimentación, autolesiones o un uso desbordado de las pantallas.
El Estudio Longitudinal EMOChild, impulsado por el Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-Juvenil, se ha convertido en una fotografía muy completa de cómo se sienten nuestros menores. A partir de los datos recogidos entre 2024 y 2025 en todo el país, se dibuja un panorama complejo: una parte importante de la población infanto-juvenil convive con un malestar psicológico significativo, mientras que otra se encuentra en una especie de “zona de aviso” que, sin una intervención adecuada, puede derivar en trastornos más graves.
Qué es el estudio EMOChild y por qué es tan relevante
El proyecto EMOChild nace como un estudio longitudinal financiado por la Generalitat Valenciana (convocatoria PROMETEO, CIPROM/2021/031) con un objetivo muy claro: seguir durante varios años a una amplia muestra de población infanto-juvenil para entender cómo evolucionan sus dificultades emocionales y qué factores las empeoran o las protegen. No se trata de una foto fija, sino de una especie de “película” que permite observar cambios a lo largo del tiempo.
Para ello se ha contado con la participación de 10 831 escolares de entre 8 y 18 años, procedentes de centros educativos de toda España. Estos chicos y chicas respondieron a cuestionarios específicos sobre su bienestar emocional, sus miedos, su estado de ánimo, sus relaciones sociales, su uso de tecnología y otros aspectos de su vida cotidiana que afectan de lleno a su salud mental.
Además de los datos cuantitativos, el proyecto se ha apoyado en grupos de conversación con menores, familias y profesionales (docentes, orientadores, personal sanitario, trabajadores sociales, etc.). Esta parte cualitativa permite ir más allá de los números y comprender el contexto: qué hay detrás de determinadas cifras, cómo viven los propios menores su malestar y qué obstáculos encuentran a la hora de pedir ayuda.
Todo este trabajo se integra en el Observatorio Español de la Salud Mental de la Infancia y la Adolescencia, que cuenta con un Comité de Expertos encargado de traducir los hallazgos en recomendaciones prácticas dirigidas a familias, centros educativos, comunidad y sistema sanitario. Su misión es clara: que los datos sirvan para cambiar cosas en la realidad diaria de niños, niñas y adolescentes.
Este enfoque encaja de lleno con la Estrategia en Salud Mental del Ministerio de Sanidad 2021-2026, que dedica una línea específica a la infancia y la adolescencia. Dicha estrategia recuerda que lo que ocurre en los primeros años de vida tiene un impacto muy profundo en la salud y la calidad de vida en la edad adulta, de modo que invertir en prevención temprana no es un lujo, sino una necesidad.
Cifras clave: cuánto malestar hay en la infancia y adolescencia
Una de las preguntas centrales del estudio EMOChild es cuántos menores presentan actualmente síntomas de problemas emocionales. Los datos más recientes, recogidos en el otoño de 2025, sugieren que el panorama es preocupante, aunque con ciertos matices esperanzadores.
Alrededor de un 12 % de la población infantil y juvenil evaluada muestra síntomas de gravedad clínica al menos en un tipo de problema emocional. Esto quiere decir que, en este grupo, el malestar no es algo pasajero o leve, sino suficientemente intenso como para requerir atención profesional especializada.
Además, en torno a un 34 % de los menores se sitúa en niveles de “precaución”. No cumplen criterios clínicos completos, pero sí presentan dificultades emocionales que, si no se detectan y se abordan con tiempo, pueden ir a peor. Es lo que podríamos llamar población en riesgo: niños, niñas y adolescentes que todavía están a tiempo de frenar una evolución negativa si encuentran apoyo adecuado.
Dentro de este panorama, los problemas más habituales son la depresión y la ansiedad social, aunque cuando se habla de riesgo potencial la ansiedad generalizada se lleva el protagonismo, siendo el trastorno con mayor prevalencia en términos de probabilidad de desarrollarse. En conjunto, los datos apuntan a que aproximadamente uno de cada ocho menores en España convive ya con un problema emocional claro, y que uno de cada tres se encuentra en esa franja de vulnerabilidad que no conviene ignorar.
