- Una gran parte de las enfermedades y muertes se debe a factores ambientales modificables como aire, agua, sustancias químicas y condiciones de vida.
- La salud ambiental engloba la vigilancia, prevención y control de riesgos físicos, químicos, biológicos, sociales y laborales que rodean a las personas.
- Las políticas públicas, la regulación del agua, la gestión de residuos y la protección en el trabajo son pilares para reducir la carga de enfermedad ambiental.
- Los hábitos cotidianos en el hogar y la comunidad, desde el lavado de manos hasta el consumo responsable, influyen de forma decisiva en la salud ambiental.
La salud ambiental puede sonar a algo muy técnico, pero en realidad habla de algo tan cotidiano como el aire que respiras, el agua que sale del grifo, el ruido de tu calle o la forma en la que trabajas cada día. Todo ese conjunto de factores externos, físicos, químicos, biológicos y sociales, va moldeando poco a poco cómo te sientes, qué riesgos tienes de enfermar y hasta cuánto tiempo puedes llegar a vivir.
Aunque a veces cueste verlo, nuestra dependencia del entorno es absoluta y, por tanto, también lo es nuestra vulnerabilidad frente a los cambios ambientales: contaminación atmosférica, agua en mal estado, sustancias químicas, cambio climático, malas condiciones de vivienda o de trabajo, etc. La buena noticia es que muchos de estos factores son modificables, y ahí entra de lleno la salud ambiental como campo de estudio, vigilancia y acción pública.
Qué es realmente la salud ambiental y por qué importa tanto
Cuando hablamos de salud ambiental nos referimos al conjunto de condiciones externas que rodean a las personas y que pueden influir en su salud: el medio físico (aire, agua, suelo, clima), el entorno construido (vivienda, ciudad, transporte), el ambiente laboral, el contexto social y cultural, así como la presencia de agentes químicos, físicos y biológicos que pueden generar enfermedad o, al contrario, protegernos.
La definición impulsada por la Organización Mundial de la Salud incluye tanto los efectos directos de contaminantes (sustancias químicas, radiaciones, agentes biológicos) como los impactos más indirectos ligados al entorno físico, psicológico, social y estético: urbanismo, calidad de la vivienda, transporte, ruido, iluminación o acceso a agua potable y saneamiento.
En este marco, la salud ambiental se centra en evaluar, corregir, controlar y prevenir todos aquellos factores ambientales que pueden perjudicar a la salud humana, animal y vegetal. A su alrededor se han desarrollado ramas específicas como la medicina ambiental, la terapéutica ambiental o la prevención ambiental, que abordan desde el diagnóstico clínico hasta la gestión de riesgos en entornos laborales o comunitarios.
De hecho, organismos como la OMS estiman que alrededor de un 23-24 % de la carga mundial de enfermedad y mortalidad se debe a factores ambientales modificables. Esto se traduce en unos 12,6 millones de muertes prematuras cada año en el mundo, con un impacto especialmente sangrante en la infancia y en los países con menos recursos.
El peso de los factores ambientales en la enfermedad y la mortalidad
Los datos globales son contundentes: una parte muy importante de las enfermedades que conocemos tiene una base socioambiental claramente identificable. La OMS calcula que más de cien patologías o traumatismos están influidos por riesgos ambientales, y varias estimaciones sitúan en torno al 22 % la fracción de la carga mundial de morbilidad atribuible al ambiente.
Si nos fijamos en Europa, se calcula que 1,4 millones de muertes anuales están relacionadas con factores ambientales como la contaminación del aire, la mala calidad del agua, el ruido, determinadas exposiciones laborales o el impacto del clima. A escala mundial, los 12,6 millones de muertes anuales atribuibles al ambiente no se reparten por igual: pesan más allí donde las condiciones sanitarias, económicas y sociales son más frágiles.
