- La Ciudad Universitaria de Madrid nace en 1927 como gran proyecto modernizador, inspirado en los campus norteamericanos y concebido como una ciudad del saber.
- Durante la Guerra Civil el campus se convierte en frente decisivo, escenario de la defensa de Madrid, de la actuación de las Brigadas Internacionales y de una intensa destrucción material y simbólica.
- El franquismo reconstruye la Ciudad Universitaria como espacio de propaganda y control, con fuertes procesos de represión académica y monumentalización de la victoria.
- La evolución de otros campus, como la UNI en Lima o los de Aveiro y Alicante, muestra el paso de modelos cerrados a procesos flexibles, integrados en la ciudad y adaptados a nuevas formas de docencia e investigación.
La historia del campus universitario es mucho más que un relato de edificios y planos: es el reflejo de cómo cambian la ciudad, la política, la ciencia y hasta las guerras. A lo largo del siglo XX, en España y en otros países, el concepto de «ciudad universitaria» ha pasado de ser un sueño modernizador a convertirse en auténticos paisajes de memoria, conflicto, reconstrucción y vida cotidiana estudiantil.
En este recorrido vamos a detenernos, con calma pero sin rodeos, en tres grandes ejes: el origen y desarrollo de la Ciudad Universitaria de Madrid (especialmente su papel en la Guerra Civil y la dictadura franquista), la evolución del campus como modelo urbano y arquitectónico, y algunos ejemplos clave de Latinoamérica y Europa que ayudan a entender cómo ha ido cambiando este paradigma de campus. Todo ello con una mirada histórica, pero usando un lenguaje cercano y lo más claro posible.
El nacimiento de la Ciudad Universitaria de Madrid
El origen de la Ciudad Universitaria de Madrid se remonta al Real Decreto de 17 de mayo de 1927, cuando el rey Alfonso XIII crea la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria. En este organismo se daban cita autoridades políticas, representantes académicos y destacados arquitectos, con una misión muy clara: dotar a Madrid de un gran campus moderno que solucionara la crónica falta de espacio de la Universidad Central instalada en el antiguo noviciado de la calle San Bernardo.
En la Junta Constructora jugó un papel llamativo Florestán Aguilar, dentista y amigo personal del monarca, que conocía de primera mano los campus norteamericanos. Sus viajes y contactos fueron clave para trasladar a Madrid la idea de un campus amplio, verde, funcional, pensado como una auténtica ciudad universitaria al estilo estadounidense, rompiendo con el esquema de facultades dispersas en edificios históricos del centro urbano.
La responsabilidad técnica del proyecto recayó en el arquitecto Modesto López Otero, entonces director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Él coordinó un equipo mixto de arquitectos e ingenieros que, en 1928, redactó el gran proyecto urbanístico de la Ciudad Universitaria. El diseño preveía distintas áreas especializadas -ciencias, letras, salud, artes- articuladas entre sí y conectadas con la ciudad mediante nuevas infraestructuras.
La construcción se dividió en fases, arrancando una primera etapa entre 1927 y 1930 y consolidándose a partir de 1929 con el inicio de los movimientos de tierras y la urbanización del conjunto. Antes de la Guerra Civil se levantó una buena parte de la primera fase: la zona sanitaria con el Hospital Clínico San Carlos y las facultades de Medicina, Farmacia y Odontología; la zona de Ciencias con Químicas, Físicas y Matemáticas; la plataforma de Letras con Filosofía y Derecho; y el área de Artes con la Escuela de Arquitectura junto a los campos de deportes y las residencias de estudiantes.
Todo este entramado se concebía como una auténtica ciudad en miniatura: residencias, equipamientos deportivos, facultades, servicios comunes y, algo muy avanzado para la época, una Central Energética de calefacción urbana proyectada por el arquitecto Sánchez Arcas y el ingeniero Eduardo Torroja entre 1929 y 1932, hoy también reconocida como bien de interés cultural por su valor dentro de la arquitectura racionalista española.
