Cómo mejorar tu alimentación personal de forma práctica y saludable

Última actualización: 20 febrero 2026
  • Una alimentación saludable se basa en adecuación, equilibrio, moderación y diversidad de alimentos mínimamente procesados.
  • Controlar azúcares, grasas saturadas, sal y aumentar fibra, vitaminas y minerales reduce el riesgo de enfermedades crónicas.
  • Los cambios de hábitos requieren etapas (reflexión, preparación, acción y mantenimiento) y estrategias prácticas para sostenerlos en el tiempo.

Hábitos para mejorar la alimentación personal

Cuidar lo que comemos es una de las decisiones más potentes que podemos tomar para nuestra salud, pero entre modas, mitos y mensajes contradictorios es fácil perderse. Más allá de las dietas milagro, lo que realmente funciona es construir un patrón de alimentación saludable, sostenible y adaptado a nuestra vida cotidiana.

Mejorar la alimentación personal no consiste solo en elegir “comidas sanas” de forma aislada, sino en aprender a equilibrar el plato, organizar la compra, cocinar de forma más ligera, ajustar cantidades y, sobre todo, crear hábitos que podamos mantener en el tiempo sin volvernos locos.

Qué es realmente una alimentación saludable

Podemos considerar saludable aquella alimentación que cubre nuestras necesidades nutricionales en cada etapa de la vida (infancia, adolescencia, edad adulta y vejez), ayuda a prevenir enfermedades y se adapta a nuestra situación de salud, actividad física y contexto cultural.

Los organismos internacionales resumen la alimentación saludable en cuatro principios básicos: adecuación (aportar los nutrientes que necesitamos), equilibrio (proporción adecuada de macronutrientes y calorías), moderación (limitar lo que perjudica) y diversidad (gran variedad de alimentos y preparaciones).

Además de estos principios generales, la alimentación saludable debe ser inocua, es decir, segura desde el punto de vista higiénico, sin contaminantes microbianos ni químicos, y basada sobre todo en alimentos no procesados o mínimamente procesados, con bajo contenido de azúcares libres, grasas poco saludables y sodio.

La alimentación saludable no es idéntica para todo el mundo, porque depende de la edad, el sexo, el nivel de actividad física, la cultura, el presupuesto y la disponibilidad de alimentos, pero las bases son comunes y se pueden adaptar a cualquier persona.

Plato equilibrado para mejorar la alimentación

Cómo equilibrar el plato y organizar la dieta diaria

Un truco sencillo para mejorar la alimentación personal es pensar en el plato como un “reparto” de grupos de alimentos. Una pauta muy utilizada es dedicar aproximadamente la mitad del plato a verduras y hortalizas, alrededor de un cuarto a alimentos ricos en hidratos de carbono complejos y fibra, y el resto a proteínas magras con un toque de grasas saludables.

Una distribución muy práctica y cercana a las recomendaciones internacionales sería que en torno a un 45 % de la energía viniera de carbohidratos ricos en fibra (cereales integrales, legumbres, patata o boniato en raciones razonables), un 25 % de proteínas de calidad (pescado, legumbres, huevos, carnes magras, lácteos) y alrededor de un 30 % de grasas saludables (principalmente aceite de oliva virgen, frutos secos y semillas).

Para que esta teoría se materialice en el día a día, conviene repartir la ingesta en varias comidas a lo largo de la jornada, adaptadas al apetito y la rutina de cada persona, evitando llegar a las comidas con un hambre voraz que nos lleve a comer con ansiedad o abusar de ultraprocesados.

El concepto de ración es clave para no pasarnos ni quedarnos cortos: una ración es la cantidad estándar de un alimento adaptada a un adulto sano (una pieza de fruta, un yogur, unos 80-100 g de pasta en crudo, un filete magro de unos 120-150 g, dos dedos de pan, etc.). Las tablas de frecuencia y raciones orientativas ayudan a planificar, aunque luego haya que ajustar a la realidad de cada persona.

Consejos prácticos para mejorar tu alimentación diaria

La teoría está muy bien, pero donde realmente ganamos salud es en los pequeños gestos de cada día. Cambiar cómo compramos, cocinamos y comemos suele marcar la diferencia a medio plazo. Pequeños gestos de cada día pueden sumar mucho.

No esperar a tener un hambre extrema para comer es fundamental, porque cuando llegamos a ese punto solemos tirar de lo más fácil y calórico: bollería, snacks, precocinados o comidas muy grasas. Hacer comidas y tentempiés planificados ayuda a evitar esa situación.