Los niños son, con diferencia, el grupo más vulnerable. Se estima que, en menores de 15 años, los factores ambientales están presentes en el 90 % de las enfermedades diarreicas agudas, cerca del 60 % de las infecciones respiratorias agudas, alrededor del 30 % de los accidentes y lesiones y en torno al 25 % de los cánceres infantiles. Esto ilustra hasta qué punto el entorno determina la salud presente y futura.
Además de la carga directa de enfermedad, nuestra dependencia de sistemas ambientales estables nos hace muy sensibles a grandes cambios globales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo o la contaminación generalizada del agua y del aire, que acaban repercutiendo en la nutrición, las enfermedades infecciosas, las olas de calor, los eventos extremos o los desplazamientos forzados.
Instituciones y vigilancia de la salud ambiental
La respuesta frente a los riesgos ambientales no se limita a la clínica; requiere una estructura sólida de salud pública capaz de vigilar, regular e intervenir. En muchos países esta función recae en direcciones generales de salud pública y unidades específicas de sanidad ambiental y salud laboral.
En el ámbito estatal, por ejemplo, una subdirección general de sanidad ambiental y salud laboral se ocupa de la vigilancia, control y defensa frente a agresiones ambientales, además de mantener actualizada la normativa, seguir los acuerdos internacionales y participar en organismos como la Unión Europea, la OMS o Naciones Unidas.
A nivel autonómico o regional, equipos técnicos de salud pública (médicos, veterinarios, farmacéuticos y otros profesionales) realizan tareas de vigilancia de factores ambientales, inspección de instalaciones, toma de muestras, análisis y, cuando es necesario, intervención frente a situaciones de riesgo. Todo ello busca que el entorno en el que viven los ciudadanos repercuta lo menos posible de forma negativa en su salud.
Además, en los últimos años la Unión Europea ha puesto especial énfasis en que las administraciones trabajen no solo “para” la población sino también “con” la población. Esto implica escuchar las percepciones ciudadanas mediante encuestas y estudios de campo, como barómetros de salud ambiental que exploran qué sabe la gente sobre alergias, contaminación, fuentes de información y controles sanitarios.
Este enfoque participativo ayuda a visibilizar las actividades de salud pública, a ajustar mejor las intervenciones al contexto real y a fomentar una corresponsabilidad social en la construcción de entornos más sanos, desde la gestión del agua de consumo hasta la prevención de enfermedades transmitidas por vectores o ligadas a instalaciones específicas.
Enfermedades y efectos sobre la salud ligados al medio ambiente
Los problemas de salud relacionados con el medio ambiente abarcan desde patologías muy frecuentes hasta cuadros menos conocidos pero igualmente relevantes. Muchos se asocian a exposiciones crónicas a diversos agentes y a la combinación de factores físicos, químicos, biológicos y psicosociales.
Entre los efectos más habituales se encuentran las enfermedades respiratorias (EPOC, asma, bronquitis crónica, crisis alérgicas) vinculadas a la contaminación del aire exterior e interior, así como al material particulado procedente del tráfico, la industria o determinadas actividades laborales como la minería o la construcción.
Determinadas sustancias químicas presentes en el ambiente se relacionan con trastornos neurológicos del desarrollo, alteraciones endocrinas, cambios inmunológicos y un mayor riesgo de determinados tipos de cáncer. En la infancia preocupa especialmente la exposición a pesticidas, metales pesados y contaminantes orgánicos persistentes.
La radiación ultravioleta, cuyo impacto aumenta con el adelgazamiento de la capa de ozono y ciertas prácticas de exposición, está reconocida como una de las principales causas de cáncer de piel, además de poder deprimir la respuesta inmunitaria. Por otra parte, el ruido ambiental crónico se asocia a trastornos del sueño, dificultades de aprendizaje en escolares, problemas cardiovasculares y deterioro auditivo.
