Consumo sostenible: claves, ejemplos y nueva ley en España

Última actualización: 30 enero 2026
  • El consumo sostenible equilibra impacto ambiental, social y económico a lo largo de todo el ciclo de vida de productos y servicios.
  • Implica pasar del modelo de usar y tirar a otro basado en reparación, reutilización, proximidad y reducción de residuos.
  • La futura Ley de Consumo Sostenible reforzará el derecho a reparar, el etiquetado transparente y la lucha contra la obsolescencia programada.
  • Las decisiones cotidianas de las personas consumidoras son decisivas para impulsar modelos de producción y consumo más responsables.

consumo sostenible

El consumo sostenible se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo: cada compra que hacemos, cada producto que usamos y tiramos, deja una huella en el planeta y en la sociedad. Con una población creciente, recursos limitados y un clima cada vez más desestabilizado, ya no vale con mirar hacia otro lado; toca replantearse cómo vivimos y qué modelo de consumo queremos apoyar.

Lejos de ser una moda pasajera o algo reservado a gente muy “eco”, el consumo y la producción sostenibles son una pieza clave de la agenda internacional, forman parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (en concreto el ODS 12) y se están integrando en leyes como la futura Ley de Consumo Sostenible en España. Entender bien de qué hablamos, qué implica en la práctica y qué papel jugamos como personas consumidoras es básico para movernos con criterio.

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Qué es el consumo sostenible y en qué se diferencia del consumo tradicional

Cuando hablamos de consumo sostenible nos referimos a un modo de consumir que busca cubrir nuestras necesidades sin arrasar con los recursos del planeta ni vulnerar derechos humanos o laborales. No se trata solo de comprar menos, sino de comprar mejor, integrando criterios ambientales, sociales y económicos en cada decisión.

El consumo responsable o consciente implica preguntarse por la historia completa de lo que compramos: quién lo ha producido, en qué condiciones, con qué materiales, qué impacto tiene en el medio ambiente, cuánto durará, si se puede reparar o reciclar y qué ocurrirá cuando deje de servirnos. Es un enfoque que intenta «hacer más y mejor con menos», desvinculando el crecimiento económico de la degradación ambiental.

Frente al modelo de “usar y tirar” basado en la sobreproducción y el consumo acelerado, el consumo sostenible apuesta por alargar la vida útil de los productos, reducir residuos, aprovechar al máximo los materiales y fomentar una economía circular donde lo que hoy es residuo pueda convertirse mañana en recurso.

La ONU define el consumo sostenible como el uso de bienes y servicios que responden a las necesidades básicas y mejoran la calidad de vida, minimizando el uso de recursos naturales, sustancias tóxicas y la generación de residuos y emisiones contaminantes durante todo el ciclo de vida del producto, sin poner en peligro las posibilidades de las generaciones futuras.

consumo responsable

Los tres pilares de la sostenibilidad: ambiental, social y económico

Para que un producto, servicio o modelo de negocio pueda considerarse realmente sostenible, debe equilibrar tres dimensiones que se representan a menudo como tres círculos que se superponen: medioambiente, sociedad y economía. La intersección de los tres da lugar a la verdadera sostenibilidad.

El pilar ambiental se centra en el uso responsable y eficiente de los recursos naturales: agua, energía, suelo, bosques, minerales, biodiversidad… Aquí entran cuestiones como reducir la huella ecológica, minimizar residuos y emisiones, apostar por energías renovables y favorecer la economía circular, donde los materiales se mantienen en uso el máximo tiempo posible.

El pilar social tiene que ver con el respeto a los derechos humanos y laborales a lo largo de toda la cadena de valor: condiciones dignas de trabajo, salarios justos, seguridad laboral, igualdad de género, ausencia de trabajo infantil, así como el apoyo a comunidades locales mediante el consumo de proximidad y la garantía de acceso equitativo a bienes y servicios esenciales.

