Salud y cambio climático: cómo nos afecta y qué podemos hacer

Última actualización: 26 abril 2026
  • El cambio climático altera aire, agua, alimentos y vivienda, generando impactos directos e indirectos en la salud física y mental.
  • Las personas y regiones más vulnerables sufren de forma desproporcionada los efectos sanitarios de la crisis climática.
  • El sector salud debe ser resiliente al clima y reducir su propia huella de carbono, integrando información climática y energías limpias.
  • Mitigar emisiones y adaptar sistemas aporta grandes beneficios sanitarios y económicos, especialmente al reducir la contaminación del aire.

salud y cambios climáticos

La crisis climática se ha convertido en uno de los mayores desafíos para la salud humana. Ya no hablamos de algo lejano o abstracto, sino de un fenómeno que está alterando el clima del planeta y, con él, las condiciones básicas que necesitamos para vivir: aire respirable, agua segura, alimentos suficientes y entornos habitables. Cada ola de calor, cada inundación o cada sequía deja tras de sí un impacto directo o indirecto en la salud de millones de personas.

Al mismo tiempo, los sistemas sanitarios forman parte del problema y de la solución. El sector de la salud consume muchos recursos y genera emisiones de gases de efecto invernadero, pero también tiene una capacidad enorme para liderar cambios, reducir su propia huella climática y proteger a las poblaciones más vulnerables. Entender bien cómo se relacionan el clima y la salud es clave para diseñar políticas públicas, planificar servicios sanitarios y tomar decisiones cotidianas que marquen la diferencia.

Qué es el cambio climático y por qué afecta tanto a la salud

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La comunidad internacional define el cambio climático como el cambio del clima atribuible directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera, sumándose a la variabilidad natural del clima. Desde principios de los años noventa, organismos como Naciones Unidas y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) han alertado de que el calentamiento global no es solo un problema ambiental, sino también un riesgo sanitario de primer orden.

El IPCC, creado en 1988, se encarga de revisar la evidencia científica, técnica y socioeconómica disponible sobre el clima y publicar informes de consenso aproximadamente cada cinco años. En sus primeros documentos apenas se mencionaba la salud, pero a partir de mediados de los noventa se empezó a dedicar capítulos específicos a los efectos sanitarios del calentamiento global, consolidando la idea de que la salud debe ocupar un lugar central en las políticas climáticas.

En el tercer informe del IPCC, publicado en 2001, se resumieron los principales mecanismos a través de los cuales el clima altera la salud. Desde entonces, diferentes informes posteriores, incluida la cuarta evaluación de 2007, han reforzado la conclusión de que buena parte de los impactos más importantes para las personas vendrán de los efectos indirectos: menos disponibilidad de agua, inseguridad alimentaria y un aumento de desastres asociados a fenómenos climáticos extremos.

El cambio climático incide sobre los requisitos básicos para una vida sana: aire limpio, agua potable, alimentos suficientes y vivienda segura. A medida que las temperaturas aumentan y el clima se vuelve más impredecible, estos pilares se debilitan, sobre todo en regiones con menos recursos, lo que agranda las desigualdades y complica aún más el acceso a servicios básicos de salud.

Impactos directos del cambio climático en la salud

Cuando se habla de salud y clima, los efectos directos son los más visibles: olas de calor, olas de frío y fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, tormentas violentas, ciclones o incendios forestales. Estos eventos pueden causar muertes inmediatas, lesiones graves y un aumento brusco de la demanda de atención sanitaria que pone en jaque a hospitales y centros de salud.

Las olas de calor intensas se asocian a un incremento de la mortalidad por golpes de calor, problemas cardiovasculares y respiratorios, especialmente en personas mayores, enfermos crónicos, bebés y quienes viven en viviendas mal aisladas. Por el contrario, los episodios de frío extremo también generan un aumento de fallecimientos por infartos, accidentes cerebrovasculares y enfermedades respiratorias, sobre todo en hogares sin calefacción adecuada.

Las inundaciones y tormentas fuertes provocan ahogamientos, traumatismos, cortes de suministro eléctrico y daños en infraestructuras sanitarias. Además, la destrucción de viviendas y servicios básicos deja a muchas personas sin un lugar seguro donde vivir, lo que aumenta el riesgo de infecciones, problemas de salud mental y empeoramiento de enfermedades previas que quedan sin seguimiento adecuado.