En los últimos años también se ha descrito un aumento de cuadros complejos como el síndrome de sensibilidades químicas múltiples, donde se hipotetiza la interacción de múltiples factores ambientales (químicos, físicos y psicosociales) en personas especialmente sensibles, así como el impacto creciente de la polifarmacia, la fármacorresistencia y la presencia de residuos farmacéuticos en aguas residuales y ríos.
Determinantes de la salud: más allá de los genes y los microbios
Para entender de verdad la salud ambiental hay que situarla dentro del marco más amplio de los determinantes de la salud. Clásicamente se han agrupado en cuatro grandes categorías: medio ambiente, estilo de vida, biología humana y servicios sanitarios, pero hoy sabemos que los factores socioeconómicos y culturales atraviesan todas estas dimensiones.
Informes clave, como el célebre trabajo de Marc Lalonde, pusieron de relieve hace décadas que la mayor parte de las enfermedades no dependen solo de agentes biológicos o infecciosos, sino de contextos sociales, económicos y ambientales: condiciones de vivienda, calidad del empleo, acceso a agua potable y saneamiento, nutrición, educación o redes de apoyo.
La salud ambiental entronca directamente con esta visión porque los determinantes sociales y ambientales se entrelazan. Un barrio sin saneamiento adecuado, con viviendas precarias, tránsito intenso y falta de zonas verdes aumenta la exposición simultánea a múltiples riesgos (contaminación, ruido, lesiones, estrés, infecciones), sobre todo en las personas con menos recursos para protegerse.
También sabemos que el ambiente influye en la expresión de los genes (epigenética), de manera que incluso individuos con un patrimonio genético idéntico, como los gemelos, pueden presentar trayectorias de salud muy diferentes en función de los entornos en los que viven, trabajan y se relacionan.
Modelos macro y microeconómicos, políticas educativas, calidad institucional, seguridad, migraciones, modas de consumo o estrategias de la industria alimentaria terminan tejiendo un entramado que condiciona qué comemos, cuánto nos movemos, qué sustancias nos rodean y qué hábitos protectores o de riesgo adoptamos como sociedad.
Tipos de factores ambientales: físicos, químicos, biológicos, sociales y ergonómicos
La salud ambiental analiza un abanico amplísimo de factores que rara vez actúan de forma aislada. En la vida real, los riesgos suelen llegar como “cócteles” de exposiciones que se superponen y se potencian entre sí. Aun así, por claridad, es útil agruparlos en grandes bloques.
Los factores físicos incluyen la meteorología, el clima, las temperaturas extremas, la humedad, la presión atmosférica, las vibraciones, la radiación en sus distintas formas, el ruido, la iluminación, las variaciones geomagnéticas, el material particulado en el aire o la propia estructura geológica del terreno, con su potencial para sismos, deslizamientos o presencia de radón.
Entre los factores químicos encontramos tanto sustancias naturales como productos sintéticos que pueden incorporarse al organismo por vía digestiva, respiratoria, cutánea, mucosa o percutánea. Ahí caben metales pesados como el plomo, el arsénico o el mercurio, pesticidas, contaminantes industriales, compuestos orgánicos persistentes, fármacos que llegan al agua y multitud de mezclas de uso agrícola, doméstico o industrial.
Los factores biológicos abarcan bacterias, virus, hongos, parásitos, micotoxinas, alérgenos de origen animal o vegetal y otros agentes capaces de causar infecciones, alergias o toxicidad, así como situaciones derivadas de la pérdida de coberturas vacunales o de la aparición de movimientos antivacunas que reabren la puerta a enfermedades prevenibles.
Los factores psicosociales y culturales tienen que ver con la educación, los hábitos de vida, el consumo inducido por la publicidad, la seguridad o inseguridad percibida, las migraciones, el tejido social, los valores colectivos y el papel de los medios de comunicación, que muchas veces empujan hacia estilos de vida poco saludables o hacia productos ambientalmente tóxicos.
