- La gestión de residuos se basa en una jerarquía que prioriza prevención, reutilización y reciclaje antes de la eliminación.
- Existen tratamientos específicos para residuos municipales, industriales, peligrosos y RAEE, con protocolos y tecnologías propias.
- La normativa española, encabezada por la Ley 7/2022 y el nuevo marco de envases, impulsa la economía circular y la responsabilidad ampliada del productor.
- Administraciones, empresas y ciudadanía comparten la responsabilidad de reducir, gestionar y valorizar los residuos que generan.

La gestión de residuos se ha convertido en uno de los grandes retos ambientales de nuestro tiempo. Empresas, administraciones y ciudadanía están obligadas a cambiar la forma en la que producen, consumen y desechan si no queremos agravar problemas como el cambio climático, la contaminación del suelo y del agua o la pérdida de biodiversidad. Lejos de ser un asunto puramente técnico, afecta de lleno a la salud pública, a la economía y a nuestro estilo de vida.
Al mismo tiempo, una buena gestión de residuos abre la puerta a oportunidades enormes: creación de empleo verde, desarrollo de nuevas tecnologías, ahorro de materias primas y energía, impulso de la economía circular e, incluso, reducción de costes para las propias empresas. El problema ya no es tanto si generamos residuos (eso es inevitable), sino qué hacemos con ellos y bajo qué reglas jugamos cada uno de los actores implicados.
Qué son los residuos y qué significa gestionarlos bien
En términos legales, un residuo es cualquier sustancia u objeto del que su poseedor se desprende, o tiene la intención u obligación de desprenderse. Hablamos de restos de envases, materiales de construcción, lodos de depuradora, aparatos eléctricos viejos, residuos sanitarios, restos de comida, aceites usados y un larguísimo etcétera.
Conviene distinguir entre residuo y basura. Mientras que el residuo puede tener todavía un valor potencial (porque se puede reciclar, reutilizar o valorizar), la basura se entiende como un conjunto de desechos que, en la práctica, no se van a reaprovechar. Esta diferencia es clave en la economía circular, que busca que el máximo de residuos dejen de ser “basura” para convertirse en nuevos recursos.
La gestión de residuos engloba todas las operaciones necesarias desde que se generan hasta que se tratan o se eliminan de forma definitiva: recogida, transporte, clasificación, almacenamiento, tratamiento, valorización y, cuando no queda más remedio, eliminación en condiciones seguras.
A lo largo de las últimas décadas se ha pasado de un modelo basado en tirar los residuos a vertederos o quemarlos sin apenas control, a otro en el que se priorizan la prevención, la reutilización y el reciclaje. Este cambio no es casual: responde tanto a la mayor conciencia ambiental como a una regulación mucho más exigente a nivel europeo, estatal y autonómico.
Detrás de todo este sistema está el llamado principio de jerarquía en la gestión de residuos, que marca un orden de prioridad muy claro: primero prevenir su generación, después preparar para la reutilización, luego reciclar materiales, en cuarto lugar aplicar la valorización (incluida la energética) y, solo al final, recurrir al vertedero o a la incineración sin recuperación de energía.
Jerarquía de la gestión de residuos y objetivos principales
Las políticas modernas de gestión de residuos se construyen sobre una idea sencilla: cuanto antes abordes el problema, más eficaz y barata será la solución. Por eso la prevención va siempre por delante del tratamiento y de la eliminación.
La jerarquía de la producción y la gestión de residuos se resume en estos niveles de actuación, que marcan los grandes objetivos de cualquier sistema avanzado:
- Prevención en la generación: diseñar productos que duren más, que usen menos materiales, que se puedan reparar fácilmente y que generen menos envases o embalajes.
- Preparación para la reutilización: alargar la vida útil de los productos mediante reparación, reacondicionamiento o segunda mano.
- Reciclaje de materiales: transformar residuos en materias primas secundarias (papel, vidrio, metales, plásticos, compost, etc.).
- Valorización (incluida la energética): obtener energía o materiales aprovechables a partir de residuos que no se pueden reciclar directamente.
- Eliminación: depósito en vertedero o incineración sin recuperación energética como última opción.
A partir de aquí, se definen los objetivos estratégicos de la gestión de residuos en cualquier territorio o empresa:
- Reducir al máximo la cantidad de residuos generados.
- Reutilizar la mayor cantidad posible de productos y materiales antes de desecharlos.
- Impulsar el reciclaje como fuente de materias primas secundarias y de energía.
