- La inclusión y la exclusión en ciencia forman un continuo dinámico que refleja relaciones de poder y jerarquías sociales.
- La educación y la comunicación científica inclusivas exigen accesibilidad universal, diversidad de formatos y participación real de todos los públicos.
- La falta de diversidad en la comunidad científica limita preguntas, métodos y resultados, reforzando desigualdades sociales y sanitarias.
- Proyectos como C4S, UCODivulga, “Ciencia inclusiva” o las iniciativas del CSIC demuestran que es posible democratizar el conocimiento científico.
El vínculo entre conocimiento científico e inclusión social es mucho más complejo de lo que a simple vista parece. La ciencia no solo genera datos y teorías; también participa en la construcción de jerarquías, en la definición de quién es considerado “normal” o “anómalo” y en quién accede a los beneficios del progreso científico y tecnológico. Entender estas dinámicas es clave para que la ciencia deje de ser un privilegio de unos pocos y se convierta en un bien común real.
A lo largo de las últimas décadas se han multiplicado los proyectos, investigaciones y experiencias que buscan una educación científica inclusiva, accesible y socialmente responsable. Desde estudios históricos sobre biopoder y control social hasta guías prácticas de comunicación inclusiva, pasando por iniciativas en barrios vulnerables, escuelas rurales o centros de investigación punteros, se va dibujando un mapa rico y diverso de cómo la ciencia puede contribuir tanto a la exclusión como a la democratización del conocimiento.
De la inclusión y la exclusión como polos opuestos al continuo Möbius
Buena parte de la investigación reciente sobre inclusión y exclusión social parte de una idea incómoda pero muy útil: no son fenómenos contrarios que se den por separado, sino procesos que pueden coexistir, entrelazarse y hasta apoyarse mutuamente. Desde una perspectiva multidimensional, la inclusión y la exclusión forman un continuo en el que las fronteras entre “dentro” y “fuera” se vuelven borrosas, casi como en una cinta de Möbius o en una botella de Klein.
Cuando se asume que toda inclusión es buena y toda exclusión es mala, se pierde de vista que hay dinámicas simultáneas que integran a unas personas en ciertos espacios mientras las expulsan de otros. Un mismo individuo puede estar incluido en el sistema educativo formal y, al mismo tiempo, marginado del mercado laboral, o formar parte de la comunidad científica en un rol subordinado mientras se le niega acceso a posiciones de liderazgo.
Desde este enfoque se habla incluso de “exclusión incluyente” (including exclusion), es decir, procesos que parecen integradores en la superficie pero que siguen reforzando desigualdades y diferencias intergrupales. Por ejemplo, programas que incorporan a colectivos vulnerables como “beneficiarios” sin permitirles realmente definir las preguntas de investigación o las prioridades de la agenda científica.
Esta mirada crítica también cuestiona la clásica dicotomía normalidad/anormalidad. En lugar de dos estados separados, se entiende como un continuum en permanente negociación social. Lo que en un momento histórico se etiqueta como “desviación” puede convertirse después en un rasgo aceptado o incluso deseable, y viceversa. La ciencia, especialmente la biomédica, ha participado activamente en esa redefinición constante de lo que es “normal”.
En el campo científico-sanitario, una historiografía abundante ha destacado el papel del biopoder como herramienta sofisticada de control y represión social, especialmente en la sociedad burguesa contemporánea. El surgimiento de un concepto moderno de salud, aparentemente neutro y científico, permitió separar la enfermedad de sus causas sociales y ambientales, desactivando así su potencial político y su carga de protesta frente a las desigualdades estructurales.
Ciencia, medicina y orden social: inclusión-exclusión científicas
Este nuevo modo de entender la salud ofreció a la medicina la posibilidad de investirse como disciplina de reforma social. Al tiempo que se medicalizaban problemas sociales, se abría la puerta a que la ciencia y la tecnología funcionaran como instrumentos normativos para regular comportamientos, poblaciones y cuerpos. De esta manera, la desigualdad humana podía presentarse como científicamente legítima y, a la vez, compatible con ideales liberales de “igualdad” y “libertad”.