Por último, los factores ergonómicos y de seguridad se relacionan con la forma en la que se organizan las tareas, los espacios de trabajo, la carga física, el diseño de máquinas, sillas o herramientas, así como con los sistemas de protección de los trabajadores. Todo ello influye en lesiones músculo-esqueléticas, problemas cardiovasculares, estrés y accidentes laborales.
Factores físicos y su impacto en la salud
El componente físico del entorno es clave para entender múltiples efectos sobre el bienestar. Las condiciones climáticas locales y globales (olas de calor, frío intenso, cambios bruscos de temperatura) pueden desencadenar crisis en personas sensibles, como alergias, anginas de pecho, crisis epilépticas, reacciones reumáticas, infecciones respiratorias o incluso un aumento de suicidios y eventos cardiovasculares.
La humedad excesiva o muy baja favorece distintos problemas: en ambientes muy húmedos aparecen lesiones cutáneas por maceración y proliferación de papilomas, mientras que en climas desérticos y cálidos el riesgo de deshidratación pasa muchas veces desapercibido hasta que la situación es grave. Los cambios de presión asociados a determinados oficios (buzos, cámaras hiperbáricas) originan el llamado disbarismo, con sus propias complicaciones.
El material particulado en suspensión (sílice, polvo industrial, partículas diésel) es un riesgo conocido para el tejido pulmonar: silicosis en mineros, enfisema en trabajadores y población urbana expuesta, exacerbaciones asmáticas y alergias. A esto se añaden las consecuencias de los eventos geológicos y meteorológicos extremos, como erupciones volcánicas, terremotos o deslizamientos de terreno.
La radiación, en sus distintas formas, es otro capítulo importante: radiaciones ionizantes de origen natural o médico, radiación ultravioleta en aumento, infrarrojos, campos electromagnéticos no ionizantes (telefonía, redes, líneas de alta tensión) y fuentes como láseres o focos de gran potencia requieren criterios de seguridad y límites de exposición claros, como los que recomiendan organismos internacionales de protección radiológica.
El ruido ambiental se ha convertido en uno de los contaminantes más extendidos en las grandes ciudades. Se calcula que en torno al 70 % del ruido urbano procede del tráfico de vehículos. Niveles entre 60 y 65 dBA durante el día ya generan molestia significativa y, por encima de los 85 dBA, prácticamente nadie se libra de los efectos negativos: desde disconfort, insomnio y estrés hasta hipoacusias temporales o permanentes.
Contaminación química y exposición a sustancias tóxicas
Los agentes químicos pueden actuar de manera aislada o en combinación, muchas veces con efectos difíciles de predecir. Uno de los problemas más estudiados es la presencia de metales pesados en el agua, el suelo y los alimentos, ya sea por causas geológicas naturales o por actividades humanas como la minería, la industria metalúrgica o el uso de determinados productos químicos.
El arsénico, por ejemplo, está ampliamente distribuido en la corteza terrestre y puede contaminar acuíferos subterráneos que luego se usan como agua de consumo. Es uno de los contaminantes inorgánicos más tóxicos, con potencial cancerígeno y múltiples efectos sistémicos. El plomo, presente en combustibles antiguos, pinturas, tuberías y otros usos, puede entrar en el organismo por vía gastrointestinal o inhalatoria y resulta especialmente dañino para el sistema nervioso infantil.
El mercurio destaca porque a temperatura ambiente es líquido y tiene formas orgánicas, como el metilmercurio, que se bioacumulan en la cadena alimentaria. Este compuesto atraviesa la barrera hematoencefálica y la placenta, con efectos mutágenos y teratógenos, lo que lo convierte en una preocupación prioritaria en embarazadas y poblaciones que consumen mucho pescado contaminado.