Un campus con valor patrimonial y una compleja delimitación territorial
Con el paso de las décadas, la Ciudad Universitaria ha sido reconocida como un conjunto histórico de enorme valor cultural y paisajístico. Desde 1999 ostenta la condición de Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de conjunto histórico, una protección que no solo alcanza a los edificios singulares, sino también a los espacios libres, las perspectivas y su relación con el entorno natural.
El campus se sitúa en el distrito de Moncloa-Aravaca, en el noroeste de Madrid, en contacto con el parque del Oeste, el barrio de Argüelles y próximo al distrito de Tetuán, apoyándose sobre la M-30 que lo separa del río Manzanares, dentro del área de influencia del Monte de El Pardo. Esta localización hace que funcione como un puente visual y ambiental entre el tejido urbano compacto y los grandes espacios naturales que rodean la ciudad.
El ámbito protegido abarca una combinación de espacios y propiedades que comparten una unidad ambiental y un origen histórico común, derivado de las antiguas segregaciones de la Dehesa de Amaniel. No se trata de una simple suma de parcelas universitarias, sino de un paisaje coherente con continuidad histórica, donde pesan tanto los edificios como las avenidas, las zonas verdes, los ejes visuales y los límites con infraestructuras como la M-30 o el Club de Campo.
La delimitación oficial del conjunto histórico es compleja y se define con precisión calle por calle: arranca en la calle Arquitecto Sánchez Arcas, rodea el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, sigue la traza del Canal de Isabel II hacia la Fuente de la Tomasa, se encamina hacia la tapia del Club de Campo y continúa hasta el nudo con la M-30, bordeando espacios como la Presidencia del Gobierno, la avenida de Séneca, el Arco de la Victoria, la calle de Fernández de los Ríos e Isaac Peral, la plaza de Cristo Rey o el paseo de Juan XXIII, hasta cerrar el perímetro en una línea quebrada que vuelve al punto de origen.
Más allá del recinto principal, existen áreas de afección que actúan como cinturón de protección para garantizar que la percepción cultural del conjunto no se distorsione. Estas zonas incluyen, por ejemplo, un tramo de la ribera del Manzanares en contacto con la Casa de Campo, áreas del norte del campus que preservan las vistas hacia el Monte de El Pardo y la sierra, y espacios exteriores como el Club Puerta de Hierro o los márgenes de la M-30, todos ellos integrados en una lógica de defensa de las vistas largas y del paisaje histórico.
La necesidad de expansión universitaria y el impulso modernizador
A comienzos del siglo XX, la universidad madrileña estaba claramente desbordada por las demandas de una sociedad de masas en proceso de modernización. Las instalaciones de la calle San Bernardo, heredadas tras el traslado de la Universidad de Alcalá a Madrid, se habían quedado pequeñas y obsoletas para la nueva función de una universidad que debía formar a las élites profesionales y técnicas del país.
En ese contexto, la idea de levantar una gran ciudad universitaria en el noroeste de Madrid encajaba como un guante con el afán modernizador de las élites políticas y académicas. En 1928, Alfonso XIII dio luz verde a un primer proyecto coordinado por Modesto López Otero (citado en algunas fuentes como López Bravo por confusión nominal), que incluía la construcción de nuevos edificios, la reorganización de los estudios y una visión muy ambiciosa de campus integral.
En 1929 se inició la construcción de varias plantas de los futuros edificios, proceso que se aceleró notablemente con la llegada de la Segunda República. El proyecto republicano apostó con fuerza por la educación, la ciencia y la cultura, y destinó recursos significativos a impulsar la Ciudad Universitaria. Un símbolo de este impulso fue la inauguración, en 1933, de la Facultad de Filosofía y Letras, un magnífico ejemplo de arquitectura racionalista española que hoy está reconocido oficialmente como Bien de Interés Cultural.
La nueva facultad no era solo un edificio moderno; representaba una apuesta simbólica por la cultura y las humanidades en un momento de profunda transformación social. En su diseño y funcionamiento se plasmaban valores como la apertura intelectual, la coeducación incipiente, la modernización pedagógica y la relación de la universidad con la ciudad a través de un espacio abierto y luminoso, muy distinto a los claustros cerrados de siglos anteriores.
