La resiliencia urbana se ha convertido en una pieza clave para entender cómo deben prepararse las ciudades ante un mundo lleno de incertidumbres, cambios climáticos y crisis de todo tipo. Cada vez que oímos hablar de inundaciones, sequías, apagones o conflictos sociales, en el fondo estamos poniendo a prueba la capacidad de los entornos urbanos para aguantar el golpe y recuperarse sin dejar a nadie atrás.
Cuando hablamos de resiliencia en las ciudades no nos referimos solo a resistir un desastre puntual, sino a anticipar riesgos, reducir vulnerabilidades y reaccionar de forma coordinada para que la vida diaria pueda continuar del mejor modo posible. Gobiernos locales, ciudadanía, empresas y organismos internacionales están impulsando nuevas formas de planificar, gestionar y gobernar las urbes para que sean más seguras, inclusivas y sostenibles.
Qué es la resiliencia urbana y por qué importa tanto
En términos sencillos, la resiliencia urbana es la capacidad de una ciudad para prevenir, soportar y recuperarse de impactos extraordinarios, ya tengan origen natural (tormentas, inundaciones, terremotos, olas de calor) o humano (fallos de infraestructuras, conflictos, crisis económicas, desastres tecnológicos). Una ciudad resiliente no solo aguanta el golpe, sino que aprende de cada crisis y sale reforzada.
En el ámbito internacional, se entiende que una ciudad resiliente es aquella que analiza sus riesgos, planifica con antelación y actúa para mantener sus servicios esenciales incluso en situaciones extremas. Eso implica que, ante un evento grave o una tensión acumulada en el tiempo, los sistemas urbanos —energía, agua, transporte, vivienda, salud, gestión de residuos, redes digitales— puedan seguir funcionando o recuperarse rápido, minimizando daños humanos, económicos y ambientales.
La resiliencia urbana es, además, un proceso dinámico y en constante evolución. No es un plan que se hace una vez y se guarda en un cajón, sino un ciclo continuado de diagnóstico, aprendizaje, ajuste y mejora. A medida que cambian el clima, la tecnología, la economía o la demografía, también cambian los riesgos, y eso obliga a revisar periódicamente cómo está preparada la ciudad.
Hoy en día, con más del 50% de la población mundial viviendo en ciudades y una previsión que apunta a alcanzar el 70% para 2050, cualquier crisis urbana tiene repercusiones enormes. Esto explica por qué la resiliencia se ha colado de lleno en las agendas de organismos como Naciones Unidas, y se vincula de forma directa con el desarrollo sostenible, la reducción de desigualdades y la lucha contra la pobreza.
Las ciudades afrontan tanto impactos de baja intensidad pero frecuentes (cortes puntuales de electricidad, problemas de transporte, fallos de suministro de agua, pequeñas inundaciones) como desastres de gran escala (terremotos, tormentas intensas, tsunamis, grandes inundaciones, colapsos de infraestructuras críticas). El grado en que una urbe es capaz de sobreponerse está estrechamente ligado a su nivel de preparación, a la calidad de su gobernanza y a la cohesión social de sus comunidades.
Objetivos y pilares de las políticas de resiliencia urbana
Los ayuntamientos y gobiernos locales que apuestan por este enfoque suelen estructurar su trabajo en torno a una serie de objetivos estratégicos que refuerzan la resiliencia de forma integral. Entre los más habituales, inspirados en experiencias como las de Barcelona o Bilbao, destacan varios ejes que se repiten en casi todas las estrategias serias.
En primer lugar, se busca disminuir las vulnerabilidades de la ciudad mediante acciones preventivas. Esto incluye desde adaptar infraestructuras para que soporten mejor inundaciones o episodios de calor extremo hasta revisar planes urbanísticos para evitar construir en zonas de alto riesgo. El objetivo es que, cuando llegue una tensión o un impacto, los servicios esenciales puedan seguir funcionando sin colapsar.
Otro pilar clave es dotar a la ciudad de mecanismos de detección temprana y evaluación anticipada de riesgos. Sistemas de monitorización, sensores, análisis de datos (apoyados por la formación en bootcamps en tecnología), modelos climáticos y protocolos de alerta permiten reaccionar antes de que el problema se descontrole. No se trata solo de saber qué ha pasado, sino de intuir qué puede pasar y prepararse.