Junto a estos elementos inorgánicos hay una multitud de sustancias orgánicas naturales y sintéticas: pesticidas agrícolas, disolventes, plastificantes, hidrocarburos aromáticos, retardantes de llama, etc. Muchas de ellas actúan como disruptores endocrinos, inmunotóxicos o neurotóxicos y algunas están asociadas a mayor riesgo de cáncer o problemas reproductivos.
Un capítulo emergente son los contaminantes farmacéuticos en el agua. El uso masivo de medicamentos, tanto recetados como de venta libre, genera una descarga constante de principios activos y metabolitos en aguas residuales. También hay vertidos procedentes de fábricas mal controladas. Estudios recientes han demostrado concentraciones preocupantes de antibióticos en ríos de todo el mundo, con especial incidencia en países como Bangladés, Kenia, Nigeria, Pakistán o Ghana, pero también en Europa, donde algunos tramos del Danubio superan los niveles de seguridad.
Este tipo de contaminación no solo afecta a peces, invertebrados y algas, sino que contribuye a un problema global de enorme calado: la resistencia antimicrobiana. Se calcula que las bacterias resistentes podrían llegar a causar hasta 10 millones de muertes anuales hacia 2050 si no se toman medidas contundentes para regular los vertidos, mejorar el tratamiento de aguas y limpiar zonas ya contaminadas.
Agentes biológicos, vacunación y riesgos infecciosos
Los agentes biológicos ambientales abarcan desde bacterias y virus hasta hongos, protozoos, parásitos multicelulares, toxinas y alérgenos. Pueden transmitirse por el agua, los alimentos, el aire, vectores (mosquitos, garrapatas, roedores) o por contacto directo con animales y personas.
En alimentos mal conservados o almacenados en malas condiciones pueden proliferar hongos productores de micotoxinas, como las aflatoxinas o zearalenonas, con efectos hepatotóxicos y carcinogénicos. Los residuos de plaguicidas en vegetales, las toxinas de pescados en descomposición o las mordeduras de animales también forman parte del espectro de riesgos biológicos ligados al entorno.
Un aspecto crítico en salud ambiental es el mantenimiento de coberturas vacunales adecuadas. Cuando por desinformación, bulos o campañas antivacunas cae la tasa de vacunación, reaparecen enfermedades que se consideraban controladas, como el sarampión. La OMS ha llegado a catalogar los movimientos antivacunas como una de las grandes amenazas sanitarias globales.
Las vacunas y el acceso a agua potable se consideran, de hecho, las dos herramientas preventivas más poderosas de la salud pública moderna. Ejemplos históricos como la erradicación de la viruela demuestran hasta qué punto una combinación de intervenciones ambientales, sanitarias y sociales puede cambiar el curso de la historia.
La vigilancia de enfermedades transmitidas por vectores (mosquitos, garrapatas, flebótomos) y por animales de compañía también forma parte de la salud ambiental, incluyendo protocolos específicos para animales de personas refugiadas, control de zoonosis emergentes o talleres de prevención e identificación de vectores como las garrapatas.
Dimensión psicosocial, estilos de vida y productos ultraprocesados
Nuestra relación con el entorno psico-sociocultural es un flujo constante de intercambio. El contexto nos influye y nosotros influimos en él mediante nuestras decisiones individuales y colectivas. La educación y el nivel de información condicionan quién adopta prácticas protectoras y quién se expone sin saberlo a riesgos ambientales evitables.
Las condiciones laborales, la existencia o no de redes de seguridad social, el desempleo y la precariedad se traducen en desigualdades en salud. Las personas sin trabajo estable tienen más probabilidades de vivir en viviendas de peor calidad, en barrios más contaminados y con menor acceso a entornos saludables, lo que se refleja en tasas más altas de enfermedad.
Los hábitos culturales, las modas y las campañas publicitarias moldean profundamente lo que comemos, bebemos y consumimos. En las últimas décadas ha crecido el peso de los productos ultraprocesados, formulaciones industriales basadas en azúcares, grasas, sal y aditivos que imitan cualidades sensoriales de alimentos frescos pero con un perfil nutricional muy pobre.