El pilar económico se enfoca en la viabilidad y la creación de valor a largo plazo, impulsando modelos de negocio que integran la sostenibilidad en su estrategia: productos más duraderos y eficientes, procesos de producción menos intensivos en recursos, innovación en materiales y servicios, y una visión que prioriza la estabilidad futura frente al beneficio rápido.

Si uno de estos pilares falla o queda muy debilitado, no podemos hablar de sostenibilidad completa. Un producto puede ser ecológico pero fabricado vulnerando derechos laborales, o muy ético a nivel social pero diseñado para durar poco y generar residuos sin control. El consumo sostenible busca ese difícil equilibrio entre las tres patas.

Recursos limitados y tipos de recursos: por qué nuestro consumo tiene un límite

Gran parte del problema actual reside en que consumimos como si los recursos del planeta fueran infinitos, cuando en realidad muchos de ellos son finitos o se regeneran muy lentamente. Los bienes de consumo que usamos a diario dependen de recursos vegetales, animales, minerales, agua y energía que tienen límites físicos.

Los recursos no renovables, como ciertos minerales o combustibles fósiles, no pueden regenerarse a la velocidad a la que los consumimos. Una vez extraídos y utilizados, o bien se agotan o resultan tan costosos de recuperar que, en la práctica, desaparecen como opción viable. Su sobreexplotación encarece las materias primas y pone en riesgo el acceso de las generaciones futuras.

Incluso los recursos renovables, como el agua dulce, los bosques o determinados caladeros de pesca, tienen una capacidad de regeneración limitada. Si los usamos por encima de ese ritmo, se degradan o colapsan. El consumo sostenible insiste en utilizar los recursos renovables dentro de su capacidad de renovación, evitando exprimirlos más allá de lo que la naturaleza puede soportar.

Esta presión sobre los recursos se traduce en impactos muy concretos: pérdida de biodiversidad, deforestación, agotamiento de acuíferos, contaminación de suelos y océanos, incremento de residuos, cambio climático… Todo ello, además, tiene consecuencias sociales y económicas, como el aumento del precio de los productos, conflictos por el agua o migraciones forzadas.

Desarrollo sostenible, ciclo de vida y productos sostenibles

El concepto de desarrollo sostenible se popularizó con el Informe Brundtland de la ONU en 1987, que lo definió como aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. Esta idea está íntimamente ligada a la ciencia ambiental y a la forma en la que producimos y consumimos.

Cuando hablamos de bienes y productos sostenibles, no basta con fijarse solo en el momento de la compra. Es necesario analizar todo el ciclo de vida del producto: desde la obtención de las materias primas, el transporte, la fabricación, el empaquetado y la distribución, hasta el uso, el mantenimiento y lo que ocurre después (reutilización, reciclaje, valorización o eliminación final).

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En cada una de estas fases hay impactos ambientales, sociales y económicos que se pueden medir y reducir. Muchas empresas aplican análisis de ciclo de vida (ACV) para evaluar si merece la pena sacar un producto al mercado o no, especialmente aquellas que cuentan con códigos éticos y políticas de responsabilidad social y ambiental.

Los productos sostenibles, por tanto, suelen compartir ciertas características clave: están diseñados para durar, ser reparables y eficientes en el uso de energía y materiales; utilizan, en lo posible, materias primas renovables o recicladas; minimizan el embalaje; y facilitan su reciclaje o reutilización al final de su vida útil.

Sin embargo, en el mercado nos encontramos con un panorama bastante confuso: etiquetas como “eco”, “natural”, “artesano” o “sostenible” no siempre están bien reguladas, hay multitud de sellos con significados muy distintos y, en algunos casos, las propias empresas crean certificaciones a medida para autohomologarse sin un control independiente.