Los estudios históricos sobre España han mostrado cómo, a través del discurso médico y las prácticas sanitarias, se articularon nuevas dinámicas de inclusión y exclusión que sirvieron para consolidar el orden social. La medicina oficial definía quién era sano, productivo y “normal”, mientras mantenía bajo sospecha o estigmatización a quienes se apartaban de ese canon, muchas veces pertenecientes a grupos subalternos o en posiciones sociales precarias.
En este contexto, el conocimiento científico-médico no aparece como un bloque homogéneo e incuestionable, sino como un campo “plástico”, moldeable y atravesado por disputas. Diversos estudios de caso muestran cómo sectores libertarios, corrientes médicas heterodoxas o colectivos profesionales subordinados cuestionaron, reinterpretaron o se apropiaron de ese saber para defender sus propios intereses o proponer modelos alternativos de relación entre salud, ciencia y sociedad.
Por ejemplo, se han analizado dos experiencias ligadas a la medicina oficial y a los discursos y prácticas libertarias en el primer tercio del siglo XX en España, un caso de pensamiento científico-médico alternativo en la fabricación de medicamentos en el mismo periodo, y las tensiones profesionales entre los antiguos albéitares y los nuevos veterinarios a mediados del siglo XIX. En todos ellos se observa cómo se legitiman o cuestionan jerarquías sociales, cognitivas y profesionales a través de la inclusión o exclusión de ciertos saberes y de quienes los encarnan.
Estos trabajos subrayan que las dinámicas de inclusión-exclusión no pueden entenderse solo como un enfrentamiento entre ciencia hegemónica y grupos subordinados pasivos. También hay movimientos de oposición que desarrollan una “biopolítica otra”, generando lógicas alternativas de acceso al conocimiento y de organización de la vida social en torno a la salud y la enfermedad. De esta forma, la ciencia se convierte en un terreno privilegiado para analizar las relaciones de poder que atraviesan la sociedad.
Todo este marco teórico y empírico contribuye a identificar, dentro del pensamiento científico y sanitario, los elementos que estructuran las lógicas de dominación. Analizar quién se incluye o se excluye, en qué condiciones y con qué discursos, ayuda a entender cómo las dinámicas de inclusión y exclusión forman parte de la arquitectura profunda del poder y no son meros efectos colaterales.
Educación científica inclusiva: accesibilidad y democratización del conocimiento
Frente a ese potencial excluyente de la ciencia, en los últimos años han cobrado fuerza proyectos que buscan transformar las actividades educativas y de divulgación para que sean realmente inclusivas y accesibles. Un ejemplo paradigmático es el proyecto “Ciencia inclusiva”, impulsado con financiación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), que pretende ofrecer recursos y herramientas para atender la diversidad en programas de educación científica y divulgación.
La filosofía de esta iniciativa consiste en replantear las propuestas de educación científica para garantizar la participación efectiva y el aprovechamiento de todo el alumnado, incluyendo a quienes presentan dificultades visuales, auditivas, cognitivas o trastornos de aprendizaje. No se trata solo de adaptar puntualmente, sino de diseñar actividades desde el principio con enfoque de accesibilidad universal.
Para ello se han explorado fórmulas que permitan acercarse al conocimiento científico desde múltiples canales: información visual y escrita, materiales sensoriales, apoyos tecnológicos, espacios de reflexión pausada y ritmos de aprendizaje flexibles. La idea es que cada niña, niño o adolescente pueda encontrar una puerta de entrada adecuada a la cultura científica, en lugar de enfrentarse a un único formato rígido que excluye a quien no encaja en el patrón estándar.
El proyecto pone a disposición de la comunidad científica y educativa herramientas, ejemplos y materiales que contribuyan a democratizar el acceso al conocimiento científico. La clave está en asumir que la diversidad no es una excepción a la que “adaptarse de vez en cuando”, sino la norma de cualquier grupo humano real. Por eso, se insiste en elaborar propuestas en las que todo el alumnado se sienta integrado, con variedad de recursos adaptados a necesidades muy distintas.