Los incendios forestales, cada vez más frecuentes y devastadores, generan grandes cantidades de humo y partículas finas que agravan patologías respiratorias como el asma o la EPOC, y se asocian también con efectos cardiovasculares y un aumento de ingresos hospitalarios. Su impacto no se limita a las zonas directamente afectadas, ya que las columnas de humo pueden desplazarse cientos de kilómetros.

Efectos indirectos: aire, agua, alimentos y enfermedades infecciosas

Más allá de los impactos inmediatos, el cambio climático altera lentamente sistemas esenciales y provoca efectos indirectos sobre la salud que a menudo pasan más desapercibidos, pero que en conjunto pueden ser incluso más importantes y duraderos. Entre ellos destacan los cambios en la calidad del aire, el agua, los alimentos y la distribución de enfermedades transmisibles.

En primer lugar, el calentamiento global modifica la calidad del aire y la concentración de alérgenos como el polen. Temperaturas más altas y cambios en las estaciones alargan o desplazan los periodos de polinización, incrementando los síntomas de alergias respiratorias en muchas personas. Además, el aumento de ozono troposférico y otros contaminantes empeora el asma y otras dolencias respiratorias.

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En segundo lugar, se prevé un aumento de enfermedades transmitidas por el agua y los alimentos. Las altas temperaturas favorecen la proliferación de bacterias y otros microorganismos patógenos, lo que incrementa el riesgo de gastroenteritis, diarreas y brotes de infecciones alimentarias, en especial en zonas con saneamiento deficiente y acceso limitado a agua potable.

Otro aspecto clave es la modificación de la distribución geográfica y la estacionalidad de enfermedades infecciosas transmitidas por vectores, como mosquitos o garrapatas. A medida que cambian las temperaturas y los patrones de lluvias, estos vectores pueden establecerse en regiones donde antes no sobrevivían, ampliando el área de riesgo para enfermedades como la malaria, el dengue o el zika.

Por último, las sequías prolongadas, la pérdida de tierras de cultivo y las inundaciones generan desplazamientos forzados de población hacia áreas urbanas, muchas veces en condiciones de precariedad. Esto favorece el hacinamiento, dificulta el acceso a servicios sanitarios y aumenta la vulnerabilidad frente a múltiples amenazas para la salud, desde infecciones hasta trastornos de salud mental.

Desigualdades y grupos especialmente vulnerables

La crisis climática no afecta por igual a todo el mundo: las personas y comunidades más vulnerables son quienes sufren las peores consecuencias. Las regiones más pobres y densamente pobladas, como buena parte de África o el sudeste asiático, ya están experimentando de forma desproporcionada el impacto de sequías, inundaciones y cambios en la productividad agrícola.

Dentro de cada país, ciertos grupos sociales soportan una carga especialmente elevada: mujeres, niños, personas mayores, personas con discapacidad, pueblos indígenas, trabajadores al aire libre, población en situación de pobreza o quienes viven en áreas remotas. Suelen tener menos acceso a servicios de salud, viviendas seguras, agua limpia o medios para protegerse de fenómenos extremos.

Por ejemplo, se ha observado que las personas con discapacidad tienen una probabilidad hasta cuatro veces mayor de morir en situaciones de desastre, debido a las barreras físicas, de comunicación y sociales que dificultan su evacuación y atención. Del mismo modo, las mujeres embarazadas, los recién nacidos y la infancia —en especial las niñas— sufren un riesgo elevado por enfermedades, malnutrición y exposición al calor extremo.

El cambio climático también supone un desafío para quienes viven con VIH u otras enfermedades crónicas. Interrupciones en los servicios de salud provocadas por inundaciones, pandemias u otros riesgos relacionados con el clima pueden cortar el acceso a medicación esencial, controles periódicos y tratamientos de seguimiento, lo que agrava las desigualdades existentes.

Este conjunto de factores crea un círculo vicioso de desigualdades y vulnerabilidad: quienes menos han contribuido a las emisiones de gases de efecto invernadero son, en muchos casos, quienes más sufren sus efectos. Por ello, las políticas climáticas y sanitarias deben incorporar la equidad como principio central y garantizar que nadie se quede atrás.

Carga global de enfermedad, mortalidad y salud mental

La Organización Mundial de la Salud estima que, entre 2030 y 2050, el cambio climático podría causar alrededor de 250 000 muertes adicionales al año por malnutrición, malaria, diarrea y estrés térmico. A esto hay que añadir los costes sanitarios directos, que se calculan en miles de millones de dólares anuales, sin contar las pérdidas económicas indirectas por reducción de productividad o daños a infraestructuras.