Conviene recordar que estas cifras no son meros porcentajes abstractos: detrás de cada número hay un menor que puede tener dificultades para concentrarse en clase, para relacionarse con sus iguales, para dormir bien o para disfrutar de actividades que antes le gustaban. El impacto en el día a día es enorme, tanto para ellos como para sus familias y su entorno educativo.
¿Está empeorando la salud mental de los menores?
Con todo el debate social en torno al impacto de la pandemia, las redes sociales o la presión académica, es lógico preguntarse si la salud mental infantil y adolescente está yendo a peor o si, por el contrario, hay signos de mejoría. El diseño longitudinal de EMOChild permite precisamente comparar datos entre distintos años para responder a esta cuestión.
La comparación entre los resultados de 2024 y 2025 muestra una ligera reducción tanto en los casos clínicos como en la proporción de menores en riesgo. Esto significa que una parte de los chicos y chicas que en un primer momento se encontraban en una situación de mayor gravedad o vulnerabilidad, ha experimentado una mejoría con el paso del tiempo.
Ahora bien, que exista una tendencia positiva no implica que el problema esté resuelto. Los porcentajes siguen siendo altos, hasta el punto de que el propio equipo investigador insiste en la necesidad de mantener estrategias preventivas a largo plazo. Una pequeña bajada en las cifras no puede justificar una relajación en las políticas de apoyo ni en los recursos destinados a salud mental.
En otras palabras, podríamos decir que hay motivos para un optimismo muy prudente. Se observa que algunos menores mejoran, quizá por el acompañamiento familiar, la intervención de profesionales, cambios en el entorno escolar o maduración personal. Sin embargo, el volumen global de malestar continúa siendo lo suficientemente serio como para exigir respuestas sostenidas en el tiempo y coordinadas entre distintos sectores.
Además, los problemas emocionales no se distribuyen por igual: hay grupos de población especialmente vulnerables, como menores que sufren acoso, quienes viven situaciones de conflicto familiar intenso, quienes pasan muchas horas solos o quienes arrastran experiencias traumáticas previas. Para estos chicos y chicas, cualquier pequeño empeoramiento del contexto (crisis económicas, aislamiento, violencia, etc.) puede tener consecuencias desproporcionadas.
Tecnología, redes sociales y videojuegos: un arma de doble filo
Uno de los elementos más llamativos del estudio EMOChild es el papel central que tienen la vida digital, las redes sociales y los videojuegos en el día a día de la población infanto-juvenil. No estamos hablando de un uso ocasional, sino de una presencia constante que condiciona sus relaciones, su ocio y, en muchos casos, la manera en que se ven a sí mismos.
Entre los niños y niñas y los adolescentes entrevistados, es muy habitual el uso casi diario de videojuegos. Cerca del 39 % de los menores de menor edad y el 34 % de los adolescentes juegan prácticamente todos los días, y alrededor de un 10 % dedica a esta actividad más de tres horas diarias. Estas sesiones prolongadas pueden competir con el sueño, el estudio, el deporte o la interacción cara a cara con amigos y familia.
Respecto a las redes sociales, la inmensa mayoría de adolescentes y un porcentaje muy elevado de niños y niñas ya las utilizan de forma habitual. Alrededor del 85 % de los menores de edades más tempranas y prácticamente todos los adolescentes están presentes en plataformas como YouTube, WhatsApp, TikTok o Instagram. Entre ellos, un grupo nada despreciable (en torno al 31 % de los adolescentes y el 9 % de los niños y niñas) pasa más de tres horas diarias conectado.
No se trata solo del tiempo empleado, sino de la carga emocional asociada al uso de las pantallas. EMOChild pone de relieve que muchos menores experimentan ansiedad cuando no pueden conectarse, sienten que su vida es más aburrida que la de los demás o perciben que todo el mundo se lo pasa mejor que ellos a través de lo que ven en los contenidos que consumen. Esta comparación constante va erosionando la autoestima y puede intensificar la sensación de soledad o de insuficiencia.