Esta primera fase de la Ciudad Universitaria se vio bruscamente interrumpida por el estallido de la Guerra Civil en 1936, que transformó el campus en un auténtico frente de batalla. El sueño de la ciudad universitaria moderna quedó congelado en un paisaje de ruinas, trincheras y edificios semiderruidos que se convertirían en uno de los iconos de la defensa de Madrid.
El frente de la Ciudad Universitaria en la Guerra Civil
Tras el fracaso del golpe de estado de julio de 1936 gracias a la resistencia republicana, el principal objetivo militar de los sublevados franquistas fue tomar Madrid lo antes posible. Las columnas procedentes del sur, con tropas africanistas y apoyo logístico alemán e italiano para cruzar el Estrecho, avanzaron rápidamente por Andalucía y Extremadura convencidas de que la entrada en la capital sería un paseo triunfal.
Estas tropas, integradas por unidades de la Legión y regulares marroquíes, contaban con la experiencia militar de las campañas coloniales y con el apoyo decidido de la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini, que aportaron aviones, artillería, carros de combate y asesores. A comienzos de noviembre de 1936, los sublevados ya habían tomado posiciones en Leganés, Getafe y Alcorcón, amenazando directamente la capital.
El plan del general Varela consistía en atacar por el noroeste, atravesando la zona comprendida entre la Ciudad Universitaria y la plaza de España para, a partir de ahí, dominar el resto de la ciudad. La situación era tan delicada que el Gobierno de la República decidió trasladarse a Valencia, mientras en Madrid se organizaba una Junta de Defensa encabezada por el general José Miaja y con el teniente coronel Vicente Rojo como jefe del Estado Mayor.
La resistencia organizada por las fuerzas republicanas, apoyadas por el pueblo de Madrid y por los primeros contingentes de las Brigadas Internacionales, impidió la caída de la ciudad. Durante tres años, hasta el final del conflicto, Madrid resistió múltiples ofensivas franquistas. La incapacidad de Franco para tomar la capital en 1936 marcó profundamente la narrativa simbólica del régimen, que más tarde utilizaría el territorio universitario como escenario de exaltación de su victoria.
En paralelo, los primeros bombardeos masivos de la aviación alemana sobre Madrid comenzaron a principios de noviembre de 1936. A solicitud del bando sublevado, se ensayaron en España bombardeos indiscriminados contra población civil que anticipaban las tácticas que los nazis desplegarían después por toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Estudios recientes, como los de los arquitectos Enrique Bordes y Luis de Sobrón en el proyecto «Madrid bombardeado», muestran que la Ciudad Universitaria y el barrio de Moncloa estuvieron entre las zonas más golpeadas.
Las Brigadas Internacionales y los «libros trinchera»
El campus en construcción quedó convertido en cuestión de días en un escenario de guerra abierta. La Ciudad Universitaria, la Casa de Campo, la ribera del Manzanares y la carretera de La Coruña vivieron intensísimos combates desde el 8 de octubre de 1936, con ataques y contraataques que dejaron edificios arrasados, calles llenas de cráteres y una red de trincheras que atravesaba todo el territorio universitario.
En este contexto llegaron las XI y XII Brigadas Internacionales, integradas por más de 30.000 voluntarios extranjeros de más de cincuenta países a lo largo de la guerra, muchos de ellos obreros organizados en sindicatos internacionalistas, con escasa experiencia militar salvo algunos veteranos de la Primera Guerra Mundial. Batallones como «Edgar André» (alemanes), «Commune de Paris» (franco-belgas), «Garibaldi» (italianos), «Dombrovski» (polaco-húngaro), «Thälmann» (alemanes, austríacos, suizos y escandinavos) o «André Marty» participaron en combates encarnizados en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo.