Desde el punto de vista económico, se prevé que los costes sanitarios directos asociados al cambio climático podrían situarse entre 2 000 y 4 000 millones de dólares al año para 2030. Esta cifra no incluye otros impactos financieros derivados de la destrucción de viviendas, cultivos o redes de transporte, que también influyen en la salud y el bienestar de las personas.

La crisis climática no solo afecta a la salud física, sino también a la salud mental y el bienestar emocional. La exposición a eventos meteorológicos extremos, los desplazamientos forzados, la pérdida de medios de vida, la hambruna y la malnutrición generan ansiedad, depresión, estrés postraumático y otros trastornos psicológicos que pueden prolongarse durante años.

Incluso sin sufrir directamente un desastre, muchas personas experimentan ecoansiedad y un sentimiento de incertidumbre crónica ante el futuro del planeta y de sus propias vidas. Esta carga emocional puede afectar especialmente a jóvenes y adolescentes, que perciben la crisis climática como una amenaza constante y, en ocasiones, como una injusticia generacional.

La combinación de problemas físicos, psicosociales y económicos hace que la crisis climática sea una de las mayores amenazas para la salud mundial del siglo XXI, recogida ya en numerosos análisis científicos y en la agenda de organismos internacionales. De ahí la urgencia de adoptar medidas contundentes tanto de mitigación como de adaptación.

El papel del sector salud: resiliencia y bajas emisiones

El sector sanitario tiene una doble cara: por un lado, debe proteger a la población de los impactos del cambio climático, y por otro, reducir la propia huella climática derivada de su funcionamiento. Los hospitales y centros de salud consumen grandes cantidades de energía, materiales y recursos, y son responsables de una parte relevante de las emisiones mundiales.

En 2020 se estimó que el sector de la salud generaba alrededor del 4,6 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Además, uno de cada tres establecimientos de salud carece de recursos suficientes para gestionar correctamente sus residuos, lo que incrementa los riesgos ambientales y sanitarios, tanto a nivel local como global.

Construir sistemas sanitarios resilientes al clima implica integrar información climática y meteorológica en la vigilancia de la salud. Esto significa conectar datos sobre temperaturas, lluvias, calidad del aire o pronósticos de fenómenos extremos con los sistemas que monitorizan enfermedades sensibles al clima, permitiendo anticipar riesgos y lanzar alertas tempranas.

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La resiliencia también exige adaptar las infraestructuras y operaciones sanitarias para que soporten fenómenos extremos. Hospitales, centros de salud y servicios de emergencia necesitan planes de contingencia, fuentes de energía de respaldo, sistemas de abastecimiento de agua seguros y diseños que minimicen la vulnerabilidad frente a inundaciones, olas de calor o tormentas.

Pero un sistema resiliente no se sostiene sin personas: es fundamental invertir en profesionales de salud formados en clima y salud, reforzar las intervenciones comunitarias y apoyar la acción climática local. Así se mejora el acceso equitativo a los servicios sanitarios y se garantiza que la atención llegue realmente a quienes más la necesitan, incluso en contextos de crisis climática.

Descarbonizar y “ecologizar” la sanidad

Además de ser resiliente, el sistema sanitario debe avanzar hacia un modelo de bajas emisiones y alto rendimiento ambiental. Esto abarca desde la elección de fuentes de energía hasta la compra de suministros, la gestión de residuos o el diseño de edificios y equipamientos médicos.

Una de las líneas clave es la transición a energías renovables en los centros de salud, sustituyendo combustibles fósiles por electricidad procedente de fuentes como la solar o la eólica. Esto reduce simultáneamente las emisiones de carbono y la contaminación del aire local, con beneficios directos para pacientes, personal sanitario y comunidades cercanas.

Otra prioridad es la ecologización de la cadena de suministro sanitaria, promoviendo criterios ambientales en la compra de medicamentos, material médico, dispositivos y servicios. Esto incluye reducir productos de un solo uso, optar por opciones con menor huella de carbono y exigir a proveedores compromisos de sostenibilidad sólidos.

La mejora de la eficiencia energética y la gestión adecuada de los residuos sanitarios es igualmente esencial. Edificios bien aislados, iluminación eficiente, sistemas de climatización optimizados y planes rigurosos de segregación, tratamiento y reciclaje de residuos ayudan a disminuir tanto el impacto climático como los costes operativos.