También resulta fundamental reforzar la capacidad de respuesta rápida y la reducción de los tiempos de recuperación. Esto implica disponer de protocolos claros entre servicios de emergencia, operadores de infraestructuras, áreas municipales y otros actores, para que la coordinación sea ágil y se pueda volver cuanto antes a un estado de funcionamiento aceptable, ya sea el original o uno equivalente.
Por último, las estrategias de resiliencia intentan poner a disposición de responsables políticos y técnicos información útil y herramientas de apoyo a la toma de decisiones, tanto a escala operativa del día a día como a escala estratégica de toda la ciudad. Cuanto más integrados estén los datos y mejor conectados estén los equipos, más fácil es priorizar inversiones y actuaciones que realmente reduzcan el riesgo.
Detrás de todo esto está la complejidad propia de la gestión de los servicios urbanos, que implica a múltiples actores: administraciones, empresas concesionarias, operadores privados, ciudadanía organizada, sector académico, etc. La tendencia actual es ir hacia estructuras organizativas más transversales e intersectoriales, capaces de abordar la realidad urbana desde una visión de sistema y no por silos estancos.
Barcelona como referente europeo en resiliencia urbana
Barcelona se ha consolidado como uno de los laboratorios urbanos más avanzados en resiliencia a escala internacional. El Ayuntamiento ha impulsado un modelo propio que persigue reforzar la capacidad de la ciudad para hacer frente a los retos actuales y futuros, reducir puntos débiles y recuperarse de impactos de forma proactiva, manteniendo la calidad de vida de la población.
Este enfoque se ha materializado en la creación de un Departamento de Resiliencia Urbana integrado en el área de Ecología Urbana, dentro de la estructura municipal. Esta unidad tiene la misión de coordinar actuaciones entre servicios, promover una visión integral del riesgo y desarrollar herramientas específicas para gestionar la ciudad de manera más transversal, especialmente en cuestiones de movilidad, infraestructuras y entornos urbanos complejos.
Desde 2021, y ante la acumulación de tensiones críticas —agravadas por la pandemia de la COVID-19—, el consistorio ha puesto en marcha también una Ponencia Municipal de Resiliencia. Este instrumento sirve para impulsar medidas de reducción de riesgos con carácter preventivo, identificar propuestas de mejora y priorizar proyectos transversales que refuercen la resiliencia social, económica y ambiental en los distintos barrios.
En el plano internacional, Barcelona colabora activamente con organismos y redes globales especializados en resiliencia urbana. Mantiene una relación estrecha con ONU-Hábitat, con sede en la propia ciudad, a través del programa City Resilience Profiling Programme (CRPP), que desarrolla metodologías para evaluar la resiliencia urbana de manera integral y comparativa.
La ciudad ha sido reconocida por la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) como hub de resiliencia de Europa dentro de la iniciativa Making Cities Resilient 2030 (MCR2030). Este nombramiento, compartido con urbes como Greater Manchester, Helsingborg o Milán, supone un compromiso de tres años durante los cuales Barcelona debe compartir su experiencia, ofrecer apoyo técnico y facilitar el intercambio de buenas prácticas con otras ciudades del continente y del mundo.
En paralelo, la capital catalana ha participado en redes como 100 Resilient Cities, impulsada por la Rockefeller Foundation, y en alianzas climáticas urbanas como la red C40, que agrupa a ciudades líderes en acción climática. Todo ello refuerza su papel como centro de cooperación global que ofrece acompañamiento a otras urbes para ampliar sus perfiles de resiliencia, mejorar la autoevaluación de vulnerabilidades y orientar sus políticas de reducción de riesgos.
La visión de Naciones Unidas y ONU-Hábitat sobre ciudades resilientes
A escala mundial, Naciones Unidas parte de la idea de que todas las ciudades están expuestas a impactos severos derivados tanto de fenómenos naturales como de presiones humanas. Urbanización acelerada, cambio climático, inestabilidad política, desigualdades crecientes o asentamientos informales en zonas de riesgo conforman un cóctel que puede disparar las consecuencias de cualquier desastre.