Greenwashing, socialwashing y otros “lavados” de imagen

Uno de los grandes riesgos del auge del consumo sostenible es el llamado greenwashing o “lavado verde”, es decir, cuando una empresa exagera o directamente inventa su compromiso ambiental para parecer más responsable de lo que realmente es. Se utilizan mensajes, imágenes o etiquetas “verdes” que no se corresponden con prácticas reales.

Además del greenwashing, han surgido otros tipos de maquillajes reputacionales: el socialwashing, cuando una marca se presenta como muy comprometida con causas sociales sin que ese compromiso se refleje en su modelo de negocio; el feminismwashing, cuando se apropia de discursos feministas para vender más sin aplicar la igualdad en su propia organización; o el healthwashing, que presenta productos como “muy saludables” sin una base sólida.

Para las personas consumidoras esto supone un reto importante: distinguir qué sellos y certificaciones aportan garantías reales y cuáles son puro marketing. La clave pasa por informarse bien, contrastar fuentes, desconfiar de mensajes excesivamente vagos y priorizar aquellas marcas que ofrecen datos concretos y verificables sobre su impacto social y ambiental.

Elegir productos locales, de temporada y de proximidad suele ser una estrategia más fiable, ya que reduce las emisiones asociadas al transporte y facilita conocer mejor la trazabilidad: de dónde viene el producto, quién lo ha producido y bajo qué condiciones. Preguntar, leer etiquetados con calma y no dejarse llevar solo por la publicidad son pasos básicos del consumo crítico.

Consumo y producción sostenibles en la agenda internacional

La preocupación por el consumo sostenible no es nueva, aunque en los últimos años haya ganado mucha visibilidad. Ya en 1992, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (UNCED), el concepto se recogió en el capítulo 4 de la Agenda 21, como parte del camino hacia un desarrollo más equilibrado.

En 1994, el Simposio de Oslo propuso una de las definiciones más citadas de consumo sostenible, centrada en el uso de bienes y servicios que satisfacen necesidades básicas y mejoran la calidad de vida minimizando el uso de recursos naturales, materiales tóxicos y emisiones durante todo el ciclo de vida del producto, sin comprometer las necesidades futuras.

A partir de mediados de los años noventa, el tema fue entrando de lleno en diferentes organismos internacionales: en 1995 el Consejo Económico y Social de la ONU impulsó su incorporación a las Directrices para la Protección del Consumidor; en 1997 la OCDE publicó un informe relevante sobre consumo sostenible; y en 1998 el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) puso en marcha un programa específico, mencionado también en informes del PNUD.

En 2002, en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, se acordó un programa de diez años sobre consumo y producción sostenibles (SCP), que derivó posteriormente en el llamado Proceso de Marrakech, coordinado por el PNUMA y el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU para avanzar en marcos y acciones internacionales.

Al mismo tiempo, han ido apareciendo instituciones y centros de investigación que profundizan en estas cuestiones, como el Centro de Producción y Consumo Sostenible o el Instituto de Consumo Sostenible de la Universidad de Mánchester, impulsado en 2007 con una importante financiación privada de la cadena de supermercados Tesco.

Consumo sostenible “débil” y “fuerte”: eficiencia y cambio de hábitos

En el debate académico y político se suele distinguir entre enfoques “débiles” y “fuertes” de consumo sostenible. El enfoque débil se centra sobre todo en mejorar la eficiencia: hacer lo mismo, pero con menos recursos, gracias a la innovación tecnológica y a la ecoeficiencia.

Las mejoras tecnológicas permiten reducir el uso de energía, agua o materiales por unidad de producto, lo que es absolutamente necesario. Sin embargo, si el volumen total de consumo sigue creciendo sin parar, esas mejoras pueden quedar neutralizadas por el llamado “efecto rebote”: ahorramos por un lado, pero acabamos usando más cosas o consumiendo más servicios.

El enfoque fuerte de consumo sostenible va un paso más allá y plantea cambios en los patrones de consumo y, cuando hace falta, una reducción de los niveles de consumo, especialmente en los países más industrializados. No se trata solo de «consumir verde», sino también de cuestionar qué necesitamos realmente y qué forma de vida queremos sostener.