Durante la COP26 de 2021, varios países se comprometieron a reducir las emisiones de sus sistemas de salud y alcanzar la neutralidad climática hacia mitad de siglo. Para apoyar estos esfuerzos, la Organización Mundial de la Salud ha promovido iniciativas como la Alianza para la Acción Transformadora sobre Clima y Salud (ATACH), que ofrece apoyo técnico y coordina políticas climáticas vinculadas a la salud.

Experiencias en América Latina: huella de carbono y hospitales verdes

En distintos países de América Latina se han puesto en marcha proyectos concretos para medir y reducir la huella climática del sector sanitario. Estas experiencias muestran que es posible avanzar hacia sistemas de salud más sostenibles y resilientes, con beneficios tanto ambientales como económicos y sociales.

En Ecuador, por ejemplo, el Ministerio de Salud Pública y organizaciones especializadas colaboraron en un proyecto para estimar la huella de carbono de 35 establecimientos de salud. Los centros participantes recibieron asistencia técnica para recopilar datos de consumos y emisiones mediante una herramienta de monitoreo del impacto climático, lo que permitió identificar los principales focos emisores.

Tras este proceso, se presentaron resultados y se ofreció formación específica para elaborar planes de acción climática en cada institución. Entre las recomendaciones figuraban medidas para apoyar el cumplimiento de los compromisos nacionales de reducción de emisiones y para diseñar estrategias de descarbonización y resiliencia en el sector salud a nivel nacional.

En Colombia se firmó un acuerdo de colaboración con el Ministerio de Salud y Protección Social para calcular la huella climática del sistema sanitario a escala de establecimientos. Se desarrolló una metodología de muestreo, se seleccionaron Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS) y más de 400 centros completaron una capacitación en línea sobre el uso de la herramienta de monitoreo climático.

Posteriormente se organizaron las llamadas “Huellatones”, sesiones presenciales y virtuales para apoyar a los centros en el cálculo de sus emisiones. El análisis de los datos permitió estimar las emisiones de fuentes seleccionadas del sector salud colombiano y formular recomendaciones concretas para reducirlas, cuyos resultados se presentaron públicamente en 2023.

En Perú, en colaboración con el Ministerio de Salud, decenas de establecimientos iniciaron el proceso de adhesión a la Red Global de Hospitales Verdes y Saludables. Algunos centros participaron en proyectos piloto para cuantificar sus emisiones de gases de efecto invernadero y orientar estrategias de mitigación, mientras que otros países de la región, como México y Chile, han desarrollado formaciones similares para grupos de establecimientos públicos.

Combustibles fósiles, contaminación del aire y salud

El principal motor del cambio climático es la quema de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas, que libera grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, esta combustión genera contaminantes atmosféricos que dañan directamente la salud, creando una doble amenaza: calentamiento global y deterioro de la calidad del aire.

Los contaminantes producidos por centrales térmicas de carbón, vehículos diésel y otras fuentes similares incluyen partículas finas (PM2,5), óxidos de nitrógeno y compuestos tóxicos. Se ha demostrado que estos contaminantes contribuyen al desarrollo de asma, enfermedades respiratorias crónicas, cardiopatías, accidentes cerebrovasculares, cáncer de pulmón, diabetes y complicaciones en el embarazo.

Un análisis del Banco Mundial concluyó que la materia particulada procedente de la combustión de combustibles fósiles está entre los contaminantes más perjudiciales para la salud, asociada con un gran número de muertes prematuras. Se estima que eliminar estos combustibles podría evitar alrededor de 1,2 millones de fallecimientos anuales vinculados a la exposición a partículas ambientales derivadas de su uso.

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El coste global de los daños a la salud relacionados con la contaminación del aire se sitúa en torno a 8,1 billones de dólares al año, equivalentes a más del 6 % del PIB mundial. Reducir progresivamente el uso de carbón, petróleo y gas en favor de energías renovables genera, por tanto, una doble ganancia: mejora la salud pública y contribuye a frenar el cambio climático.

En el ámbito del transporte, la solución pasa por apostar por vehículos eléctricos alimentados con energía limpia y fomentar los desplazamientos activos —caminar y usar la bicicleta—. Quienes pedalean a diario emiten una cantidad de carbono muy inferior a quienes usan el coche en sus desplazamientos habituales, y además obtienen beneficios directos sobre su salud física y mental.