- Fomentar la educación y la sensibilización ciudadana sobre separación en origen y consumo responsable.
- Extender la gestión integral de residuos para cubrir tanto zonas urbanas como rurales e industriales.
- Aprovechar los residuos orgánicos para producir compost o fertilizantes, cerrando el ciclo de la materia.
- Apoyar nuevas tecnologías de tratamiento menos contaminantes que los métodos tradicionales.
Esta filosofía conecta de lleno con la economía circular y el famoso lema reduce, reutiliza, recicla, que muchas personas ya aplican como guía de vida diaria. Cuanto más se sube en la jerarquía (prevención y reutilización), menos presión hay sobre vertederos, menos emisiones se generan y más recursos se ahorran.
Fases del ciclo de gestión de residuos
El proceso completo de gestión de residuos puede parecer complejo, pero en realidad se sostiene sobre cuatro grandes etapas encadenadas por las que pasa casi cualquier desecho, desde que sale de nuestro hogar o empresa hasta su destino final.
1. Recogida en el punto de generación. Aquí entra en juego el papel de la ciudadanía y de las empresas separando los residuos en origen (contenedor de envases, papel, vidrio, orgánico, resto; puntos limpios; recogidas puerta a puerta; sistemas específicos para ciertos flujos, etc.). Cuanto mejor se haga esta separación, más fácil y eficiente será el reciclaje posterior.
2. Transporte a instalaciones adecuadas. Una vez recogidos, los residuos se trasladan mediante vehículos y rutas de transporte planificadas para minimizar riesgos y costes. En el caso de residuos peligrosos o ciertos residuos industriales, se aplican normas especiales de seguridad y documentación.
3. Procesamiento y tratamiento en plantas especializadas. En esta fase se clasifican, tratan y transforman los residuos en otras sustancias, materiales o energía. Puede tratarse de plantas de reciclaje, de compostaje, de valorización energética, de biometanización o de tratamiento químico o físico.
4. Disposición final de la fracción no aprovechable. Todo aquello que no puede ser reutilizado, reciclado o valorizado se destina a instalaciones de eliminación controladas, como vertederos de seguridad o incineradoras con las debidas garantías ambientales.
La clave está en que, en cada etapa, se apliquen criterios de seguridad, eficiencia y trazabilidad para saber siempre qué ha ocurrido con cada flujo de residuos y reducir tanto el impacto ambiental como el coste económico.
Métodos de tratamiento y disposición de residuos
Durante mucho tiempo, la gestión de residuos se reducía casi a dos opciones: vertederos o incineración directa. Ambos sistemas siguen existiendo, pero han ido cediendo terreno a tecnologías más ajustadas a los objetivos de economía circular y reducción de impactos.
Los vertederos son áreas acondicionadas donde se depositan los residuos. Aunque se han mejorado mucho (impermeabilización, captación de lixiviados, control de gases, etc.), siguen implicando un riesgo de contaminación del suelo y las aguas si no se gestionan correctamente, además de ocupar grandes superficies de terreno.
La incineración clásica consiste en quemar los residuos, reduciendo su volumen y masa. Si no se controla bien, genera emisiones contaminantes a la atmósfera. Por eso, hoy se exige el uso de filtros y sistemas de depuración de humos, y se promueve que esta combustión vaya ligada a plantas de valorización energética, que producen electricidad o calor aprovechable.
Frente a estos métodos tradicionales, se han desarrollado otros procesos de tratamiento más avanzados y adaptados a la jerarquía de residuos:
- Pirólisis: descomposición térmica de los residuos en ausencia o casi ausencia de oxígeno. Permite una combustión más eficiente y menos contaminante y, en determinados casos, la obtención de combustibles a partir de residuos orgánicos o plásticos.
- Reprocesamiento biológico: engloba procesos como el compostaje o la digestión anaerobia, mediante los cuales la materia orgánica y parte de los residuos de papel se transforman en compost o biogás, valiosos para la agricultura y la generación energética.
- Reciclaje de materiales: separación, trituración, lavado y transformación de residuos en nuevas materias primas secundarias. Esto aplica a papel-cartón, vidrio, metales, plásticos, escombros tratados, etc.
- Tratamiento de aguas residuales: mediante depuradoras se separan sólidos, se degradan contaminantes y se generan lodos que, tratados adecuadamente, pueden utilizarse como fertilizante en agricultura o como fuente de energía.