Estas dietas ricas en ultraprocesados se han vinculado a un aumento explosivo de sobrepeso, obesidad, diabetes tipo 2 y otras enfermedades no transmisibles. Además, su producción y distribución suelen conllevar impactos ambientales relevantes, desde el empaquetado hasta el transporte, pasando por el uso intensivo de recursos y sustancias químicas.
Otros factores psicosociales, como la inseguridad ciudadana, la desconfianza en la justicia, las migraciones forzadas o la exposición constante a mensajes alarmistas, pueden generar estados de estrés crónico e inmunodepresión que incrementan la susceptibilidad a múltiples patologías. Los medios de comunicación y las redes sociales tienen aquí un papel ambivalente: pueden ser aliados de la salud ambiental o amplificadores de desinformación y de hábitos dañinos.
Salud ambiental y trabajo: cargas físicas, ergonomía y protección
El ámbito laboral es uno de los escenarios donde mejor se ve la interacción entre factores ambientales y salud. Las condiciones de trabajo determinan en gran medida la exposición a riesgos físicos, químicos, biológicos y ergonómicos y, por tanto, la probabilidad de accidentes y de enfermedades profesionales.
Las cargas físicas excesivas pueden provocar desde lesiones musculares y tendinosas hasta fracturas óseas, hernias o sobrecarga cardiovascular. El uso de herramientas vibrátiles, como martillos neumáticos o perforadoras, se asocia a daños neurológicos y vasculares en las extremidades. La exposición prolongada a bajas temperaturas en industrias frigoríficas es una concausa de síndromes vasculares como el de Raynaud.
La ergonomía estudia la adaptación de las tareas, las máquinas y los espacios a las capacidades humanas. Una mala ergonomía (sillas inadecuadas, puestos de trabajo mal diseñados, espacios excesivamente reducidos o, al contrario, despersonalizados) contribuye a dolores crónicos, trastornos osteomusculares y fatiga mental. La seguridad, por su parte, se apoya en normas, equipos de protección y cultura preventiva para minimizar daños.
Las instituciones internacionales consideran que la mayoría de los problemas de salud relacionados con el medio ambiente en contextos laborales son susceptibles de prevención, precisamente porque sus factores determinantes están en las condiciones de trabajo. Por eso se han fortalecido las políticas de salud ocupacional, la inspección, los programas de prevención de accidentes y enfermedades profesionales y los enfoques multidisciplinares centrados en el bienestar integral del trabajador.
La salud ocupacional busca generar ambientes de trabajo seguros y saludables, reduciendo riesgos físicos y químicos, gestionando adecuadamente residuos y emisiones, mejorando la ventilación, diseñando turnos compatibles con el descanso y promoviendo la participación de los trabajadores y sus representantes en la toma de decisiones.
Agua, saneamiento, legionela y otros riesgos hídricos
El agua es un eje central de la salud ambiental. Garantizar un suministro de agua de consumo humano seguro implica establecer criterios técnico-sanitarios claros: calidad microbiológica y química, controles periódicos, límites para contaminantes específicos y sistemas de tratamiento eficaces basados en filtración y desinfección.
En muchos países y regiones existe normativa detallada que fija los requisitos de calidad del agua, los sistemas de vigilancia y las obligaciones de las entidades gestoras, incluyendo el transporte de agua en camiones cisterna. Las autoridades sanitarias insisten en que solo las empresas registradas y autorizadas deben transportar agua para consumo, como garantía de que se mantiene la potabilidad durante todo el proceso.
En materia de desinfección, se recomienda mantener un cloro libre residual mínimo de 0,5 mg/L en todos los puntos del sistema de distribución, medido al menos 30 minutos después de la cloración, para inactivar eficazmente virus como el SARS-CoV-2 y otros patógenos. Los procedimientos convencionales de potabilización (filtración y desinfección) son suficientes para impedir la transmisión de este virus a través del agua de bebida.