Este enfoque fuerte pone mucho énfasis en la dimensión social del bienestar: calidad de vida no es necesariamente sinónimo de poseer más cosas, sino de tener cubiertas las necesidades básicas, disfrutar de tiempo libre, relaciones, salud y entornos saludables. Evaluar los riesgos a largo plazo, tanto ambientales como sociales, es parte fundamental de esta mirada.

Para avanzar hacia un consumo sostenible fuerte hacen falta cambios tanto en las infraestructuras como en las opciones de las personas consumidoras: ciudades inteligentes pensadas para desplazamientos sostenibles, sistemas de reparación accesibles, alternativas de alquiler y segunda mano, políticas públicas que incentiven modelos circulares… En muchos debates políticos, sin embargo, todavía predomina el enfoque más débil centrado casi exclusivamente en la eficiencia.

El papel clave de las personas consumidoras: la brecha entre actitud y comportamiento

En teoría, la ciudadanía tiene un papel protagonista en la transición hacia un consumo más sostenible. Las decisiones de compra podrían orientar el mercado hacia modelos más responsables: si aumenta la demanda de productos éticos y ecológicos, las empresas tienen más incentivos para adaptarse.

Sin embargo, numerosos estudios han detectado una importante brecha entre lo que la gente dice y lo que realmente hace: muchas personas se declaran preocupadas por el medio ambiente o la justicia social, pero esa preocupación no siempre se traduce en cambios concretos en sus patrones de consumo.

Las razones de esta brecha actitud-comportamiento son variadas: falta de tiempo para informarse, dificultad para comparar opciones, precios más elevados de ciertos productos sostenibles, sobrecarga de información y esfuerzo mental para tomar cada decisión, inercia de hábitos, presión social o falta de alternativas reales en determinados contextos.

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Investigaciones como las de Young y otros autores han identificado barreras muy habituales, como la sensación de que el impacto individual es insignificante, la desconfianza ante ciertos mensajes “verdes” o la percepción de que consumir de forma sostenible es complicado y caro. Superar estas barreras requiere políticas públicas, educación, transparencia empresarial y también cambios culturales.

Hábitos y ejemplos concretos de consumo sostenible en el día a día

Aunque el reto sea enorme, hay muchas decisiones cotidianas que podemos ir ajustando sin necesidad de cambiarlo todo de la noche a la mañana. Se trata de ir incorporando nuevos hábitos poco a poco, de forma realista, para que se mantengan en el tiempo.

En el hogar

El hogar es uno de los espacios donde más fácil resulta introducir cambios hacia un consumo más responsable. Ajustar la calefacción y el aire acondicionado a temperaturas eficientes (alrededor de 20-21ºC en invierno y 24-25ºC en verano), mejorar el aislamiento o ventilar con cabeza reduce tanto la factura como las emisiones y mejora la eficiencia energética.

El uso de iluminación eficiente, como bombillas LED, y el hábito de apagar luces y aparatos cuando no se utilizan es otro gesto sencillo con mucho impacto acumulado. Evitar el modo “standby” en televisores, ordenadores y otros dispositivos también suma.

Reparar antes de sustituir es uno de los principios básicos del consumo sostenible. Intentar arreglar electrodomésticos, móviles, muebles o ropa (ya sea por cuenta propia, en servicios técnicos o en talleres de reparación colaborativa) ayuda a alargar su vida útil y a reducir residuos electrónicos y materiales.

En el uso del agua, pequeñas medidas como instalar aireadores en los grifos, optar por duchas cortas o evitar que el agua corra sin necesidad pueden rebajar notablemente el consumo, tal y como recogen varios trucos para ahorrar. Reutilizar envases, frascos y otros recipientes para nuevos usos contribuye también a reducir el volumen de residuos que generamos.