En las últimas décadas, los desastres naturales han afectado a cientos de millones de personas y han generado pérdidas económicas multimillonarias cada año. Desde principios de los años noventa se estima que más de 4.400 millones de personas han sufrido algún tipo de evento extremo, con daños valorados en varios billones de dólares. Inundaciones fluviales, terremotos y vientos intensos ponen en riesgo simultáneamente a centenares de millones de habitantes urbanos.
A esto se suman los desastres de origen humano: conflictos armados, crisis prolongadas, fallos tecnológicos o accidentes industriales, que pueden echar por tierra los avances en desarrollo alcanzados por países y ciudades enteras. La urbanización masiva suele venir acompañada de barrios informales y viviendas precarias levantadas en entornos de alta vulnerabilidad, lo que multiplica la exposición al peligro.
El cambio climático actúa como un amplificador de riesgos urbanos: subida del nivel del mar que amenaza a decenas de millones de personas que viven en zonas costeras, intensificación de tormentas, olas de calor más frecuentes y prolongadas, sequías persistentes o patrones meteorológicos impredecibles. En este contexto, la resiliencia deja de ser un lujo para convertirse en una necesidad básica de cualquier agenda urbana responsable.
ONU-Hábitat define las ciudades resilientes como aquellas con capacidad de recuperarse con rapidez cuando su sistema ha sufrido un impacto, manteniendo la funcionalidad y protegiendo a la población. Para avanzar hacia ese modelo, la organización ha impulsado el City Resilience Profiling Programme, que ayuda a los gobiernos locales a desarrollar competencias, planificar de forma más integrada y medir su grado de resiliencia frente a múltiples amenazas.
Una de las herramientas emblemáticas de este programa es la City Resilience Profiling Tool, que analiza la ciudad completa desde la perspectiva de la resiliencia, con un enfoque muy pegado a la realidad de la ciudadanía. Esta herramienta permite identificar puntos débiles, priorizar intervenciones e integrar la gestión del riesgo en la planificación urbana y en la toma de decisiones diaria.
En paralelo, ONU-Hábitat ha puesto en marcha el Urban Resilience Hub, un espacio digital para compartir conocimiento, buenas prácticas, innovaciones y recursos entre ciudades, expertos y redes internacionales. Este hub se articula en torno a tres grandes ámbitos de actuación: generación de conocimiento, actividades de sensibilización y promoción, y fomento de colaboraciones entre actores públicos y privados de todo el mundo.
Resiliencia urbana, agendas globales y sostenibilidad
La resiliencia urbana se ha colocado en el centro de las principales agendas internacionales de desarrollo, en gran medida porque actúa como puente entre la acción humanitaria de emergencia y las políticas de desarrollo a largo plazo. En esencia, apostar por la resiliencia significa trabajar para mejorar de manera sostenida la vida de las personas más expuestas al riesgo.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas y la Nueva Agenda Urbana aprobada en la Conferencia de Quito (Hábitat III) recogen de forma explícita la necesidad de construir ciudades inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles. Estas agendas reclaman coordinar esfuerzos entre estados, autoridades locales y regionales, donantes, programas de la ONU, expertos y sociedad civil, de modo que la urbanización se convierta en una palanca para el desarrollo y no en una fuente de vulnerabilidad.
La Nueva Agenda Urbana propone avanzar hacia ciudades más compactas, conectadas e inclusivas, apoyadas en una buena planificación y diseño del espacio público, marcos normativos claros y una economía urbana que distribuya mejor oportunidades y recursos. La resiliencia atraviesa todos estos ejes, ya que sin infraestructuras robustas, servicios accesibles y barrios cohesionados, resulta imposible reducir riesgos de manera duradera.
Otro aspecto crucial es el enfoque de “no dejar a nadie atrás”. Los grupos más pobres y vulnerables suelen estar mucho más expuestos a conmociones y, al mismo tiempo, cuentan con menos recursos para recuperarse. Integrar la resiliencia en las políticas urbanas significa reducir riesgos aumentando capacidades y disminuyendo fragilidades, especialmente en aquellos sectores de la población que históricamente han sido marginados.