Elegir el tratamiento correcto para cada tipo de residuo es fundamental para proteger el medio ambiente, cumplir la normativa y, además, aprovechar al máximo el valor que aún contienen muchos desechos.
Gestión de residuos municipales y puntos limpios
Los llamados residuos municipales son aquellos cuya recogida, transporte y tratamiento corresponde a las entidades locales: ayuntamientos o mancomunidades. Incluyen los residuos domésticos y otros similares generados en comercios, oficinas o servicios.
Las administraciones locales deben escoger los sistemas de separación y recogida más eficientes y adecuados a las características de su territorio: contenedores de calle, recogida puerta a puerta, sistemas de depósito y retorno, recogidas específicas de voluminosos, etc. En función de la densidad de población, la orografía o los hábitos ciudadanos, unas fórmulas funcionan mejor que otras.
Un recurso clave dentro de la gestión municipal son los puntos limpios, instalaciones donde los ciudadanos pueden llevar gratuitamente residuos que no se deben depositar en los contenedores habituales: pinturas, aceites, aparatos eléctricos, muebles, escombros de pequeñas obras, baterías, etc.
Estos puntos limpios permiten que flujos de residuos con componentes peligrosos o de gran volumen se canalicen hacia gestores autorizados, reduciendo vertidos ilegales en cunetas, campos o ríos. Muchas comunidades autónomas ofrecen portales ambientales donde localizar el punto limpio más cercano y consultar trámites relacionados con instalaciones de tratamiento o traslados de residuos.
Además, en la gestión municipal se desarrollan programas específicos para flujos concretos como neumáticos fuera de uso o residuos de aparatos eléctricos y electrónicos, aplicando normativas propias y sistemas de responsabilidad ampliada del productor.
Gestión de residuos industriales: peligrosos y no peligrosos
Dentro del mundo empresarial, la gestión de residuos industriales puede resultar especialmente compleja, ya que intervienen diferentes tipos de materiales, tecnologías de tratamiento específicas y una normativa muy estricta.
Se considera residuos industriales a los generados en procesos de fabricación, producción, ensamblaje u otras actividades industriales. Pueden ser sólidos, líquidos e incluso gaseosos, y su correcta gestión es clave para evitar riesgos para la salud y el entorno.
En líneas generales, los residuos industriales se dividen en peligrosos y no peligrosos. Los peligrosos contienen sustancias con propiedades tóxicas, corrosivas, inflamables, explosivas, infecciosas o reactivas, que exigen medidas de control muy rigurosas.
Por el contrario, los residuos industriales no peligrosos engloban restos de embalajes, residuos de oficinas, determinados escombros de construcción y demolición, plásticos, maderas u otros materiales que no presentan un riesgo directo tan alto. Aun así, su mala gestión puede provocar impactos ambientales y sanciones administrativas.
Para cualquier empresa, resulta muy recomendable contar con un gestor de residuos autorizado que garantice que todas las fases (identificación, almacenamiento, transporte y tratamiento) cumplen las exigencias legales y los estándares ambientales aplicables.
Cómo se gestionan los residuos peligrosos
La gestión de residuos peligrosos es uno de los ámbitos más sensibles dentro de la política ambiental. Un fallo en cualquiera de sus etapas puede tener consecuencias graves para la salud de los trabajadores, de la población cercana y de los ecosistemas.
Este proceso consta de varias fases encadenadas, que deben seguirse con protocolos detallados y con personal debidamente formado:
Identificación y clasificación. Lo primero es caracterizar cada residuo peligroso: su composición, sus propiedades, su código de la lista europea de residuos, etc. Esto se logra mediante fichas de seguridad y, cuando es necesario, análisis de laboratorio. Sin una correcta clasificación, no se puede elegir el tratamiento ni el transporte adecuados.
Almacenamiento seguro. Una vez identificados, los residuos peligrosos deben almacenarse en instalaciones acondicionadas para evitar fugas, derrames o emisiones no controladas. Los contenedores han de ser compatibles con el tipo de residuo, estar etiquetados y situados sobre cubetas de retención o suelos impermeables.
Transporte especializado. El traslado de residuos peligrosos implica seguir normativas específicas, como el ADR para el transporte por carretera de mercancías peligrosas. Se requieren vehículos adaptados, contenedores homologados, documentación de seguimiento y conductores formados.
Tratamiento y eliminación final. Dependiendo de la naturaleza del residuo, se aplican técnicas como la incineración en instalaciones especiales, la estabilización/solidificación química o la deposición en vertederos de seguridad. Siempre bajo licencias y controles ambientales estrictos.