En esta misma línea se han diseñado actividades específicas de educación científica con enfoque inclusivo, como las propuestas para alumnado con dificultades sensoriales o de aprendizaje, usando materiales multinivel y completamente accesibles. De este modo, la educación científica deja de dirigirse solo a quienes ya lo tienen más fácil y se convierte en un motor para reducir brechas educativas y sociales.
Diversidad en la comunidad científica: quién hace ciencia y para quién
La inclusión no se juega únicamente en las aulas o en los talleres de divulgación, sino también en la propia estructura de la comunidad científica. Una parte importante de las desigualdades en el acceso a los beneficios de la ciencia se origina en la falta de diversidad entre quienes investigan, toman decisiones y reparten recursos en universidades, centros de investigación y organismos financiadores.
Las características sociodemográficas del profesorado y del personal investigador de élite suelen estar muy alejadas del conjunto de la población. En algunos países se ha documentado que es mucho más probable que el profesorado universitario provenga de familias con alto capital científico y cultural, lo que refuerza la reproducción de privilegios. Si a esto se añaden los sesgos inconscientes en los procesos de selección, promoción y financiación, el círculo se cierra.
Estudios en contextos como el de Estados Unidos muestran que los comités de contratación y evaluación tienden a favorecer a candidatos que “se les parecen” en género, origen, trayectoria o pertenencia institucional. Análisis de plataformas profesionales han puesto de manifiesto que se busca con más frecuencia a hombres que a mujeres, y patrones similares se observan en la evaluación de currículos, proyectos o solicitudes de financiación.
La exclusión de las mujeres ha sido uno de los fenómenos más estudiados, pero no el único. Se han documentado discriminaciones basadas en etnia, orientación sexual, cultura, edad, discapacidad, nivel socioeconómico e incluso lengua. Las personas con escaso capital cultural o científico encuentran muchas más barreras para acceder a carreras científicas y mantenerse en ellas, especialmente en niveles altos de responsabilidad.
Estas desigualdades no solo son injustas a nivel individual, sino que empobrecen la ciencia misma. Una comunidad homogénea tiende a formular preguntas desde un horizonte limitado, a pasar por alto problemas que afectan a grupos poco representados y a diseñar metodologías poco sensibles a la diversidad de experiencias. En cambio, equipos diversos pueden aportar miradas “fuera de la caja”, conectar mejor con contextos sociales variados y generar soluciones más pertinentes.
La falta de diversidad, además, puede tener consecuencias graves en términos de salud pública y justicia social. Que la mayoría de los participantes en estudios genéticos o ensayos clínicos pertenezcan a un grupo racial concreto implica que los resultados se ajustan mal a otras poblaciones, lo que repercute en diagnósticos erróneos, tratamientos menos eficaces y costes económicos elevados. Se ha estimado, por ejemplo, que sesgos raciales y étnicos en la investigación clínica han supuesto sobrecostes de miles de millones en determinados periodos.
Minorías, colectivos LGBTIQ+ y otros grupos invisibilizados en ciencia
Entre las comunidades históricamente excluidas del campo científico se encuentra la población LGBTIQ+, y muy en particular las personas trans. Su invisibilización se nota en la falta de datos fiables, en la ausencia de protocolos de recogida de información sensibles a la diversidad sexogenérica y en la escasa representación en posiciones de liderazgo científico.
Esta falta de información precisa es especialmente preocupante en aquellas áreas en las que sexo y género influyen de forma directa en las condiciones de salud, como ciertos cánceres, enfermedades crónicas o problemas de salud mental. Sin datos que recojan la experiencia trans, es difícil diseñar sistemas sanitarios con perspectiva de género, evaluar riesgos asociados a terapias hormonales o comprender el impacto de determinados tratamientos y contextos de discriminación.
La invisibilidad no afecta solo a los sujetos de investigación, sino también a quienes realizan la ciencia. La escasez de referentes trans o de otras identidades no normativas en posiciones de prestigio refuerza la sensación de que ciertos cuerpos o trayectorias “no encajan” en el mundo académico, lo que alimenta la deserción y la autoexclusión temprana.