Ir al supermercado con hambre es casi una garantía de llenar el carro de productos poco recomendables. Lo ideal es hacer la compra después de haber comido algo, con una lista cerrada y pasando poco tiempo en los pasillos de snacks, bollería, refrescos y platos preparados.

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Es muy complicado llevar una alimentación saludable si la despensa está llena de productos ultraprocesados. La clave está en que la base de la compra sean frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos naturales, pescado, huevos, carnes magras y lácteos poco procesados. Los productos ultraprocesados desplazan con frecuencia opciones más nutritivas.

La forma de cocinar influye tanto como el alimento en sí: la forma de cocinar como hornear, cocinar al vapor, hervir, guisar con poco aceite o saltear suavemente permite conservar mejor los nutrientes y reducir la cantidad de grasas poco saludables frente a los fritos o rebozados habituales.

Reducir al mínimo los fritos y las salsas muy grasas (como natas y mantequillas) baja de golpe el aporte de grasas saturadas y calorías, y si en su lugar usamos aceite de oliva crudo, especias, hierbas aromáticas y caldos caseros, los platos siguen siendo sabrosos.

Comer despacio, masticar bien y dedicarle un tiempo tranquilo a las comidas favorece la digestión, reduce la sensación de hinchazón y ayuda a regular mejor la cantidad que comemos, porque damos tiempo a que aparezca la sensación de saciedad.

El agua es la bebida de referencia en una alimentación sana. Conviene acostarse alrededor de esos 6-8 vasos al día, ajustando según el clima, el ejercicio y las necesidades personales, y usarla también para desplazar refrescos azucarados, bebidas energéticas y zumos comerciales.

Alimentos clave que impulsan tu salud

Hay grupos de alimentos que, por la cantidad y calidad de nutrientes que aportan, deberían aparecer a diario en tu mesa, porque ayudan a cubrir necesidades de fibra, vitaminas, minerales, proteínas y grasas saludables.

Las frutas y verduras son la piedra angular de una dieta protectora. Las recomendaciones para adultos hablan de al menos 400 g diarios, lo que equivale aproximadamente a 5 raciones entre piezas de fruta y porciones de verdura, variando los colores (verdes, naranjas, rojos, morados) para asegurar una buena diversidad de fitoquímicos.

Los cereales integrales (arroz integral, avena, pan y pasta integrales, mijo, maíz, trigo sarraceno, teff, bulgur, etc.) y las legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, guisantes secos) deben ser la principal fuente de carbohidratos, porque aportan fibra dietética natural, vitaminas del grupo B y minerales, y ayudan a controlar la glucosa y el colesterol.

Los lácteos (leche, yogur, quesos preferiblemente poco grasos) o alternativas vegetales enriquecidas en calcio y vitamina D son importantes para la salud ósea, especialmente en niños, adolescentes, mujeres embarazadas, personas mayores y quienes realizan poca exposición solar.

Las fuentes de proteínas de calidad deben combinar origen animal y vegetal: pescado, especialmente el graso (salmón, sardinas, caballa) una o dos veces por semana, huevos, carnes magras, legumbres, tofu y otras preparaciones de soja, frutos secos y semillas.

Las grasas saludables procedentes de aceite de oliva virgen, frutos secos, aguacate y semillas (chía, lino, sésamo, pipas) desempeñan un papel clave en la salud cardiovascular y en la absorción de vitaminas liposolubles (A, D, E y K), siempre dentro de una cantidad global de grasa razonable.

Macronutrientes: cuánto necesitamos de carbohidratos, grasas y proteínas

Carbohidratos, grasas y proteínas son los tres pilares energéticos de la dieta y su proporción influye en el peso, la energía diaria y el riesgo de enfermedad. No se trata de demonizar a ninguno, sino de escoger las fuentes adecuadas en cantidades sensatas.

Los carbohidratos deberían proporcionar entre el 45 % y el 75 % de las calorías totales en la mayoría de personas, priorizando siempre los no refinados (integrales, legumbres, tubérculos) frente a los azúcares y harinas refinadas. Además, se recomienda un mínimo de 25 g de fibra al día en adultos (con cantidades algo menores en niños según la edad).

Las grasas deben aportar al menos un 15 % de la energía diaria y pueden llegar al 30 % o algo más, especialmente en niños y adolescentes en crecimiento, siempre con predominio de las grasas insaturadas sobre las saturadas y eliminando en lo posible las grasas trans industriales.