En las compras

Planificar las compras, tanto de alimentación como de otros productos, ayuda a evitar compras impulsivas que luego apenas se utilizan. Ir con una lista, revisar lo que ya tenemos en casa y priorizar lo que realmente hace falta es un buen punto de partida; por ejemplo, consultar guías sobre puede ayudar a hacerlo de forma más eficiente.

Apostar por la calidad frente a la cantidad suele ser una inversión inteligente: productos más resistentes y duraderos, aunque cuesten algo más, reducen la necesidad de reemplazarlos constantemente y ahorran dinero y recursos a medio plazo.

Elegir productos locales y de temporada disminuye las emisiones asociadas al transporte y apoya a la economía de proximidad. Un ejemplo muy gráfico es el de la fruta: unos mangos cultivados en Málaga tendrán, en general, un impacto de transporte mucho menor que aquellos que han viajado desde Brasil en cámaras frigoríficas que consumen grandes cantidades de energía.

También resulta clave reducir los envases innecesarios: optar por productos a granel cuando sea posible, llevar bolsas reutilizables y evitar artículos con embalajes excesivos. En paralelo, elegir marcas con compromisos ambientales y sociales claros (certificaciones robustas, transparencia sobre su cadena de suministro, objetivos de reducción de emisiones, etc.) refuerza la demanda de prácticas más responsables.

En el transporte y la movilidad

La forma en la que nos movemos tiene un peso enorme en nuestra huella ambiental. Priorizar la movilidad sostenible, como el transporte público, la bicicleta, el patinete o simplemente ir andando en trayectos cortos reduce emisiones y, además, mejora la salud.

Cuando no queda otra que usar coche, compartir vehículo a través de sistemas de carpooling o con conocidos ayuda a optimizar los desplazamientos. La conducción eficiente (evitar acelerones, mantener una velocidad moderada, revisar la presión de los neumáticos) también recorta consumos de combustible.

El auge del teletrabajo y los modelos híbridos ofrece la oportunidad de reducir desplazamientos diarios. Acordar ciertos días de trabajo remoto, cuando el puesto lo permite, puede suponer un recorte significativo de emisiones derivadas del transporte habitual.

En la alimentación

La alimentación es otra área en la que pequeñas decisiones suman mucho. Planificar menús semanales y ajustar la compra a lo que realmente se va a consumir ayuda a reducir el desperdicio de comida, uno de los grandes problemas actuales.

Elegir productos frescos y de temporada y de proximidad disminuye el impacto ambiental y suele ser más saludable. Reducir el peso de los ultraprocesados en la cesta de la compra es positivo tanto para el planeta como para la salud personal.

Incorporar más alimentos de origen vegetal y moderar el consumo de carne, especialmente la de origen industrial intensivo, es una de las estrategias más recomendadas por los expertos para disminuir la huella de carbono y el uso de recursos como agua o suelo.

Aprovechar las sobras para crear nuevas recetas y congelar aquello que no se vaya a consumir a corto plazo son prácticas sencillas que permiten sacarle todo el partido a los alimentos y evitar que acaben en la basura todavía en buen estado.

Ejemplos de consumo responsable e irresponsable

Entre los ejemplos claros de consumo responsable podemos mencionar gestos como usar botellas reutilizables en lugar de comprar agua embotellada a diario, optar por ropa de segunda mano o de marcas con criterios de sostenibilidad, contratar electricidad de origen renovable o elegir electrodomésticos con alta eficiencia energética.

También son prácticas alineadas con el consumo sostenible reparar dispositivos electrónicos antes de cambiarlos, utilizar aplicaciones de economía colaborativa para compartir o alquilar en vez de comprar, o planificar las comidas para evitar desperdicios alimentarios.