Otro riesgo conocido es la legionelosis, enfermedad causada por bacterias del género Legionella que proliferan en sistemas de agua templada, torres de refrigeración, condensadores evaporativos, spas, fuentes ornamentales y redes interiores mal mantenidas. Por ello se han desarrollado reales decretos y guías técnicas que obligan a las instalaciones de riesgo a disponer de planes de prevención y control, programas de limpieza y desinfección, y protocolos de vigilancia.
Las autoridades de salud pública elaboran y actualizan notas informativas, campañas periódicas de control y guías para ayudar a empresas y entidades a implantar planes de prevención de legionela, incluyendo prórrogas o ajustes en los requisitos formativos de los profesionales que realizan tratamientos en piscinas y otras instalaciones acuáticas.
Salud ambiental y COVID‑19: agua, superficies, desinfección y residuos
La pandemia de COVID‑19 puso el foco mundial sobre la relación entre salud ambiental y enfermedades infecciosas. Organismos como la OPS y la OMS publicaron decenas de notas técnicas con buenas prácticas para proteger a las comunidades mediante una correcta gestión del agua, la higiene, la desinfección de superficies y el tratamiento de residuos.
Respecto a la desinfección doméstica, se recomienda limpiar primero las superficies con agua y jabón y, después, aplicar soluciones desinfectantes adecuadas: por ejemplo, hipoclorito de sodio (lejía) al 0,1 % o etanol al 62‑70 %, dejando actuar al menos un minuto para asegurar una reducción de alrededor del 99,9 % del virus en superficies.
El hipoclorito de sodio de uso doméstico suele venderse entre el 1 y el 10 % de concentración y debe diluirse correctamente siguiendo tablas específicas para obtener la solución al 0,1 %. Se subraya que no es seguro mezclar productos de limpieza entre sí, ya que pueden liberarse gases tóxicos o vapores irritantes.
En el caso del transporte público, las recomendaciones incluyen limpiar al menos dos veces al día las superficies que se tocan con frecuencia (pasamanos, barras, manillas), usar productos compatibles con las superficies porosas, desinfectar la parte interior con las ventanas abiertas, seguir protocolos coherentes y proporcionar equipos de protección personal adecuados (guantes resistentes al agua, batas impermeables) a las personas encargadas de la limpieza.
La OPS desaconseja expresamente el uso de túneles o cabinas de desinfección para personas, así como las alfombrillas desinfectantes en entradas de edificios o la pulverización masiva de productos químicos en calles y espacios abiertos, ya que no aportan beneficios claros frente a las principales vías de contagio y sí pueden provocar daños en piel, mucosas y vías respiratorias.
Recomendaciones prácticas de salud ambiental en el hogar y la comunidad
Más allá del contexto de la pandemia, muchas de las pautas difundidas entonces siguen siendo válidas como buenas prácticas de salud ambiental en el hogar, centros residenciales colectivos, escuelas o lugares de trabajo. Una de las más importantes es el lavado de manos con agua segura y jabón durante 40‑60 segundos en momentos clave (al llegar a casa, antes de comer, después de ir al baño, antes y después de cocinar o limpiar).
Cuando no se dispone de jabón convencional, pueden utilizarse jabones naturales obtenidos de plantas con saponinas (alfalfa, caléndula, jabonera, tomillo, entre otras) u otros agentes tensoactivos presentes en champús, detergentes para vajilla o productos de limpieza, siempre evitando los que contengan sosa cáustica. En ausencia de agua y jabón, un gel hidroalcohólico al 70 % aplicado durante 20‑30 segundos es una alternativa aceptable.