La dimensión de género tiene un peso cada vez mayor en este campo. Se ha comprobado que las mujeres y las niñas son a menudo más vulnerables a los efectos de los desastres y del cambio climático, pero también pueden convertirse en agentes clave del cambio cuando participan activamente en la planificación y el gobierno de sus comunidades.
Una perspectiva urbana que tenga en cuenta las necesidades de las mujeres —espacios públicos seguros, accesibles y bien iluminados; transporte adaptado; facilidades de cuidado; acceso a recursos económicos y educativos— no solo mejora la equidad, sino que beneficia al conjunto de la población. Ciudades pensadas desde la igualdad de género tienden a ser más inclusivas, más saludables y más resilientes frente a las crisis.
Los estudios del Banco Interamericano de Desarrollo y otras instituciones muestran que, en comunidades donde las mujeres desempeñan roles de liderazgo, los sistemas de prevención y reconstrucción frente a desastres se encuentran mejor preparados. Entre las razones destacan su capacidad para movilizar redes comunitarias, su conocimiento detallado de las necesidades cotidianas y su tendencia a compartir información relevante para el bienestar colectivo.
Adaptación, mitigación y resiliencia frente al cambio climático
Dentro del debate climático suelen aparecer tres conceptos muy relacionados: mitigación, adaptación y resiliencia. Aunque a menudo se usan juntos, conviene distinguirlos para entender bien cómo se conectan en el contexto urbano.
La mitigación se refiere a todas las medidas destinadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero o aumentar los sumideros que los absorben (como bosques o soluciones basadas en la naturaleza). En la ciudad, esto se traduce en promover la eficiencia energética, la movilidad sostenible, las energías renovables o la rehabilitación de edificios para consumir menos energía.
La adaptación consiste en ajustar los sistemas humanos y naturales a los nuevos escenarios climáticos, de manera que se reduzca su vulnerabilidad. Es decir, preparar la ciudad para convivir con un clima que ya está cambiando: más sombras y vegetación para enfrentar olas de calor, drenajes urbanos más capaces de gestionar lluvias extremas, planes específicos para barrios costeros expuestos al aumento del nivel del mar, protocolos ante sequías prolongadas, etc.
La resiliencia, aplicada al contexto urbano, se puede entender como el paraguas que integra y articula estas dos dimensiones. No solo habla de disminuir emisiones o adaptarse, sino de garantizar que, incluso cuando se producen episodios extremos, la ciudad mantiene la funcionalidad básica, protege a sus habitantes y puede recuperarse sin generar daños irreversibles.
Ayuntamientos como el de Bilbao, por ejemplo, conectan sus políticas de adaptación al cambio climático con la construcción de resiliencia. Entre sus líneas de trabajo figuran la identificación de infraestructuras especialmente frágiles, el impulso de infraestructuras verdes (parques, corredores ecológicos, soluciones basadas en la naturaleza), la integración de la gestión del agua en clave de riesgo, y la incorporación del cambio climático en todos los instrumentos de planificación urbana.
De este modo, la ciudad no solo lucha contra la causa del problema (las emisiones), sino que se prepara para convivir con sus consecuencias inevitables, haciéndose más flexible, más robusta y más capaz de aprender de cada crisis para reforzar sus sistemas de protección y respuesta.
Todo este marco se discute y actualiza en foros internacionales especializados en urbanización sostenible, como el Foro Urbano Mundial que convoca ONU-Hábitat y que reúne periódicamente a responsables políticos, expertos, activistas, empresas y comunidades locales para compartir experiencias y explorar nuevas soluciones a los desafíos urbanos.
En conjunto, la resiliencia urbana funciona como un hilo conductor que enlaza riesgo de desastres, cambio climático, equidad social, género, gobernanza local y planificación del territorio, ayudando a construir ciudades que puedan seguir funcionando y mejorando la vida de sus habitantes incluso en un contexto de crisis encadenadas.
Mirar las ciudades desde la óptica de la resiliencia permite entenderlas como sistemas vivos en transformación constante, donde cada decisión de planificación, cada infraestructura y cada política pública influyen en la capacidad de afrontar choques y tensiones futuras; apostar por esta perspectiva significa, en última instancia, reforzar la protección de las personas, de su entorno y de los recursos que hacen posible la vida urbana.