Residuos radiactivos: un caso particular dentro de los peligrosos
Los residuos radiactivos plantean retos aún más exigentes que otros residuos peligrosos, ya que emiten radiación ionizante durante periodos que pueden ser muy largos.
Suelen originarse en centros sanitarios, instalaciones de investigación y centrales nucleares, entre otros. La clave está en determinar el grado de radiactividad y el tipo de radionucleidos implicados para definir su gestión.
Generalmente, los residuos radioactivos pasan primero por un almacenamiento temporal en instalaciones especialmente diseñadas para contener la radiación y evitar cualquier fuga al exterior. Se controla rigurosamente el tiempo de permanencia y las condiciones de seguridad.
Para los residuos de alta actividad o de larga vida, se contemplan soluciones como el almacenamiento geológico profundo en depósitos subterráneos o la vitrificación, que consiste en encapsular los residuos en una matriz de vidrio muy estable y resistente.
Tratamiento y transporte de residuos industriales no peligrosos
Aunque los residuos industriales no peligrosos no supongan un riesgo inmediato tan elevado, su volumen es enorme y su mala gestión se traduce en emisiones, consumo de recursos y ocupación de espacio en vertederos.
El proceso de gestión suele seguir estos pasos:
Identificación y clasificación. La empresa debe conocer qué tipos de residuos genera, sus cantidades, periodicidad y posibilidades de valorización. Esta caracterización inicial guía la elección de los tratamientos y de los gestores.
Separación y reciclaje. Siempre que sea posible, se establecen circuitos de recogida diferenciada dentro de la propia instalación: papel-cartón por un lado, plásticos por otro, metales, madera, escombros, etc. De este modo se facilitan las operaciones de reciclaje posterior.
Métodos de tratamiento. Entre las técnicas más frecuentes están la incineración controlada con aprovechamiento energético, la compostación o digestión anaerobia de fracciones orgánicas, y la reutilización directa de determinados materiales en otros procesos productivos o en obras.
Transporte y almacenaje de residuos no peligrosos
El transporte de residuos no peligrosos también debe realizarse de forma organizada, aunque con requisitos menos estrictos que los aplicables a los peligrosos. Aun así, es imprescindible evitar vertidos accidentales, emisiones de polvo o molestias a la población.
Empaquetado adecuado. Los residuos se introducen en recipientes, sacas, contenedores o compactadores apropiados para su naturaleza. Lo fundamental es que permanezcan contenidos sin riesgo de fugas durante el transporte y la carga y descarga.
Etiquetado y documentación. Cada unidad de carga debe ir identificada con el tipo de residuo, el productor y el destino previsto. Además, se genera documentación de control que permita trazar el recorrido del residuo desde su origen hasta el gestor final.
Planificación de rutas. Las empresas y los gestores diseñan rutas de transporte que minimizan trayectos y evitan zonas especialmente sensibles, optimizando también los costes logísticos.
Vehículos y supervisión. Se emplean camiones y equipos preparados para el tipo de carga correspondiente y, durante todo el proceso, se realiza una supervisión continua para detectar incidencias e intervenir de inmediato si se produce algún imprevisto.
Almacenaje y descarga en destino. Una vez en las instalaciones de tratamiento o vertedero autorizado, se descargan y almacenan temporalmente de forma ordenada, evitando generar nuevos impactos. Aunque se priorizan el reciclaje y la valorización, una parte de estos residuos acaba inevitablemente en vertederos específicos.
Residuos eléctricos y electrónicos (RAEE): un flujo crítico
La gestión de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos se ha transformado en una prioridad absoluta. La rápida obsolescencia de móviles, ordenadores, electrodomésticos, televisores, equipos profesionales o aparatos médicos hace que la cantidad de RAEE crezca sin parar.
Si no se tratan correctamente, estos residuos pueden liberar metales pesados como el mercurio o el plomo, retardantes de llama y otros compuestos tóxicos, que contaminan suelos, aguas y aire. Al mismo tiempo, contienen materiales de alto valor, como metales preciosos o tierras raras, difíciles de conseguir por vías convencionales.
La clave de una gestión responsable de RAEE está en combinar tres enfoques: prevención y alargamiento de la vida útil de los aparatos, reciclaje especializado y reutilización o reparación siempre que sea viable.