Estos batallones fueron movilizados ya en las escaramuzas del 8 de octubre, cuando las tropas franquistas intentaron cruzar el puente de los Franceses. En las semanas siguientes, algunos contingentes llegaron a avanzar por zonas que hoy forman parte del campus de Somosaguas, durante los intentos republicanos de recuperar Humera, Pozuelo y Aravaca, enclaves que habían quedado en manos franquistas. A la vez, la célebre columna anarquista comandada por Buenaventura Durruti combatió también en el frente universitario; de sus 1400 milicianos, más de un millar murieron en territorio de la Ciudad Universitaria, y el propio Durruti falleció en el Hospital Clínico el 20 de noviembre.
En el interior del campus, la Facultad de Medicina y la de Filosofía y Letras adquirieron una relevancia estratégica. La primera por su emplazamiento clave, y la segunda porque se convirtió en el Cuartel General republicano en el frente universitario defendido por las Brigadas Internacionales. Del lado franquista, edificios como la Escuela de Ingenieros Agrónomos, la Casa de Velázquez o la Escuela de Arquitectura fueron ocupados y utilizados como posiciones de mando y fuego.
Los testimonios de brigadistas como John Sommerfield o Bernard Knox describen escenas que hoy parecen casi increíbles: barricadas levantadas con libros de la biblioteca de Filosofía y Letras, usando gruesos volúmenes de metafísica india o filosofía alemana como parapetos frente a las balas. Knox recordaba cómo las balas penetraban hasta la página 350 de algunos tomos, lo que le llevó a creer en las historias de soldados salvados por una Biblia en el bolsillo.
Este episodio de los «libros trinchera» ha quedado grabado en la memoria complutense y ha sido objeto de exposiciones como «Balas y Letras: libros con heridas de guerra» en la Biblioteca Histórica de la UCM, o la obra «350 páginas» de la artista Irene de Andrés, que revisita la potencia simbólica de esos volúmenes agujereados por impactos. Hoy, estos restos se leen como huellas materiales de la guerra en el corazón mismo del saber universitario.
Represión franquista, ciencia vigilada y bibliocaustos
La victoria franquista supuso un retroceso científico y cultural enorme. El régimen aprovechó la estructura de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) -la gran institución de fomento científico de la España republicana- como base para crear el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), pero vaciando su orientación modernizadora y sometiendo la investigación a una estricta vigilancia ideológica profundamente antimoderna.
La llamada «depuración» del profesorado -eufemismo para describir una represión sistemática- afectó a cientos de docentes y personal universitario. Muchos fueron ejecutados, encarcelados, perseguidos o empujados al exilio. La bibliotecaria Juana Capdevielle San Martín es recordada como primera víctima complutense; estudios como los del profesor Niall Binns han recogido listados de represaliados en facultades como Filosofía y Letras, mientras que investigaciones coordinadas por Otero Carvajal cifran en más de seiscientas las personas afectadas en la Universidad Complutense.
Uno de los episodios más brutales de este clima de persecución intelectual fue el “bibliocausto” del 30 de abril de 1939 en el patio de la Universidad Central de la calle San Bernardo, coincidiendo con el Día del Libro. Bajo la batuta del quintacolumnista Antonio de Luna, se organizó una quema pública de obras consideradas peligrosas: libros separatistas, liberales, marxistas, anticatólicos, de la «leyenda negra», textos de Freud, Marx, Rousseau o Sabino Arana, y hasta prensa considerada chabacana. El objetivo era «edificar una España Una, Grande y Libre» a través de la destrucción simbólica del pensamiento crítico.
Este clima se vio reforzado por la instrumentalización del propio campus como escenario de exaltación del nuevo régimen. Desde los primeros años de la posguerra, Franco y su entorno utilizaron la devastada Ciudad Universitaria como un lugar de memoria unilateral, subrayando la «barbarie roja» y celebrando su victoria con misas falangistas, carteles que señalaban las líneas «de ellos» y «de nosotros», y toda una liturgia destinada a legitimar la dictadura.
Reconstrucción franquista y monumentalización de la victoria
Tras dos años y medio de fuego constante, la Ciudad Universitaria quedó prácticamente arrasada. Las autoridades franquistas barajaron incluso dejar las ruinas tal cual, como se hizo en Belchite (Zaragoza), para convertirlas en un memorial permanente de la guerra desde su propio relato. Durante un tiempo se ensayó esa vía: muchas familias madrileñas pudieron ver, en la inmediata posguerra, la cartelería que distinguía de forma simplista entre vencedores y vencidos en las ruinas universitarias.