Las proteínas suelen ser suficientes con que representen en torno al 10-15 % de la ingesta calórica diaria, lo que se traduce aproximadamente en 50-75 g al día para un adulto que consume 2000 kcal y tiene un peso saludable. Deportistas, adolescentes en crecimiento o personas que buscan ganar masa muscular pueden necesitar algo más.

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Un exceso de proteínas durante mucho tiempo puede sobrecargar al organismo, especialmente los riñones, por lo que no tiene sentido disparar la ingesta si no hay un motivo justificado y supervisión profesional.

Azúcares, grasas saturadas y sal: cuánto conviene limitar

Uno de los grandes puntos débiles de la alimentación actual es el abuso de azúcares libres, grasas saturadas y sodio, presentes sobre todo en productos ultraprocesados, bollería, bebidas azucaradas, snacks salados y platos preparados.

En el caso de los azúcares libres (los añadidos a alimentos y bebidas, y los presentes de forma natural en miel, siropes y zumos), se recomienda que no superen el 10 % de las calorías totales, lo que equivale a unos 50 g al día en una persona sana que consume 2000 kcal; si se acercan al 5 % o menos, los beneficios para la salud son aún mayores.

Limitar los azúcares libres implica reducir refrescos, zumos comerciales, bollos, galletas, cereales de desayuno azucarados, postres lácteos, salsas dulces y muchos productos “fitness” o “ligeros” que siguen estando cargados de azúcar, aunque lleven reclamos de marketing saludables.

Respecto a las grasas, las saturadas no deberían aportar más del 10 % de la energía diaria y las grasas trans, vengan de donde vengan, no deberían superar el 1 %. Esto obliga a reducir el consumo frecuente de carnes muy grasas, embutidos, quesos curados grasos, mantequilla, natas, bollería industrial, precocinados fritos y snacks.

La sal es otro punto delicado: la ingesta diaria en adultos debería estar por debajo de los 5 g de sal (menos de 2 g de sodio). En la práctica, más del 70 % de la sal que tomamos procede de alimentos envasados y de restauración (panes, pizzas, embutidos, quesos, salsas, platos preparados), no solo del salero.

Para recortar sal sin perder sabor, se puede tirar de hierbas frescas, especias, mezclas sin sal, ajo, cebolla, cítricos y vinagres, además de acostumbrar el paladar poco a poco a sabores menos salados. En algunas personas sin riesgo de hiperpotasemia, las sales hiposódicas (mezclas de sodio y potasio) pueden ser una ayuda complementaria.

Micronutrientes y fibra: vitaminas, minerales y potasio en el punto de mira

Además de la energía, el cuerpo necesita pequeñas cantidades de unas 30 vitaminas y minerales para funcionar bien. Las deficiencias de hierro, zinc, vitamina A, ácido fólico, yodo o vitamina D son muy frecuentes en el mundo y tienen consecuencias importantes sobre la salud.

Una dieta con mucha variedad de frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, frutos secos y alimentos magros de origen animal suele cubrir las necesidades de la mayoría de micronutrientes, siempre que las raciones sean suficientes y se eviten dietas muy restrictivas.

El potasio merece una mención especial porque ayuda a regular la tensión arterial y el equilibrio de líquidos. En adultos, una ingesta de unos 3510 mg diarios se asocia con beneficios cardiovasculares, y se alcanza con facilidad si se consumen varias raciones de frutas y verduras frescas al día.

La fibra dietética natural, presente en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, mejora el tránsito intestinal, ayuda a controlar el peso, la glucosa en sangre y el colesterol, y contribuye a una microbiota intestinal más saludable.

En países donde las carencias de micronutrientes afectan a una gran parte de la población, los gobiernos suelen recomendar el enriquecimiento de alimentos de consumo masivo (harinas, sal, aceites, arroz) con hierro, yodo, ácido fólico o vitamina A, como complemento a la mejora global de la dieta.

Necesidades especiales: embarazadas, mayores, lactantes y niños pequeños

Hay etapas de la vida en las que la alimentación gana todavía más importancia, porque condiciona el crecimiento, el desarrollo cognitivo y el riesgo de enfermedades futuras.

Durante el embarazo y la lactancia aumentan las necesidades de energía y de varios nutrientes clave (hierro, ácido fólico, yodo, calcio, vitamina D, proteínas), por lo que suele ser necesario ajustar la dieta y, en muchas ocasiones, recurrir a suplementos supervisados por profesionales de la salud.