Alimentación, clima y salud: hacia dietas más sostenibles

Lo que comemos y la forma en que se produce, procesa y transporta la comida tiene un impacto enorme en el clima y en la salud. Se calcula que alrededor de un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero está vinculado al sistema alimentario, desde la producción hasta el desperdicio de alimentos.

La mayor parte de estas emisiones proviene de la producción de alimentos de origen animal intensiva en uso de tierras, como la ganadería de carne roja, algunos productos lácteos y ciertas formas de acuicultura. Estos sistemas suelen requerir grandes superficies para pastos o cultivos de pienso, así como insumos energéticos elevados, lo que se traduce en un fuerte impacto climático.

Por el contrario, los alimentos de origen vegetal —frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales— tienden a requerir menos tierra, agua y energía, y a generar menos emisiones por cada caloría o gramo de proteína producidos. Desde la perspectiva de la salud, las dietas ricas en vegetales se asocian con un menor riesgo de obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, ictus y algunos tipos de cáncer.

Adoptar patrones alimentarios más equilibrados, con mayor protagonismo de productos vegetales y menor consumo de carne roja y procesada, reduce simultáneamente la huella climática y el riesgo de enfermedades crónicas. Esto es especialmente relevante en países de ingresos altos, donde el consumo de calorías y proteínas de origen animal es, en general, superior a las necesidades reales.

Ahora bien, en contextos de bajos ingresos, los productos de origen animal pueden ser una fuente importante de proteínas y micronutrientes, especialmente en dietas poco diversificadas. Por ello, las recomendaciones deben adaptarse a cada realidad, buscando siempre mejorar la salud sin agravar la inseguridad alimentaria ni comprometer la nutrición de las poblaciones vulnerables.

En los hogares, el uso de combustibles contaminantes para cocinar —como leña, carbón o queroseno— provoca más de 3 millones de muertes prematuras al año, además de contribuir a las emisiones de dióxido de carbono y carbono negro, uno de los componentes de partículas finas con mayor impacto climático. Sustituir estos combustibles por soluciones limpias, como cocinas mejoradas o energía solar, protege la salud respiratoria y ayuda a mitigar el calentamiento global.

Mitigación y adaptación: beneficios sanitarios de la acción climática

La ciencia es contundente: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es una inversión en salud. Dejar atrás los combustibles fósiles e impulsar sistemas de transporte, producción de alimentos y generación de energía más sostenibles tiene efectos positivos inmediatos y a largo plazo para las personas y el planeta.

Las políticas de mitigación que se alinean con los objetivos del Acuerdo de París pueden evitar cerca de un millón de muertes anuales para 2050 solo con la reducción de la contaminación del aire. Si se tienen en cuenta todos los beneficios sanitarios derivados de una menor exposición a contaminantes, dietas más sanas y mayor actividad física, el valor económico de estas ganancias podría ser aproximadamente el doble del coste de las políticas climáticas necesarias.

Las estrategias de adaptación, por su parte, se centran en reducir la vulnerabilidad de los sistemas naturales y humanos frente a los impactos ya inevitables del cambio climático. Esto incluye reforzar los sistemas de salud pública, mejorar la vigilancia epidemiológica, adaptar infraestructuras, proteger los recursos hídricos y planificar respuestas ante emergencias climáticas.

Organismos internacionales insisten en que estas medidas deben ser intersectoriales e involucrar a toda la sociedad. No basta con actuar solo desde el ámbito sanitario: se necesitan políticas coordinadas en energía, transporte, urbanismo, agricultura, educación y protección social, siempre con la equidad y el principio de precaución como ejes fundamentales.

A medida que se intensifican las olas de calor, las sequías y otros eventos extremos, se vuelve imprescindible integrar la salud en todas las políticas climáticas. Hacerlo bien no solo evita muertes y enfermedades, sino que también fortalece la resiliencia de las comunidades y contribuye a construir sociedades más justas y sostenibles.

La relación entre clima y salud atraviesa prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana: desde cómo nos movemos por la ciudad hasta qué comemos o qué tipo de energía utilizan los hospitales. Entender esa conexión y actuar en consecuencia permite que la acción climática se convierta en una poderosa palanca para mejorar la salud pública, reducir desigualdades y garantizar que las generaciones futuras puedan vivir en un entorno habitable y más sano que el que hoy nos preocupa.