Sin embargo, la opción que acabó imponiéndose fue la de una reconstrucción fuertemente ideologizada. Franco vio en la Ciudad Universitaria la oportunidad de controlar férreamente la universidad madrileña y, a la vez, dotarse de un gran espacio para plasmar la simbología y el relato de su régimen. En la primera etapa de la dictadura, Alemania mantuvo una fuerte presencia como aliado cultural, reflejada en intercambios estudiantiles y actos conjuntos documentados, por ejemplo, en el archivo de la agencia EFE.
El ministro de Educación José Ibáñez Martín, protagonista del «atroz desmoche» de la ciencia española según el falangista crítico Pedro Laín Entralgo, fue una figura clave en este proceso. A pesar de su papel en la purga intelectual, durante décadas mantuvo honores en el propio campus, como una calle y un busto que no se retiraría hasta 2023. Las misas universitarias, presididas por el saludo romano compartido con el nazi-fascismo, fueron un elemento habitual hasta 1945; después, con la derrota del Eje y el acercamiento a Estados Unidos (incluida la instalación de bases militares a partir de 1953), esa simbología pasó a hacerse más discreta.
El gran hito de la reconstrucción simbólica fue la reinauguración del campus el 12 de octubre de 1943, Día de la Hispanidad. La dictadura relanzó esta fecha con un discurso neoimperial, intentando superar la denominación anterior de «Día de la Raza» y presentando a España como centro de una comunidad hispánica idealizada. En este contexto se enmarca también el nuevo edificio del Museo de Hispanoamérica, cuya narrativa, en buena medida, seguía al servicio de esa visión imperial católica.
Conviene recordar que la avenida principal de la Ciudad Universitaria era entonces paso obligado hacia la carretera de La Coruña y, por extensión, hacia el Valle de Cuelgamuros (antiguo Valle de los Caídos), donde se construía el gran mausoleo franquista con mano de obra esclava, en su mayoría presos políticos. Esa geografía simbólica conectaba el campus con el Arco de la Victoria y el edificio de los «Caídos por Madrid» en Moncloa (hoy Junta Municipal), formando un dispositivo monumental sin equivalente en el mundo occidental por su objetivo: celebrar la victoria sobre una parte de la propia población en una guerra civil.
Maquetas, proyectos nunca realizados y resistencia estudiantil
En la reinauguración franquista ya estaba presente la gran maqueta de la Ciudad Universitaria que hoy puede verse en el hall de la Facultad de Medicina. Aquella maqueta reflejaba los sueños arquitectónicos del régimen: un campus monumental, con un gran espacio acuático, amplísimas perspectivas y, sobre todo, un imponente Paraninfo neoclásico, comparable a los de las grandes universidades europeas y norteamericanas.
El tiempo demostró que muchos de esos planes nunca se materializaron. El espacio donde debía levantarse el gran Paraninfo quedó finalmente dedicado a campos deportivos, más acordes con las necesidades reales que con la retórica imperial. Aun así, el término «Paraninfo» se mantuvo en el imaginario universitario, designando el salón noble de conferencias de la Facultad de Filosofía y Filología, donde se celebran actos académicos destacados.
Ese mismo Paraninfo y su entorno se convirtieron pronto en un foco de resistencia estudiantil. En 1947, en plena posguerra y todavía bajo durísima represión, un grupo de estudiantes vinculados a la resistencia republicana realizó una acción clandestina muy significativa: pintó en el exterior semicircular del salón noble el lema «¡Viva la Universidad Libre!, ¡Viva la FUE!» (Federación Universitaria Escolar), utilizando nitrato de plata sustraído de los laboratorios de Químicas para hacer la pintada indeleble.