En el lado opuesto, ejemplos de consumo poco responsable incluyen comprar por impulso cosas que apenas se usarán, tirar comida en perfecto estado, cambiar de móvil únicamente por tener el último modelo o abusar de productos de un solo uso como vasos y cubiertos desechables.

Otros comportamientos habituales pero poco sostenibles son dejar luces encendidas sin motivo, mantener aparatos en modo espera durante horas, olvidar el grifo abierto o no separar correctamente los residuos, especialmente aquellos más peligrosos como pilas, aparatos electrónicos o medicamentos caducados.

Medidas prácticas para avanzar hacia un modelo de consumo sostenible

Más allá de los ejemplos anteriores, hay una serie de medidas muy concretas que ayudan a cambiar de modelo. Una de las principales es abandonar la lógica del “usar y tirar” y alargar al máximo el ciclo de vida de electrodomésticos y dispositivos electrónicos, recurriendo a la reparación siempre que sea viable.

Reutilizar y dar una segunda vida a todo tipo de bienes que lo permitan (muebles, ropa, envases, materiales de bricolaje, etc.) forma parte del corazón de la economía circular. El mercado de segunda mano y las plataformas de intercambio facilitan esta reutilización.

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Elegir productos cuyos materiales sean reciclables y que no abusen de los embalajes reduce la presión sobre recursos vírgenes y simplifica la gestión de residuos. Comprar artículos de calidad, aunque suponga un mayor desembolso inicial, suele compensar a largo plazo en términos económicos y ambientales.

La correcta separación y entrega de residuos es igualmente esencial. Depositar cada material en su contenedor (orgánico, envases, papel y cartón, vidrio, restos) facilita que puedan ser reciclados. En el caso de residuos especiales como pilas, aparatos electrónicos o medicamentos caducados, llevarlos a puntos limpios, ecoparques o contenedores específicos como los puntos SIGRE en farmacias evita daños graves a los ecosistemas.

Finalmente, dar preferencia a medios de transporte menos contaminantes y reducir el uso del coche privado cuando existan alternativas razonables, así como respaldar a las marcas que demuestran una apuesta clara por la reducción de emisiones y prácticas sostenibles en su producción, son pasos adicionales para alinear nuestro estilo de vida con un consumo más consciente.

La futura Ley de Consumo Sostenible en España

En paralelo a los cambios individuales, las políticas públicas están empezando a mover ficha. En España, el anteproyecto de Ley de Consumo Sostenible pretende adaptar el marco legal a los retos actuales de cambio climático, sobreproducción, pérdida de biodiversidad y falta de transparencia en muchas prácticas empresariales.

Esta norma incorpora dos directivas europeas clave: la conocida como Directiva de Empoderamiento de los Consumidores para la Transición Ecológica y la Directiva del Derecho a Reparar. El objetivo común es reforzar los derechos de las personas consumidoras y favorecer productos más duraderos, reparables y transparentes.

La ley persigue reducir residuos, la extracción de materias primas y las emisiones asociadas a la producción masiva, promoviendo la reparación frente al descarte. Además, limitará prácticas de comunicación que refuercen modelos muy intensivos en combustibles fósiles, como la publicidad de estos combustibles y de vehículos que funcionen exclusivamente con ellos.

También contempla restricciones a la publicidad de vuelos cortos cuando existan alternativas menos contaminantes cuya duración no supere en más de dos horas y media a la del avión, y aborda otras cuestiones de protección al consumidor, como controlar los incrementos abusivos de precio en la reventa de entradas a eventos culturales o deportivos o exigir que se informe de forma clara sobre la “reduflacción”, es decir, cuando baja la cantidad de producto pero se mantiene el precio.

El anteproyecto fue aprobado por el Consejo de Ministros el 1 de julio de 2025 y se espera que, tras su paso por el Parlamento y los plazos de adaptación empresarial, pueda entrar en vigor previsiblemente a lo largo de 2026, aunque esto dependerá del calendario legislativo definitivo.