El estudio señala que el uso intensivo y, sobre todo, el uso con fuerte implicación emocional de las redes sociales constituye un factor de riesgo importante para la salud mental. No significa que toda tecnología sea negativa, pero sí que es crucial acompañar a los menores en su vida digital, ayudarles a poner límites, fomentar actividades fuera de pantalla y enseñarles a interpretar críticamente lo que ven en internet.
En este contexto, los controles parentales son percibidos como necesarios, pero muchos adolescentes los consideran insuficientes o fáciles de saltar si no van acompañados de una buena comunicación familiar y de normas claras. Al mismo tiempo, el propio estudio advierte que otras figuras clave, como el profesorado, los medios de comunicación o los desarrolladores de aplicaciones dirigidas a menores, necesitan una formación específica en prevención y promoción de la salud mental.
Trastornos de la conducta alimentaria: cuando la imagen lo condiciona todo
Otro de los temas que el estudio explora con detenimiento es el de los problemas relacionados con la alimentación. En la adolescencia, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) representan una de las formas más serias de malestar emocional, con consecuencias que pueden afectar tanto al cuerpo como a la mente.
Los datos de EMOChild indican que alrededor de un 5 % de los y las adolescentes presentan síntomas clínicos de un problema de la conducta alimentaria. Es decir, se observan señales claras de que ya podría estar en marcha un trastorno de este tipo. Además, en torno a un 13 % se encuentra en una franja de riesgo, con conductas, pensamientos o preocupaciones que, sin una intervención adecuada, pueden evolucionar hacia un trastorno plenamente establecido.
La investigación apunta a un vínculo estrecho entre estos problemas y el uso de redes sociales centradas en la imagen, como TikTok o Instagram. La exposición continua a cuerpos idealizados, la presión de los “me gusta” y la práctica de compararse una y otra vez con otras personas genera un caldo de cultivo perfecto para la insatisfacción corporal y la obsesión con el peso o la apariencia física.
Estas plataformas no solo muestran imágenes retocadas o filtradas, sino que también funcionan como un termómetro de validación social: cuantos más comentarios positivos y más interacciones, mayor sensación de valía percibida. En adolescentes que ya se sienten inseguros, esto puede desembocar en dietas extremas, atracones, conductas compensatorias o una relación muy dañina con la comida.
Por eso, el estudio insiste en que la prevención de los trastornos de la conducta alimentaria debe ir de la mano de una educación crítica sobre las redes sociales, el fomento de una imagen corporal positiva y el entrenamiento en habilidades emocionales para gestionar la comparación social. Centros escolares, familias y profesionales sanitarios tienen un papel central a la hora de detectar señales tempranas (cambios bruscos en el peso, obsesión con calorías, rechazo a comer en público, etc.) y derivar a recursos especializados.
Conducta suicida y autolesiones: una alarma que no se puede ignorar
Entre los hallazgos más delicados de EMOChild se encuentran los relacionados con la conducta suicida y las autolesiones en la adolescencia. Estos comportamientos son la punta del iceberg de un sufrimiento intenso que muchas veces pasa desapercibido hasta que estalla.
Los datos recogidos señalan que aproximadamente un 9 % de los adolescentes ha llegado a pensar en algún momento que la vida no merece la pena. Un 5 % ha llegado a plantearse de manera seria la posibilidad de quitarse la vida, y cerca de un 3 % ha realizado al menos un intento. Aunque estas cifras muestran una ligera disminución respecto a 2024, siguen siendo extremadamente preocupantes.
En cuanto a las autolesiones no suicidas (por ejemplo, cortes o golpes infligidos a propósito sin intención de morir), alrededor del 5 % de los adolescentes admite haberse autolesionado en alguna ocasión. Un aspecto especialmente alarmante es que la edad de inicio de estas conductas se ha adelantado alrededor de un año y medio, situándose ahora antes de los 12 años, lo que implica que niños y niñas cada vez más pequeños recurren a estas formas de hacer frente al malestar.
Estas conductas suelen estar asociadas a una combinación de factores: problemas emocionales de base (como depresión o ansiedad intensa), experiencias de violencia o acoso, dificultades familiares, sensación de soledad o de no ser comprendidos, y en muchos casos, la exposición a contenidos sobre autolesiones y suicidio en redes sociales y plataformas de vídeo.