Algo parecido ocurre con pueblos originarios, comunidades indígenas o minorías étnicas, cuya presencia en la ciencia formal suele ser mínima. A menudo se pasa por alto su conocimiento tradicional o se lo utiliza sin reconocer su autoría ni garantizar un retorno justo. La pregunta por cuántos científicos pertenecen a estas comunidades, cuántas investigadoras se identifican como parte de la diversidad sexual o cuántos investigadores viven con discapacidad rara vez obtiene respuestas claras por falta de datos sistemáticos.
Superar estas formas de exclusión requiere ir más allá de las cuotas simbólicas. Diferentes investigaciones han demostrado que los equipos diversos son más innovadores y generan resultados científicamente más sólidos. De ahí la importancia de políticas afirmativas bien diseñadas, protocolos de evaluación sin sesgos, financiación con perspectiva de equidad y una cultura institucional que entienda la diversidad como un activo central, no como un tema accesorio.
La clave para revertir la situación pasa por reglas claras y representación real. Mientras no haya un reparto equitativo de voces en los órganos de decisión de la educación superior, la ciencia y la tecnología, las desigualdades seguirán reproduciéndose. Observatorios, libros blancos, guías y organismos reguladores son herramientas que pueden ayudar, siempre que se acompañen de voluntad política y recursos suficientes.
Proyectos y experiencias de divulgación científica inclusiva
Más allá de los debates teóricos, existen ya numerosas experiencias concretas de divulgación científica inclusiva que muestran cómo se pueden traducir estos principios en acciones reales. Muchas de ellas han sido impulsadas por universidades, centros de investigación, organizaciones sociales y proyectos financiados por entidades como la FECYT o la Unión Europea.
En el ámbito europeo, el proyecto C4S (Communities for Sciences), financiado con fondos comunitarios, se ha centrado en explorar las relaciones entre ciencia y sociedad desde la perspectiva de las comunidades en situación de vulnerabilidad. Su objetivo ha sido mejorar la base de conocimiento sobre educación científica inclusiva mediante pilotos de investigación-acción en seis centros locales situados en ciudades como Bruselas, Budapest, Manresa, Milán, Sofía y Viena.
Estos centros han desarrollado laboratorios vivientes y actividades piloto con niños y jóvenes para probar diferentes enfoques pedagógicos inclusivos, analizar qué estrategias funcionan mejor y cómo impactan en los territorios. Una de las lecciones aprendidas ha sido la necesidad de “desaprender”: identificar barreras que se daban por naturales o invisibles y cuestionar inercias que reproducían exclusiones incluso cuando se pensaba que se estaba trabajando en clave inclusiva.
El proyecto C4S ha dado lugar a una Guía de estilo para la comunicación científica inclusiva, dirigida a periodistas y divulgadores que desean evitar estereotipos y sesgos en el tratamiento informativo de la ciencia, así como a un libro blanco sobre educación científica inclusiva orientado a responsables políticos, instituciones y educadores. Además, ha impulsado un Observatorio Internacional que pretende ofrecer una plataforma estable para recopilar, analizar y difundir iniciativas y recursos en este campo.
En España, la divulgación inclusiva también ha ganado terreno. Iniciativas como UCODivulga, de la Universidad de Córdoba, han puesto el foco en cómo acercar la ciencia a diferentes públicos mediante enfoques creativos y colaborativos. En una de sus ediciones se presentaron proyectos como “PDI Ciencia” (un programa audiovisual que usa arte, humor, redes sociales y TIC para explicar ciencia a personas con distintas capacidades), “Astroaccesible” (que enseña el cielo nocturno a personas con discapacidad visual a través de materiales táctiles y sonoros) o “In-Habit” (centrado en dinamizar un barrio con alta vulnerabilidad social mediante procesos de co-creación y escucha activa).
También destacó el proyecto “Incluscience-Me”, una iniciativa de ciencia ciudadana que ha permitido a escolares de zonas rurales explorar la biodiversidad de su entorno, formular hipótesis y aplicar el método científico. La transversalidad ha sido una de las claves de esta propuesta, conectando contenidos científicos con la realidad cotidiana del alumnado y con un trabajo cooperativo en el territorio.
La Universidad de Córdoba, a través de su Dirección de Inclusión y su Unidad de Cultura Científica, ha subrayado que la inclusión debe entenderse como algo transversal, una actitud y un valor en alza que atraviese la planificación de actividades, la comunicación y las relaciones con la ciudadanía. No se trata solo de cumplir con obligaciones legales, sino de asumir un compromiso genuino con la sociedad.