Objetivos centrales de la Ley de Consumo Sostenible

La futura ley nace con la intención de transformar el modelo de consumo dominante, fuertemente apoyado en el usar y tirar, hacia otro más respetuoso con el planeta y socialmente justo. Para ello, se han fijado varios objetivos principales.

En primer lugar, reforzar la protección de las personas consumidoras, garantizando que cuenten con información clara y fiable sobre la durabilidad de los productos, su reparabilidad, el acceso a servicios de reparación y mantenimiento, y unas garantías legales más amplias y efectivas.

En segundo lugar, impulsar la economía circular y los modelos de negocio alternativos, favoreciendo la reutilización, la reparación antes que la sustitución, el diseño de productos más duraderos y reciclables, así como el auge de fórmulas como el alquiler, el reacondicionamiento o la venta de segunda mano.

Otro objetivo clave es combatir la obsolescencia programada. La norma prohibirá de forma expresa diseñar productos para que fallen antes de tiempo, obligará a garantizar la disponibilidad de repuestos durante varios años y facilitará el acceso a servicios técnicos y manuales de reparación. Asimismo, impedirá ocultar información relevante sobre actualizaciones de software que perjudiquen el funcionamiento de un dispositivo o presentarlas como imprescindibles cuando no lo sean.

La ley también apuesta por un etiquetado mucho más claro sobre el impacto ambiental y social de los productos, algo en línea con iniciativas europeas como el Pasaporte Digital de Producto. Se prevé incorporar información sobre huella de carbono, condiciones laborales de producción, contenido reciclado y posibilidades de reciclaje, entre otros datos relevantes.

Finalmente, pretende fomentar una cultura de consumo más consciente y responsable a través de campañas informativas, programas educativos en centros escolares y apoyo a proyectos locales que promuevan prácticas sostenibles. La idea es que la ciudadanía cuente con más herramientas para cuestionar mensajes de greenwashing o “publicidad del miedo” que manipulen emociones para incentivar compras innecesarias.

Cómo afectará la Ley de Consumo Sostenible a las personas consumidoras

La nueva ley sitúa a las personas consumidoras en el centro como agentes de cambio. Les proporcionará más información, más derechos y mayor capacidad para influir en el tipo de productos que se ofrecen en el mercado.

Uno de los cambios más relevantes será el acceso a datos clave antes de la compra: se indicará la vida útil estimada de los productos, su grado de reparabilidad (facilidad de reparación, disponibilidad de piezas, etc.) y su impacto ambiental y social. Esto permitirá comparar alternativas con más criterio.

Se reforzará además el derecho a reparar, intentando romper con la lógica de que sale más barato comprar nuevo que reparar. Los fabricantes deberán ofrecer recambios y asistencia técnica durante un periodo más prolongado, y se priorizará la reparación frente a la sustitución en las garantías.

Las garantías legales se ampliarán, pudiendo llegar hasta cinco años en determinados casos, lo que incentivará a las empresas a diseñar productos más duraderos. A la vez, el nuevo etiquetado obligatorio mostrará de forma más transparente la durabilidad, la reparabilidad y el desempeño ambiental y social de cada artículo.

Con estas herramientas, la ciudadanía estará mejor posicionada para exigir transparencia y coherencia a las marcas, evitando caer en prácticas engañosas como el greenwashing o la publicidad alarmista que se aprovecha del miedo. Apoyar a las empresas que ya están apostando por la calidad, el ecodiseño y la responsabilidad social ayudará a extender un modelo de consumo más alineado con los límites del planeta.

El consumo sostenible, en definitiva, combina cambios personales, marcos legales más exigentes y una transformación empresarial profunda; no es un todo o nada ni algo reservado a unos pocos, sino un camino progresivo en el que cada decisión -desde arreglar un electrodoméstico hasta elegir un producto local con menos envase- suma para que nuestro bienestar actual no se construya a costa del futuro de quienes vendrán detrás.