Estrategias para una buena gestión de RAEE
Separación de componentes. Antes del reciclaje mecánico, se lleva a cabo una clasificación y desmontaje de algunos componentes peligrosos o valiosos (baterías, placas, tubos, etc.), lo que evita la dispersión de sustancias tóxicas.
Reciclaje especializado. Las plantas de tratamiento cuentan con líneas específicas para distintos tipos de aparatos: grandes electrodomésticos, pequeños aparatos, equipos informáticos, pantallas, equipos de frío, etc. Cada línea está preparada para maximizar la recuperación de materiales y minimizar los riesgos ambientales.
Reutilización y reparación. Siempre que es posible, se promueve la reparación, reacondicionamiento y donación de equipos en buen estado o fácilmente reparables. Esto reduce el volumen de residuos generados y facilita el acceso a aparatos asequibles para otros usuarios.
Una gestión seria de RAEE exige la participación activa de fabricantes, distribuidores, gestores, administraciones y consumidores, así como el uso de puntos de recogida específicos y campañas informativas claras sobre qué hacer con los aparatos viejos.
Normativa de gestión de residuos en España y economía circular
El marco legal español en materia de residuos ha ido evolucionando para alinearse con las directivas europeas y con los objetivos de economía circular. La norma básica actual es la Ley 7/2022, de residuos y suelos contaminados para una economía circular, que sustituye a la anterior Ley 22/2011.
Esta ley persigue minimizar los impactos negativos de la generación y gestión de residuos en la salud y el medio ambiente, reforzando al mismo tiempo el aprovechamiento de los recursos mediante el reciclaje y la valorización. Integra de forma explícita los principios de la economía circular en la regulación española.
Como la competencia en residuos se reparte entre distintas administraciones, la ley define las funciones de la Administración General del Estado, las comunidades autónomas y las entidades locales. Además, revisa instrumentos clave como la responsabilidad ampliada del productor, los conceptos de subproducto y fin de la condición de residuo, el régimen sancionador o la obligatoriedad de la recogida separada.
En su estructura se organiza en varios títulos que abordan, entre otros aspectos, los instrumentos de la política de residuos, la prevención, las obligaciones de productores y gestores, la regulación de productos plásticos de un solo uso, la información y los registros de residuos, las medidas fiscales y la gestión de suelos contaminados.
La ley incluye también definiciones detalladas de diferentes tipos de residuos y operaciones de tratamiento, como residuos de construcción y demolición, residuos alimentarios, valorización de materiales, relleno, compost, digerido, suelos contaminados, productos plásticos de un solo uso o artes de pesca, entre otros.
En paralelo, se está tramitando un nuevo Real Decreto de Envases y Residuos de Envases cuyo objetivo es revisar de forma integral la normativa de envases vigente desde finales de los años noventa. Este texto establecerá metas ambiciosas de prevención y reutilización: reducción de botellas de plástico de un solo uso, obligación de que los envases sean reciclables o reutilizables, venta de frutas y verduras sin envases de plástico en ciertos casos, fomento de la venta a granel, etc.
También fijará requisitos como el contenido mínimo de material reciclado en envases de plástico, la extensión de la responsabilidad ampliada del productor a envases comerciales e industriales, la obligación de marcado de envases domésticos y la creación de un registro de productores de productos.
Junto a estas normas estatales existen leyes y planes autonómicos de gestión de residuos que desarrollan la legislación básica y la adaptan a la realidad de cada territorio, estableciendo objetivos propios, instrumentos de planificación, registros autonómicos y sistemas de información ambiental.
Ejemplo autonómico: gestión de residuos en Aragón
Un ejemplo de cómo las comunidades autónomas aterrizan esta política es Aragón, que cuenta con un Plan de Gestión Integral de Residuos (GIRA). Este plan define los objetivos, programas de actuación y herramientas para avanzar hacia una gestión respetuosa con el medio ambiente y compatible con el desarrollo sostenible.
Además, Aragón dispone de una normativa autonómica específica en materia de residuos que complementa la legislación básica del Estado, regulando aspectos como autorizaciones, controles, sanciones y procedimientos administrativos.
En la información pública se describe con detalle cada tipo de residuo, la normativa aplicable, las medidas de prevención y las opciones de gestión, de manera que empresas y ciudadanía sepan qué hacer en cada caso.
También se trabaja activamente en prevención y economía circular, promoviendo acciones que ayuden a reducir la generación de residuos en origen e impulsando modelos de producción y consumo más sostenibles dentro de la comunidad autónoma.