En los dos primeros años de vida, la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses y mantenida junto con otros alimentos hasta los 2 años o más se asocia con un mejor crecimiento, menor riesgo de infecciones y mejor desarrollo cognitivo.

A partir de los 6 meses se introducen alimentos complementarios adecuados: variados, seguros, ricos en nutrientes, sin añadir sal ni azúcar, con presencia de alimentos de origen animal (carne, pescado, huevo) y frutas y verduras desde el principio.

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En niños y adolescentes, las pautas generales son similares a las del adulto, pero con ciertas particularidades: mayor necesidad de energía y algunos nutrientes, raciones adaptadas al apetito, fomento de hábitos variados desde pequeños y reducción de bebidas azucaradas, bollería industrial y snacks salados que desplazan alimentos más nutritivos.

En personas mayores, hay que prestar atención al apetito, a la masticación, a la hidratación y al aporte de proteínas, calcio y vitamina D, para mantener la masa muscular y la salud ósea, así como prevenir la desnutrición, bastante frecuente en esta etapa.

Cambiar hábitos: de la intención a la rutina estable

Mejorar la alimentación personal no depende solo de saber qué es saludable, sino de ser capaces de pasar de la teoría a la práctica y mantener los cambios en el tiempo, superando obstáculos reales como la falta de tiempo, el cansancio o el entorno social.

El proceso suele pasar por varias etapas: reflexión, preparación, acción y mantenimiento. Identificar en cuál estás te ayuda a escoger mejor el siguiente paso y no frustrarte si aún no estás listo para hacer cambios radicales.

En la fase de reflexión empiezas a plantearte que deberías cuidarte más, percibes que te faltan energía o salud, pero todavía no has decidido cómo hacerlo ni te ves preparado para actuar de inmediato.

En la preparación ya has tomado la decisión de mejorar tu alimentación y empiezas a informarte, establecer metas concretas (por ejemplo, añadir dos raciones de verdura al día, reducir refrescos, cocinar más en casa) y diseñar un plan realista que encaje con tu vida.

En la fase de acción ya estás poniendo en práctica los cambios desde hace unas semanas o meses: cambias la lista de la compra, pruebas recetas nuevas, ajustas las raciones, recortas azúcares y grasas saturadas, o aumentas la actividad física.

La fase de mantenimiento llega cuando llevas más de seis meses con tus nuevos hábitos y estos forman parte de tu rutina. Aun así, es normal tener altibajos; lo importante es aprender a manejar los contratiempos sin tirar la toalla.

Estrategias para sostener los cambios en el tiempo

Para que los buenos propósitos no se queden en enero, conviene apoyarse en herramientas prácticas que faciliten el día a día y nos permitan sortear las dificultades más comunes.

Identificar obstáculos típicos (falta de tiempo, presupuesto ajustado, poca habilidad en cocina, entorno que no acompaña) es el primer paso para buscar soluciones: cocinar de una vez para varios días, usar alimentos saludables congelados o en conserva, compartir tareas, elegir recetas fáciles y rápidas, etc.

Mantener un registro sencillo de lo que comes y de cómo te sientes puede ayudarte a detectar patrones, momentos críticos (como las tardes de estrés o las noches de fin de semana) y avances que quizá pasen desapercibidos si no los apuntas.

Fijar metas pequeñas, medibles y alcanzables es mucho más efectivo que proponerse cambios drásticos. Por ejemplo, «tomar fruta en dos comidas al día», «beber agua en lugar de refrescos entre semana» o «caminar 10 minutos después de comer» son objetivos concretos y realistas.

Las recompensas no alimentarias (comprarte una prenda deportiva, hacer una actividad que te guste, dedicarte tiempo a ti) ayudan a asociar el esfuerzo con sensaciones positivas, siempre evitando que la recompensa consista en sabotear la propia alimentación.

Contar con apoyo social, ya sea en casa, con amistades o en el trabajo, facilita muchísimo los cambios: compartir recetas, hacer la compra juntos, organizar comidas más saludables en familia o animarse mutuamente cuando hay bajones marca una gran diferencia.

Construir una alimentación más saludable es un proceso continuo en el que influyen lo que hay en tu plato, tus hábitos diarios y el entorno que te rodea; combinando una base de alimentos frescos y mínimamente procesados, controlando azúcares, grasas saturadas y sal, cubriendo bien tus necesidades de fibra, vitaminas y minerales, y apoyándote en estrategias realistas para cambiar de hábitos, puedes ganar energía, bienestar y protección frente a muchas enfermedades sin necesidad de dietas extremas ni soluciones milagro.

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