Los expertos señalan la necesidad de mejorar la capacidad de detección temprana tanto en el ámbito escolar como en el sanitario y comunitario. Resulta clave poder identificar frases, cambios de comportamiento o señales de alerta que indiquen un riesgo inminente y actuar con rapidez, favoreciendo que los adolescentes puedan hablar abiertamente de sus pensamientos sin miedo a ser juzgados ni minimizados.
La mirada de niños, niñas, adolescentes, familias y profesionales
La parte cualitativa de EMOChild, basada en cerca de 60 grupos de conversación con más de 500 participantes (menores, familias y profesionales), aporta matices muy valiosos que ayudan a entender qué hay detrás de las cifras. No solo se recogen datos, sino también voces, experiencias y percepciones.
Una idea que se repite constantemente es que la tecnología ocupa un lugar absolutamente central en la vida cotidiana de los menores. Ellos mismos expresan preocupación por el tiempo que pasan conectados, por la comparación constante con los demás y por la sensación de aislamiento que pueden generar las pantallas, incluso cuando aparentemente están “acompañados” en redes o chats.
El acoso escolar sigue considerándose un problema muy presente y mal resuelto. Muchos menores dicen tener miedo a denunciarlo por temor a represalias o a que la situación empeore, mientras que varios adolescentes consideran que las estrategias que se aplican en los centros son todavía poco eficaces o tardías. El ciberacoso, además, diluye la frontera entre el aula y el hogar, ya que las agresiones pueden continuar por redes fuera del horario escolar.
Las amistades aparecen como un pilar emocional clave, pero también como un espacio frágil. Niños, niñas y adolescentes valoran profundamente el respeto, la confianza y el apoyo mutuo, pero al mismo tiempo relatan dinámicas de exclusión, grupos cerrados y malentendidos que se ven multiplicados por la presencia de la tecnología (mensajes compartidos, capturas de pantalla, grupos de chat donde se deja fuera a determinadas personas, etc.).
Las familias, por su parte, describen un notable desgaste emocional y falta de tiempo. Muchas sienten que las exigencias laborales, las prisas diarias y la ausencia de apoyos dificultan la convivencia tranquila, la escucha y la atención a las necesidades emocionales de sus hijos e hijas. También aparece un claro choque generacional: los modelos de crianza autoritarios parecen funcionar cada vez menos, mientras que los menores piden ser escuchados y tenidos en cuenta en las decisiones que les afectan.
Ámbitos clave para la prevención: escuela, comunidad y sistema sanitario
La Estrategia en Salud Mental del Ministerio de Sanidad y las recomendaciones del Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-Juvenil coinciden en que la prevención temprana debe abordarse desde varios frentes que se interrelacionan. No basta con actuar solo desde la clínica; es necesario movilizar el entorno educativo, comunitario y sanitario.
En el ámbito educativo, la escuela se considera un escenario privilegiado para promover el bienestar emocional. No solo porque los menores pasan allí buena parte de su tiempo, sino porque el profesorado y los equipos de orientación mantienen un contacto diario que les permite detectar cambios de comportamiento, señales de aislamiento, bajadas bruscas en el rendimiento o conductas disruptivas.
El centro escolar debe posicionarse como un espacio donde se fomente la autoestima, el sentimiento de pertenencia, la resiliencia y valores como el respeto, la responsabilidad, la amabilidad y la cooperación. La idea es que niños, niñas y adolescentes aprendan desde pequeños a pedir ayuda, a reconocer sus emociones y a saber a quién acudir cuando algo no va bien. Aquí resultan fundamentales figuras como los equipos de orientación educativa, que ofrecen formación psicoeducativa al alumnado y acompañan también a las familias.
Otra figura clave es la enfermería escolar, con una potente capacidad para detectar de forma temprana signos de malestar, promover hábitos de vida saludables y ofrecer información comprensible a menores y familias sobre cómo reconocer posibles problemas de salud mental. Su papel como enlace entre el ámbito educativo y el sanitario puede marcar una gran diferencia.