En cuanto a servicios públicos, Aragón ofrece plataformas para la gestión de residuos como la Plataforma Documental de Residuos (PDR), el Registro de Productores y Gestores, la asignación de NIMA (Número de Información Ambiental) y diversas aplicaciones web de calidad ambiental. Se facilitan canales de contacto directo con los servicios de planificación y control ambiental para resolver dudas y tramitar autorizaciones.
Planes de gestión de residuos de construcción y demolición (RCD)
El sector de la construcción genera enormes volúmenes de residuos, desde tierras excavadas hasta restos de hormigón, ladrillo, metales o madera. Por eso, la normativa exige planes de gestión de Residuos de Construcción y Demolición (RCD) en las obras.
Estos planes tienen que definir qué acciones se llevarán a cabo para potenciar la reutilización, el reciclaje y la valorización de los RCD generados, ya sea en obras de nueva construcción, rehabilitación, mantenimiento o actuaciones de emergencia.
Entre sus objetivos principales se encuentran: determinar las operaciones de gestión integral de RCD en cada frente de obra, asegurar el cumplimiento de la normativa ambiental vigente y reducir al máximo la cantidad de residuos que acaban en vertedero.
A efectos prácticos, en todos los puntos de generación de RCD se deben aplicar medidas como prevenir o minimizar la generación, habilitar acopios temporales, clasificar los residuos, separarlos por tipos, fomentar su reutilización, priorizar el reciclaje y, por último, organizar su transporte hasta las instalaciones de destino final autorizadas.
Este enfoque evita que materiales perfectamente aprovechables terminen enterrados y, además, reduce la necesidad de extraer recursos naturales nuevos (áridos, por ejemplo), con el consiguiente beneficio ambiental y económico.
Responsabilidad de las administraciones y papel de las empresas
Las administraciones públicas tienen un rol central en el ciclo de gestión de residuos. Las comunidades autónomas son responsables de implantar la jerarquía de residuos mediante planes, autorizaciones, vigilancia, inspección y sanción. Los ayuntamientos organizan la recogida municipal y gestionan infraestructuras como puntos limpios o plantas de tratamiento.
A la vez, las empresas no pueden limitarse a cumplir lo justo y necesario. Muchas organizaciones han integrado la gestión de residuos en su estrategia de sostenibilidad y competitividad, viendo en ella una fuente de innovación y nuevos negocios: plantas de tratamiento, recuperación de materiales, reutilización de productos de demolición, servicios de consultoría ambiental, etc.
Algunas compañías se han comprometido con objetivos cuantificables de reducción de residuos, reutilización de materiales o mitigación de emisiones de CO2, informando cada año de sus avances en informes de sostenibilidad. Esto implica cambiar procesos internos, exigir criterios ambientales a proveedores y diseñar proyectos que generen el menor volumen de desechos posible.
En el ámbito de la construcción, por ejemplo, el reaprovechamiento de tierras excavadas dentro del propio emplazamiento permite reducir transportes, recortar emisiones y mejorar la integración paisajística de las obras. Fijar metas como reutilizar un determinado porcentaje de tierras o residuos en obra ayuda a acelerar este cambio de modelo.
Datos curiosos e impacto real de una buena gestión
Más allá de las normas y los procedimientos, hay cifras que ilustran muy bien la magnitud del problema y el potencial de las soluciones. Por ejemplo, reciclar una sola tonelada de papel permite salvar alrededor de 18 árboles, además de ahorrar agua y energía.
Se estima que en los últimos 40 años se han generado más residuos a nivel mundial que desde el origen del ser humano hasta 1970. Y las previsiones apuntan a que, si no cambiamos el rumbo, la cantidad de residuos casi se duplicará de aquí a pocos años.
En el caso del aluminio, el reciclaje ahorra cerca de un 95% de la energía necesaria para producirlo a partir de materias primas vírgenes. Es un ejemplo claro de cómo la economía circular no solo protege el medio ambiente, sino que reduce significativamente los costes energéticos.
En construcción, los residuos procedentes del suelo, del hormigón y de materiales con procesos de fabricación previos pueden llegar a representar más del 80% del total de los residuos generados. Mejorar su gestión es, por tanto, decisivo si queremos avanzar hacia un modelo más sostenible.
Con una combinación de buenas políticas públicas, responsabilidad empresarial y colaboración ciudadana, la gestión de residuos deja de ser una mera obligación para convertirse en una palanca de cambio hacia una economía más eficiente, baja en emisiones y respetuosa con los límites del planeta.