Iniciativas del CSIC y proyectos con colectivos en situación de vulnerabilidad
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), principal organismo público de investigación en España, también ha apostado en los últimos años por una ciencia más inclusiva, tanto en lo que respecta a la divulgación como a la inclusión laboral de personas con discapacidad y otros colectivos con barreras de acceso.
Un ejemplo significativo es el proyecto “Incluyendo en Ciencia”, impulsado por el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (CABD) con financiación de la FECYT. A lo largo de un año se organizaron talleres científicos y visitas guiadas centradas en la Biología del Desarrollo, dirigidos específicamente a colectivos en situación de vulnerabilidad social, con el objetivo de acercar conceptos como el ADN o el ciclo de vida de organismos modelo utilizados en la investigación del centro.
Participaron más de 360 personas, entre ellas menores procedentes de centros de protección (en colaboración con ONG como “Crecer con Futuro” y “Abrázame”), jóvenes de etnia gitana integrados en una escuela de verano y personas mayores de 55 años vinculadas al Aula de Mayores de la Universidad Pablo de Olavide. Las encuestas anónimas reflejaron una acogida muy positiva, con un 97 % de participantes que manifestaron interés en repetir la experiencia.
Los comentarios recogidos valoraban especialmente la calidad didáctica y la claridad de las explicaciones, y subrayaban la importancia de este tipo de iniciativas para generar conciencia social sobre la ciencia básica y el trabajo en los centros de investigación. El proyecto fue presentado con gran aceptación en foros de divulgación del CSIC y llegó a obtener el primer premio en la I Edición de los Premios de Divulgación CABD – Fundación Biomol, lo que refuerza la idea de que la ciencia inclusiva también puede ser científicamente rigurosa y de alta calidad comunicativa.
En paralelo, el CSIC ha creado una Oficina para la Ciencia Inclusiva y cuenta con una Vicepresidencia Adjunta de Cultura Científica y Ciencia Ciudadana que coordina actividades de divulgación accesibles. Entre las acciones desarrolladas se incluye la elaboración de un catálogo de actividades de divulgación con perspectiva inclusiva para facilitar que personas con acceso más complicado puedan participar en talleres, conferencias, visitas guiadas o proyectos de ciencia ciudadana.
El organismo también ha establecido una colaboración estratégica con la Fundación Adecco, integrando recursos científicos en programas de formación y empleo para personas con discapacidad. A través de esta alianza se ha participado en el comité asesor del Congreso Nacional de Ciencia Inclusiva y se han puesto en marcha decenas de acciones dirigidas, por ejemplo, a jóvenes con discapacidad intelectual dentro de programas como “Cantera de talentos”.
En centros de investigación concretos, como la Estación Experimental del Zaidín en Granada, se ha avanzado en la contratación de profesionales con discapacidad como personal fijo para tareas de apoyo, definiendo cuidadosamente sus funciones y proporcionando la formación y el acompañamiento necesarios para favorecer su integración laboral. Esta apuesta se suma a los planes de igualdad y a otras medidas destinadas a fomentar entornos de trabajo diversos y accesibles.
Todo este esfuerzo se basa en la convicción de que la cultura científica es una forma de cultura esencial para todas las personas, sin importar edad, nivel educativo, situación económica ni características físicas o psíquicas. Hacer accesible la investigación y sus resultados es parte de la responsabilidad social de los organismos públicos, y una condición para despertar vocaciones científicas en colectivos que tradicionalmente han estado alejados de estos espacios. Además, integrar herramientas digitales inclusivas como plataformas LXP inclusivas facilita el acceso y la participación de públicos diversos.
En conjunto, las experiencias descritas muestran que cuando la ciencia se abre a la diversidad, reconoce las múltiples formas de conocimiento y se esfuerza en eliminar barreras, se convierte en una herramienta mucho más potente para comprender el mundo y transformarlo, dejando de ser un territorio reservado para una élite y acercándose a un modelo de conocimiento verdaderamente público y compartido.