En el terreno comunitario y social, trabajadores sociales y otros profesionales vinculados a la atención a familias tienen la posibilidad de identificar situaciones de riesgo, asesorar tanto individual como grupalmente, intervenir en momentos de crisis y capacitar a madres y padres, poniendo a su disposición una variedad de recursos de apoyo. Su trabajo se vuelve esencial cuando hay dificultades económicas, violencia en el hogar, desarraigo o soledad social.
El sistema sanitario, especialmente a través de la atención primaria, juega un papel decisivo en la prevención y el abordaje inicial de los problemas de salud mental infanto-juvenil. Desde la planificación familiar, el seguimiento del embarazo y el posparto, hasta las revisiones pediátricas y el control del desarrollo, los equipos de salud tienen numerosas oportunidades de detectar señales de alarma y derivar a los servicios especializados cuando es necesario.
Además de estos tres grandes ámbitos, el estudio y la literatura científica destacan la importancia de formar en prevención y detección a profesionales del ámbito judicial, mediático y tecnológico. Jueces, fiscales, periodistas y desarrolladores de aplicaciones dirigidas a menores necesitan herramientas para evitar mensajes estigmatizantes, divulgar información rigurosa y crear entornos digitales que no refuercen conductas dañinas.
Recomendaciones para familias, jóvenes y comunidad
A partir del análisis de los datos y de las voces recogidas, el Comité de Expertos del Observatorio ha elaborado una serie de recomendaciones prácticas orientadas tanto a familias como a los propios jóvenes y al conjunto de la comunidad. Aunque cada realidad familiar es distinta, estas pautas ofrecen un marco de actuación útil.
En primer lugar, se insiste en la necesidad de reducir el estigma asociado a los problemas de salud mental. Todavía existe mucho silencio, vergüenza e incluso miedo a hablar de ansiedad, depresión o autolesiones. Este tabú impide que muchas familias acudan a tiempo a profesionales, perdiendo así la oportunidad de una detección precoz. Cuanto antes se identifique el problema y antes se inicie el tratamiento, mayores son las probabilidades de mejoría y de poder llevar una vida autónoma y plena.
También se anima a realizar una supervisión activa del entorno digital: redes sociales, pantallas, videojuegos y cualquier otra forma de ocio online. No se trata de vigilar de forma invasiva, sino de conocer qué hacen los menores en internet, con quién se relacionan, qué contenidos consumen y cuánto tiempo pasan conectados. Establecer límites claros y acordados puede evitar muchos conflictos y reducir el riesgo de exposición a contenidos dañinos.
Otra recomendación clave es cuidar de manera consciente la comunicación dentro de la familia. Reservar momentos sin pantallas para estar juntos, conversar sin prisas y compartir actividades de ocio saludable ayuda a reforzar los vínculos y crea un clima de confianza en el que los menores se sienten más seguros para hablar de lo que les preocupa.
Al mismo tiempo, se subraya la importancia de fomentar la vida social presencial, el ocio saludable y la participación comunitaria (deporte, asociaciones, actividades culturales, voluntariado, etc.). Estas experiencias fortalecen la red de apoyo de niños, niñas y adolescentes, amplían sus fuentes de satisfacción y dan sentido de pertenencia más allá del entorno virtual.
Finalmente, se recomienda prestar atención a las señales tempranas de malestar (cambios bruscos en el sueño, irritabilidad, retraimiento, bajada repentina del rendimiento escolar, cambios en la alimentación, etc.) y acompañar emocionalmente sin caer ni en la minimización ni en el alarmismo. Validar lo que sienten, mostrar disponibilidad y, cuando sea necesario, pedir ayuda profesional son pasos fundamentales para proteger su salud mental.
A la luz de todo lo anterior, la salud mental de la población infanto-juvenil en España se entiende mejor como un fenómeno complejo, en el que intervienen la historia personal de cada menor, su familia, la escuela, la comunidad y el entorno digital. EMOChild y la Estrategia en Salud Mental aportan una base sólida de datos y orientaciones, pero su impacto real dependerá de la capacidad colectiva para escuchar a niños y adolescentes, derribar el estigma, reforzar los recursos preventivos y asegurar que pedir ayuda sea siempre una puerta abierta y no un motivo de miedo o vergüenza.