El mensaje, que defendía una universidad abierta y democrática, reivindicaba implícitamente el legado de la FUE como motor de democratización de la enseñanza durante la Segunda República. Junto a esa consigna, la pintada permitió recordar los nombres de tres grandes poetas represaliados por el franquismo: Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. El uso del nitrato de plata hizo que el lema quedara grabado de forma casi permanente, de modo que aún hoy puede leerse, testimoniando décadas de resistencia silenciosa.
Asimismo, la importancia militar de la Ciudad Universitaria se prolongó hasta el mismo fin de la guerra. La rendición de las últimas tropas republicanas que defendían Madrid se firmó en las inmediaciones del Hospital Clínico ante unidades africanistas. Ese mismo día se celebró en el campus la primera misa falangista de la «liberación» de la capital, ritual que quedaría inmortalizado en noticiarios como el Noticiario Español del Departamento Nacional de Cinematografía.
El modelo de campus universitario: de Madrid a Lima y Europa
La experiencia de la Ciudad Universitaria de Madrid se inscribe en un fenómeno internacional más amplio: la consolidación del «campus» como forma específica de organizar la universidad. En Latinoamérica, Europa y otros lugares, este modelo ha ido evolucionando para responder a nuevas exigencias académicas, urbanas y sociales.
Un ejemplo significativo es el campus de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) en Lima, Perú. Investigaciones desarrolladas desde el Centro de Historia UNI han reconstruido la evolución de este campus desde sus primeros edificios hasta su consolidación como espacio universitario contemporáneo y funcional. No se trata solo de un relato arquitectónico: se contextualiza la transformación del campus en relación con la creación de una escuela técnica de referencia y con los procesos de urbanización de Lima a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI.
Este tipo de trabajos muestran cómo el modelo de «ciudad universitaria» sirve de herramienta para entender la configuración de la propia ciudad. El campus de la UNI, como el de muchas universidades latinoamericanas, se convierte en un nodo clave de la expansión urbana, del transporte público, de los usos del suelo y de la vida social de los barrios circundantes. Al mismo tiempo, concentra la memoria de la ingeniería, la arquitectura y la ciencia en el país, reforzando su papel simbólico dentro del sistema educativo.
En Europa, numerosos estudios analizan la relación entre campus y ciudad. Un Trabajo de Fin de Grado dedicado a la arquitectura de los conjuntos universitarios subraya cómo estos han ido variando y evolucionando para cubrir las necesidades cambiantes del estudiantado. De los recintos cerrados casi autosuficientes se ha pasado a modelos más híbridos, integrados físicamente en el tejido urbano pero manteniendo cierta identidad propia.
Este trabajo pone el foco en la discusión entre «Plan Proyecto» y «Plan Proceso» a través de la comparativa entre la Universidad de Aveiro y el plan del campus de la Universidad de Alicante de 1987. El primer enfoque concibe el campus como un proyecto cerrado, diseñado de una vez, mientras que el segundo lo entiende como un proceso abierto, capaz de adaptarse en el tiempo a nuevas necesidades, tecnologías y formas de enseñanza.
Además, a partir de los años 70 y 80 se observa un cambio importante: la organización espacial de la universidad deja de basarse exclusivamente en facultades clásicas y comienza a estructurarse también por departamentos interdisciplinarios. Esto influye en la arquitectura (edificios más flexibles, espacios de investigación compartidos) y en la propia morfología del campus, que tiende a ser más permeable y menos jerárquico que en los modelos monumentales de principios de siglo.
Si recorremos toda esta trayectoria histórica, desde el Real Decreto de 1927 que dio origen a la Ciudad Universitaria de Madrid, pasando por su devastación durante la Guerra Civil, su reconstrucción franquista cargada de simbolismo, la represión del profesorado y los bibliocaustos, hasta llegar a los estudios actuales sobre campus en Lima, Aveiro o Alicante, se dibuja una constante: el campus universitario es un espejo privilegiado de los conflictos, aspiraciones y transformaciones de cada sociedad. En él se cruzan la política, la memoria, la innovación científica y la vida cotidiana de miles de estudiantes, convirtiéndose en un escenario donde la historia general del país se hace, literalmente, piedra, hormigón, jardines y aulas.