En cuanto a la limpieza de superficies en casa, se recomienda hacerlo al menos una vez al día en puntos de contacto frecuente (pomos, interruptores, encimeras, mandos) usando agua y jabón y, posteriormente, una solución de hipoclorito de sodio al 0,1 % que se deja actuar un minuto antes de aclarar. Los baños deben limpiarse al menos una vez al día con este mismo tipo de solución.
Las mascarillas higiénicas de tela se pueden lavar con agua caliente y jabón, dejándolas secar completamente antes de guardarlas en una bolsa de plástico limpia. La ropa de personas infectadas debe trasladarse cerrada en una bolsa, evitando sacudirla, y lavarse con agua templada y detergente, asegurando que permanezca el tiempo suficiente en contacto con el jabón (unos 30 minutos) y que se seque del todo.
Respecto a los residuos generados en hogares con casos de infección, se aconseja usar un cubo de basura con tapa exclusivo para la persona enferma, con bolsa bien cerrada que luego se introduce en una segunda bolsa antes de desecharla. Quien manipule estas bolsas debe utilizar equipo de protección y seguir la normativa nacional sobre eliminación de residuos de personas infectadas.
Uso seguro del agua, conservación de recursos y equipos electrónicos
En contextos de alta demanda de higiene es fundamental evitar el despilfarro de agua. Algunas recomendaciones sencillas ayudan a conservar el recurso: cerrar el grifo mientras se frotan las manos con jabón, lavar platos en un recipiente en vez de bajo el chorro, usar un segundo recipiente para el aclarado, reutilizar aguas grises de lavadora o fregadero para riego y priorizar sistemas de riego por goteo frente a la aspersión.
También se propone no dedicar agua potable a usos prescindibles, como el lavado frecuente de vehículos que no se destinan al traslado de pacientes, y adaptar la descarga del inodoro para no vaciarlo en cada micción si la situación de escasez es crítica. La captación de agua de lluvia, allí donde sea viable, puede aliviar parte de la presión sobre las redes públicas.
La desinfección de equipos electrónicos exige precauciones específicas: primero hay que retirar el polvo y la suciedad visible, y después aplicar el producto desinfectante (etanol al 62‑70 % u otro recomendado por el fabricante) sobre un paño ligeramente humedecido, nunca directamente sobre el aparato, para evitar dañar componentes internos por exceso de humedad.
En relación con el dinero en efectivo o los productos comprados en supermercados y mercados, las evidencias disponibles indican que no son una vía relevante de transmisión de virus como el SARS‑CoV‑2. Lo importante es mantener la higiene de manos, respetar la distancia física, limpiar los mangos de carritos o cestas con toallitas desinfectantes y lavar frutas y verduras solo con agua potable, sin necesidad de productos desinfectantes específicos.
En espacios residenciales colectivos (residencias, albergues, centros de acogida) se recomienda aumentar los puntos de lavado de manos, asegurar un cloro residual de al menos 0,5 mg/L en el agua distribuida, limpiar y desinfectar regularmente superficies de alto contacto, gestionar bien los residuos sólidos y garantizar una ventilación adecuada con al menos dos renovaciones de aire por hora, reorganizando los espacios para permitir la distancia física.
Cuando se trata de aplicar desinfectantes, nunca deben ingerirse ni usarse sobre el cuerpo humano con fines preventivos o terapéuticos. La ingestión de estas sustancias puede causar intoxicaciones graves o incluso la muerte; cualquier tratamiento médico debe ser prescrito y supervisado por personal sanitario.
La suma de todos estos elementos -desde el aire hasta el agua, pasando por el ruido, los químicos, el trabajo o los hábitos de vida- demuestra que nuestra salud está continuamente negociándose con el entorno que hemos construido y que seguimos transformando. Disponer de una salud ambiental fuerte, con instituciones vigilantes, ciudadanía informada y políticas públicas ambiciosas, es una de las mejores inversiones posibles para reducir enfermedades evitables, mejorar nuestro bienestar diario y ofrecer a las generaciones futuras un entorno menos hostil y más saludable.

